De Gaulle en Hampstead
Por Rafael Ramos — Portada
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Segunda Guerra Mundial
Una casa en el barrio de Hampstead fue el escenario de los días más felices de De Gaulle durante sus cuatro años en Londres

El general y su mujer Yvonne, en una escena doméstica delante de la ventana que daba al jardín de la Frognal House, su hogar en el barrio de Hampstead
Gamma-Keystone via Getty Images

Londres. Corresponsal
27/09/2026 06:00 Actualizado 27/09/2026 06:49 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Tras el anuncio del armisticio por el mariscal Pétain , un subsecretario de Estado y general de bajo rango, de 49 años y virtualmente desconocido en Gran Bretaña, llegó el 17 de junio de 1940 al aeropuerto londinense de Heston en un vuelo desde Burdeos. Era Charles de Gaulle y lo primero que hizo fue pedir una audiencia con Winston Churchill y permiso para dirigirse a sus compatriotas en una alocución radiofónica. Al día siguiente, en la prueba de sonido en los estudios de la BBC, solo dijo una palabra: FRANCE.
Ese casi desconocido, arrogante, frugal, solemne, autócrata, que se consideraba el represente de la grandeza francesa y tenía memorizadas todas las afrentas e indignidades perpetradas a lo largo de los siglos por la Pérfida Albión, se presentó en Londres con una mano delante y otra detrás para liderar la Francia Libre que no aceptaba la rendición a Alemania, y sorprendió a sus anfitriones exigiéndoles armas, uniformes, dinero y material para dirigir la resistencia, sin ofrecer nada a cambio, porque no lo tenía.
De Gaulle sacaba de sus casillas a Churchill y le decía que Inglaterra era una hipócrita y un vasallo de los EE.UU
De Gaulle se instaló primero en el piso de un amigo en la Curzon Square de Mayfair, muy cerca de lo que hoy es el hotel Hilton y la embajada de Arabia Saudí, y a los pocos días en el hotel Rubens, entre el palacio de Buckingham y la estación Victoria, donde se reunió con su mujer Yvonne y sus tres hijos (Philippe, Elisabeth y Anne), que también habían escapado por piernas de los nazis y llegado en barco a Plymouth tras una travesía espantosa. El primogénito, que murió en el 2024 a los 102 años, contaría después que esa fue una de las pocas ocasiones en que vio besarse a sus padres.
La familia se instaló en una casa de la Birchwood Road en Chislehurst, un suburbio del sur de la capital frecuentemente bombardeado por los alemanes, y decidió que no era una opción segura. De modo que Yvonne y los niños fueron trasladados primero a Shropshire, 300 kilómetros al norte de Londres cerca de la frontera con Gales, y luego al pequeño pueblo de Little Gaddesden, en el condado de Hertfordshire, donde el general los veía los fines de semana. De lunes a viernes dormía en el prestigioso hotel Connaught.
Los días se los pasaba organizando la resistencia y celebrando reuniones en su despacho del tercer piso del número 4 de Carlton Gardens, un edificio neoclásico que hoy es la sede del Grupo Rothschild, y donde una estatua y una placa conmemoran que fue la sede de la Francia Libre en el exilio. Comía en los cafés y restaurantes franceses del Soho (con una comunidad de compatriotas descendientes de los que huyeron de la Revolución Francesa), y en los clubes de gentlemen de Saint James invitado por los políticos ingleses, a los que insultaba, desafiaba y sacaba de sus casillas con sus demandas y su intransigencia (“cuando no tienes nada que ofrecer, el compromiso es imposible”, decía). Pero se había convertido en un personaje popular, un Don Quijote galo o una versión masculina y grandota de Juana de Arco, y la gente lo saludaba cuando pasaba por Berkeley Square, con ese paso y ese porte suyos que hacía parecer que fuera su propia estatua, camino del hotel Connaught.
La familia se reunió en una casa de tres pisos en el barrio de Hampstead, que fue su hogar entre septiembre de 1942 y 1944, y que tras su paso se convertiría en el convento de monjas de Santa Dorotea y una residencia para estudiantes internacionales, y hace cinco años fue vendida por 18 millones de euros. Los De Gaulle tenían pollos en el jardín para que la pequeña Anne, que padecía síndrome de Down, comiera huevos.
El general se enamoró de Hampstead, con su aire de pueblo, un viejo cementerio y pequeños callejones iluminados por farolas. Los domingos iba a misa de once en la iglesia de Santa María, de fuerte tradición francesa, y se sentaba en primera fila con aire distraído. La casa le encantaba pero no pudo disfrutarla mucho, porque se pasaba la mayor parte del tiempo en el centro, peleando con Churchill, que a la vez lo admiraba y lo consideraba insufrible, le daba apoyo o se lo retiraba. Cuando se quejó de que lo tenía “como un prisionero en la isla de Man”, le dijo: “Eres tan importante que mejor en la Torre de Londres”.
“¿Sabe que nos ha dado más problemas que todo el resto de aliados juntos?”, le preguntó después de la guerra Anthony Eden, primer ministro durante la crisis de Suez. “Es que Francia es una gran potencia”, le respondió De Gaulle, que no tenía la humildad como mejor virtud. Después de un atentado, su mujer exclamó: “ Mon Dieu , nos hemos librado por poco”. A lo cual el héroe de la resistencia contestó sin esbozar la más mínima sonrisa: “En privado no tienes por qué llamarme Dios, con Mi General es suficiente”.
Orgulloso, terco, nacionalista, no podía soportar que otros decidieran por Francia. En Londres no suplicó ni pidió magnanimidad, y su agradecimiento a Inglaterra fue limitado. Cuando intentó entrar en el mercado común, se negó y se burló del primer ministro Macmillan parafraseando la canción de Édith Piaf: Ne pleurez pas milord (no llore usted, señor). Churchill le puso el apodo de “el monstruo de Hampstead”.

Rafael Ramos
Corresponsal de 'La Vanguardia' en Londres
Abogado y periodista. Corresponsal de ‘La Vanguardia’ en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.
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