Cuando las mascarillas, cintas adhesivas y parches forman parte del estilismo
Por Sandra Arbat Marrase — Portada
El nuevo espectáculo del ‘skincare’: cuando las mascarillas, cintas adhesivas y parches forman parte del estilismo
Debate
Las famosas llevan el auto-cuidado a las calles y lo transforman en parte de su identidad estética

Gwyneth Paltrow también ha lanzado sus propios productos de belleza a través de su marca Scoop

Barcelona
17/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
A la cultura del skincare -entendido como cuidado facial- se le ha sumado un nuevo objetivo: dar espectáculo. Hubo un momento en el que las mascarillas faciales y los tratamientos eran un ritual privado, un paréntesis a final del día que no necesitaba ningún testigo. Ahora, ese famoso autocuidado ha empezado a salir a la calle. Selena Gómez pasea con una mascarilla facial a la vista de todo el mundo por las calles de Beverly Hills; Charli XCX aparece en una sesión de Boiler Room con unas tiras fluorescentes adheridas al rostro para conseguir el efecto foxy eyes ; y los parches para granitos -antes transparentes- se han convertido en accesorios de colores que forman parte del estilismo.
Este último fenómeno tiene incluso nombre propio: spotwear . Una idea que lanzó Hailey Bieber a través de su marca Rhode hace unos meses y que juega con las palabras spot – grano, en inglés–y wear –llevar puesto–. Esto nos traslada directamente al concepto streetwear , la moda urbana que reformuló el contexto de muchas prendas, llevando piezas deportivas o monos de trabajo al vestuario diario de oficina.

Pero en el sector de la belleza, la idea va más allá de normalizar un parche para el acné. Rhode propone integrar su tratamiento en la propia imagen, como si los productos de cuidado facial fueran un complemento más. Marcas como Starface habían experimentado antes con diseños de colores y formas divertidas. La situación cambia cuando es la propia Hailey Bieber, icono de estilo con más de 58 millones de seguidores en redes sociales, quien lo convierte en una estética deseable.
Hasta aquí pueden haber varias lecturas. Por una parte, durante años el acné se ha vivido como un motivo de mucha inseguridad e incluso, en los casos más extremos, de depresión en la adolescencia. Hacer visibles las imperfecciones y prescindir del maquillaje, para ocultarlos con parches de colores divertidos, puede contribuir a quitarle hierro al asunto. Pero, ¿qué ocurre cuando la aceptación se convierte en parte de un negocio estético? Es decir, ya no basta con aceptar el grano, ahora hay que decorarlo. O ya no es suficiente con cuidar el rostro en casa, hay que hacerlo también en los lugares públicos.

Un mensaje que a priori parecía liberador, termina colocando la continua mejora de la apariencia física en el centro de la conversación. El caso de Selena Gómez, al mostrarse en público con una mascarilla facial y unas gafas de sol por encima, demuestra muy bien hasta qué punto las fronteras se han desdibujado. Y cuando Charli XCX incorpora las tiras fluorescentes para modificar la forma de sus ojos, traslada directamente el skincare a la cultura de los clubs de noche.
La cuestión no es si uno puede salir a a la calle o dónde le apetezca con los parches puestos, sino en cuál es la verdadera motivación de este acto. Una pregunta que forma parte de la tesis que plantea la escritora Leti Salas en su libro Dame veneno que quiero vivir. Skincare, bótox, miedo a envejecer y linaje femenino : ¿Somos más libres ahora de mostrarnos como queremos o hemos encontrado una nueva fórmula para ser más esclavos de nuestro propio aspecto?

También sería importante remarcar los intereses económicos y el gran volumen de ingresos que genera el mercado del auto-cuidado, el mismo que ha encontrado en las redes sociales el escaparate perfecto. Las marcas de belleza han conseguido lo que en publicidad se le llama lifestyle marketing , es decir, vender no solo un producto sino un estilo de vida y la promesa de una versión mejorada de uno mismo. El problema aparece cuando la lógica del mercado alimenta la sensación de que siempre hay algo que corregir. Poros visibles, textura en la piel o rojeces, cualquier característica en una nueva categoría de producto. Y el veredicto final es que nunca nada ni nadie es suficiente.

Sandra Arbat
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