Edificado en el siglo XIII, en este castillo-palacio de esta localidad fronteriza con Portugal aún se pueden apreciar su torre y su foso
Por Alberto Gómez — eldiario.es – eldiario.es

La fortaleza de San Felices de los Gallegos fue erigida por orden del rey portugués don Dionís I, apodado El Edificador, como baluarte estratégico primordial frente a Castilla
De origen andalusí y rodeado de pinos, roquedos y gargantas, este castillo permitía controlar la frontera con el Reino de Granada
Ejemplo de arquitectura defensiva medieval y oculto entre árboles, una de las leyendas de este castillo gallego asegura que se construyó en una sola noche
En la vertiente más occidental de Salamanca, alzándose con majestuosidad sobre la villa fronteriza con Portugal, uno puede contemplar el imponente castillo-palacio de San Felices de los Gallegos. Esta magna fortaleza fue erigida a finales del siglo XIII por orden del rey portugués don Dionís I, apodado El Edificador, quien tomó la villa en 1296. Concebida como un baluarte estratégico primordial frente a Castilla, la edificación medieval adaptó su trazado a las peculiaridades del terreno rocoso. Hoy en día, quienes visitan este histórico enclave aún pueden apreciar la solidez de su torre del homenaje y su foso defensivo, testimonios vivos de un glorioso pasado militar.
A lo largo de los siglos, este asentamiento fronterizo experimentó notables transformaciones dinásticas y arquitectónicas. La villa retornó a la jurisdicción castellana en 1326, y en el año 1476 los Reyes Católicos concedieron el recinto a Garcí Álvarez de Toledo, primer duque de Alba. La nobleza encargó colocar los escudos reales en las torres albarranas pentagonales como firme muestra de lealtad a la corona. Durante la segunda mitad del siglo XIV, bajo el impulso residencial de doña Beatriz, la fortaleza evolucionó hacia una residencia palaciega, fusionando la arquitectura militar con la elegancia señorial del afamado foco extremeño.
El trazado original del castillo presenta una planta de plaza única con un diseño irregular elíptico, adaptado minuciosamente a las defensas naturales del terreno. Sus sólidas murallas de sillarejo alcanzaban antiguamente nueve varas de altura exterior, estando flanqueadas por torres cuadradas y protegidas por una puerta denominada del Moro. El recinto quedaba resguardado en primera instancia por un profundo foso defensivo que entorpecía el avance de las tropas enemigas y aislaba la plaza de armas. Aunque el uso de la artillería modificó los almenados, la cerca conservó escaleras interiores que permitían a la tropa el acceso rápido a los muros.
En su interior la torre se distribuye en tres niveles principales cubiertos por una formidable bóveda apuntada
El elemento más sobresaliente y mejor preservado de todo el recinto es la colosal torre del homenaje, levantada a mediados del siglo XIV sobre los cimientos medievales. Esta mole pétrea, de más de 29 varas de elevación, cuenta con gruesos muros de sillería de tres varas de espesor. En su interior, la estructura se distribuye en tres niveles principales cubiertos por una formidable bóveda apuntada. La sección inferior albergaba un calabozo subterráneo y un aljibe destinado al almacenamiento de aguas pluviales, mientras que la plataforma superior servía como emplazamiento privilegiado para las piezas artilleras y el fuego defensivo.
El carácter palaciego del edificio se evidencia en refinados detalles, como sus ventanas ajimezadas dotadas de estrados interiores, sus gárgolas y sus matacanes decorativos. Sin embargo, las severas exigencias bélicas de los siglos XVII y XVIII obligaron a incorporar avanzadas estructuras defensivas, destacando la construcción de una barrera abaluartada en estrella para proteger la plaza durante las guerras contra Portugal y la de la Independencia. Los cuarteles interiores acogían hasta mil hombres de tropa y caballería, mientras que sus potentes cañones, dos de los cuales aún se conservan, dominaban el paisaje protegiendo la frontera hispanolusa.
Compraventa y restauración
La historia reciente del castillo encierra un episodio de salvación comunitaria verdaderamente insólito que libró al monumento de su desaparición en el siglo XX. En el año 1920, tres vecinos compraron la propiedad con el propósito de demolerla, vender la piedra y dinamitar la torre del homenaje. Ante semejante amenaza, el vecino Ángel de Dios intercedió valientemente, reuniendo el dinero necesario gracias a la ayuda económica de su hermano emigrado en Puerto Rico para adquirir el castillo en 1924. Años después, rechazó una oferta de 14 millones de pesetas de compradores norteamericanos que pretendían desmontar la fortaleza para trasladarla.
Gracias al compromiso de la familia propietaria, el histórico monumento fue donado generosamente por don Paco de Dios al pueblo de San Felices de los Gallegos para el disfrute de todos. Tras ser declarado Conjunto Histórico Artístico y someterse a una cuidadosa restauración, la torre del homenaje alberga hoy el Aula Histórica y el centro de interpretación de las Fortificaciones de Frontera. Desde la plataforma superior de esta fortaleza renacida, el viajero actual puede contemplar una panorámica espectacular de la villa y del vecino territorio portugués, admirando el triunfo del patrimonio histórico sobre el paso de los siglos.
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