Desahuciado y esclavizado en Roma: así podías acabar si te endeudabas
Por Pedro Ángel Fernández Vega — Portada
Desahuciado y esclavizado en Roma: así podías acabar si te endeudabas
Antigüedad
En el mundo antiguo, con el desahucio se perdía no solo la propiedad: también la libertad. Las deudas impagadas eran la pesadilla de los romanos

Restos de la insula dell’Ara Coeli, en Roma, un bloque de apartamentos del siglo II descubierto en 1926 que pudo albergar hasta 380 personas
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Pedro Ángel Fernández Vega
14/10/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Al legislador griego Solón se le consideraba uno de los siete sabios de la Antigüedad. A estos sabios se les atribuían máximas que regían sus principios de vida. El que propugnó Solón fue: “Nada en demasía”. Siendo arconte (dirigente) de Atenas entre 594 y 593 a. C., este hombre de familia acaudalada y fortuna, miembro de la élite o, como se llamaban entonces, “los buenos”, legisló, sin embargo, contra sus intereses de clase.
La situación para los endeudados era grave: ante el impago, si no querían convertirse en esclavos, optaban por el exilio. Pequeños propietarios o arrendatarios se veían abocados a una insoportable angustia vital. Con Solón, los atenienses asistieron a la cancelación de deudas y se prohibió que cualquier persona comprometiera su libertad como garantía de pago de una deuda. La esclavitud por deudas quedó así abolida… y Solón se inmortalizó como sabio.

En Roma, en cambio, esa esclavitud por deudas se mantuvo largamente, a pesar de emerger una y otra vez como causa o factor de inestabilidad política.
La promesa que no se pudo comprobar
En los primeros momentos de la República (que comenzó, según la tradición, en el año 509 a. C.), el rey desalojado del trono, Tarquinio el Soberbio, maniobró para recuperarlo apoyándose en los descontentos. Sobornó a ciudadanos endeudados y prometió ser generoso, con ellos y con los esclavos reprimidos, que ya habían protagonizado una primera revuelta en 501 a. C.
Alguien delató la conspiración que se preparaba para que Tarquinio asaltara el poder. Los dirigentes de la república engañaron a los conspiradores congregándolos a medianoche en el foro. La represión dio lugar a una ejecución masiva a espada. Después hubo tres días de sacrificios, rogativas, expiaciones y también juegos. Tras el baño de sangre se aplacó así a los dioses, mientras se pretendía distraer al pueblo.
Medidas de presión y represión
Una de las estrategias de presión popular consistió en resistirse a la leva de tropas. Para ser movilizado había que ser propietario, pero los endeudados en riesgo de perderlo todo no obedecían ya la llamada a las armas.
El Senado, que controlaba Roma, defendía los intereses de los acreedores. Estaba compuesto mayoritariamente por patricios, integrantes de la aristocracia prestamista. Para sofocar los descontentos sociales, los senadores recurrieron en varias ocasiones a la guerra. La amenaza inminente del enemigo servía para huir hacia adelante, dejando las tensiones internas que creaba la plebe en segundo término.

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La dictadura fue otra solución. Un dictador dotado de poder absoluto y con beneplácito senatorial tomó el poder ya en el año 498 a. C. para restablecer el orden social. La plebe se estremecía al verlo moverse por Roma con sus veinticuatro escoltas –los lictores– portando las fasces: no solo las varas para apalear y disuadir, sino, sobre todo, las hachas para decapitar ciudadanos, sin necesidad de juicio.
La dictadura republicana romana estaba regulada. No podía prolongarse más de seis meses, pero nació con voluntad represiva, aunque luego sirvió también a otros menesteres militares o rituales. Los reclutamientos quedaban garantizados y los descontentos, sofocados.
Estallido de indignación
Roma conoció un héroe –o un antihéroe–, en realidad un damnificado, que detonó la reclamación contra los desahucios. Ocurrió en el año 495 a. C. Parte de los plebeyos habían vuelto a resistirse al reclutamiento. No comparecieron ante el llamamiento a filas. Durante la reunión del Senado para tratar ese grave asunto, uno de los cónsules valoró, si no una abolición de deudas, al menos una quita. Y entonces estalló la protesta fuera, en el foro.
El drama lo encarna un ciudadano anónimo, un hombre que se presenta en la plaza en harapos y que comenta su situación con algunos conocidos. Había combatido por Roma y llegó a ser centurión, pero esa fue la fuente de sus penas: dejó sus tierras para cumplir su servicio militar y, al volver, la cosecha se había perdido en un campo asolado por el enemigo.

Las contribuciones exigidas por la república lo obligaron a pedir un préstamo. Los intereses se acumularon y, sin recursos, se vio obligado a vender sus tierras y bienes para poder comer él y sus dos hijos. Cuando el dinero se acabó y no pudo satisfacer su deuda, los tres tuvieron que entregarse a su acreedor. Como esclavos.
Sus desdichas no acabaron ahí. El hombre deja caer su túnica harapienta y no necesita hablar. Su pecho aparece amoratado por los golpes y su espalda se ve surcada por largas laceraciones producidas por varazos.
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La indignación y el griterío se adueñaron del foro. El Senado reunido se disolvió. La protesta creció al día siguiente. Los senadores no comparecían ante las convocatorias, mientras la amenaza de los enemigos volscos se cernía sobre Roma.
Ante el pueblo reunido en asamblea por el cónsul, un heraldo proclamó entonces un edicto: se liberaba a todos los ciudadanos esclavizados por deudas que se manifestasen deseosos de combatir, y se suspendían todas las ejecuciones de desahucio e incautación de bienes de quienes estuvieran en campaña, además de anunciar la liberación también de hijos o nietos de ciudadanos que ya estuvieran pagando deudas a costa de su libertad.
Fue así como el cónsul Servilio logró movilizar un contingente de hombres libertados, accediendo a satisfacer las reivindicaciones plebeyas. Sobra añadir que, tras ganar la guerra, las promesas quedaron incumplidas.
La creación de los tribunos de la plebe
Pasado menos de un año, una nueva amenaza de guerra y un nuevo dictador derivaron en la primera secesión de la plebe (494 a. C.). Fue una especie de huelga general, una retirada de soldados a un monte a las afueras de Roma hasta que se atendieran sus peticiones.
La reconciliación se gestó con la aceptación por el Senado de unos magistrados nuevos, los tribunos de la plebe, que iban a representar y defender los intereses y la integridad de los plebeyos frente a las autoridades republicanas. La élite plebeya logró así una presencia institucional, mientras los desharrapados iban a seguir condenados a su suerte.
Por fin un cambio de ley
En realidad, el nexum, el tipo de contrato que comprometía que las deudas impagadas se satisfarían con la entrega personal si fuera preciso, se mantuvo en vigor hasta el año 326 a. C. Entonces la ley Poetelia Papiria lo abolió y fijó que la garantía de pago fuera patrimonial, y no personal: se comprometía solo la propiedad, no la libertad.
Para entonces, Roma había ido conquistando tierras itálicas y abasteciéndose de esclavos por medio de las guerras. En los siglos siguientes, cuando se produjo la gran expansión de Roma por el Mediterráneo, los esclavos se contarían por centenares de miles.

Con la creación de colonias en Italia o en Hispania, en las que se otorgaron tierras a ciudadanos romanos, se fueron aliviando eventualmente las presiones de la plebe, mientras se fraguaba una concentración de tierras creciente en manos de la clase política senatorial, la nobilitas. Esta integraba a patricios y plebeyos ricos que habían hecho carrera política.
Los antepasados de los fondos buitre y los grandes tenedores
En los tiempos finales de la República, una noticia atestigua la presencia de una presión especulativa depredadora en la vivienda. La protagoniza Marco Licinio Craso, uno de los colegas de Julio César durante el primer triunvirato (60-53 a. C.).
Noble por estatus, pero plebeyo por nacimiento, Craso se enriqueció notablemente al quedarse con incontables propiedades durante las proscripciones y las ejecuciones masivas decretadas entre la élite por el dictador Sila. Y siguió haciéndolo después, tras dotarse de un equipo de hasta quinientos esclavos encabezado por arquitectos y maestros de obra, según Plutarco.

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Se aprovechaba de los males endémicos –incendios y desplomes– que aquejaban a los bloques de pisos construidos en madera en Roma. Cuando se producía la ruina o ardían, los agentes de Craso acudían raudos y aprovechaban para comprar los inmuebles afectados y los cercanos a precios irrisorios.
En el año 44 a. C., el célebre orador Cicerón desvela en una carta sus intereses especulativos como propietario: “Se me han derrumbado dos tabernas y las demás tienen tantas grietas que no solo los inquilinos se niegan a quedarse, sino que hasta las ratas se han mudado. Otros lo considerarían una calamidad, pero yo lo considero un alivio… Gracias a un plan de reconstrucción, sacaremos provecho de esta pérdida” (Cartas a Ático 14, 9).

Cicerón ha llamado a un arquitecto y va a hacer obras aprovechando que los inquilinos –y las ratas– han huido. No parece haberle inquietado que los arrendatarios corrieran riesgo ante la inminente ruina de los inmuebles.
Los precios de los alquileres estaban altísimos desde el siglo II a. C. El rey egipcio Ptolomeo VI Filómetor acabó exiliado en Roma con solo tres esclavos, y fue alojado por un topógrafo que se apiadó de su suerte. El topógrafo, “debido a los elevados alquileres, vivía en una buhardilla pequeña y sumamente mísera” (Diodoro de Sicilia 31, 18, 2).
Burlas ante un drama social
De tiempos del Imperio sobrevive también alguna noticia. Los precios en el mercado del alquiler se disparaban cada año al comenzar julio, que era cuando vencían los contratos. El emperador Tiberio (42 a. C.-37 d. C.) mandó arrebatar su distinción indumentaria –la túnica laticlavia con una franja púrpura ancha– a un indecoroso senador, que se marchó al campo por esas fechas con el ánimo de volver días más tarde y conseguir algún alquiler más barato.
El poeta satírico Marcial, un hispano de Bilbilis (Calatayud) de entre los siglos I y II d. C., describe un desahucio en uno de sus epigramas: “Vacerra, he visto tus bártulos, los he visto; / al no ser embargados por el alquiler de dos años (…) / Iba un camastro de tres patas y una mesa de dos / y, junto con un candil y una crátera de cornejo, / una escupidera rota meaba por un lado mocho (…) / ¿Por qué buscas una casa y te burlas de tus caseros, / si puedes, oh Vacerra, alojarte gratis? / Esta procesión de bártulos es la adecuada para un puente” (12, 32).
Vacerra fue desalojado con unos pocos enseres inservibles tras dos años de impago. Su destino, un puente. Tal vez el tal Vacerra nunca existió. Sin embargo, Marcial se permitía bromear con dudoso humor, cargado de clasismo despectivo, ante un drama social imperecedero. Su acomodado público lo aplaudiría.
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