Con menos de 120 habitantes: la villa del Pirineo catalán perfecta para una escapada en otoño
Por Sofía Toraya — eldiario.es – eldiario.es

El pueblo de montaña de calles empedradas y tejados de pizarra es idóneo para un viaje de fin de semana tras el fin de la época estival
Historia, arquitectura y naturaleza en esta villa marinera de la Costa Dorada con una castillo sobre la playa
La llegada del otoño es sinónimo del inevitable regreso a la rutina. La ciudad y su acelerado estilo de vida recuperan sus horarios, las agendas se llenan de compromisos y el día a día retoma su inercia habitual, en algunos casos con horarios partidos que impiden a muchos habitantes realizar otras actividades. Sin embargo, al margen de esa rutina siempre queda un hueco valioso: una escapada de fin de semana o un puente de tres días para hacer una pausa y alejarse del bullicio. Para quienes buscan alejarse y tomarse un respiro frente a las cargas de trabajo, el Pirineo catalán aparece como uno de los escenarios posibles.
Es el momento en el que la montaña deja atrás el calor del verano y su abundante vegetación verde para dar paso al otoño. El aire se vuelve fresco mientras las laderas cambian hacia un mosaico de tonos naranjas, amarillos y rojizos. En el corazón de la Vall de Cardós, en la comarca leridana del Pallars Sobirà, se encuentra uno de los rincones para presenciar esta transformación: Tavascan. Con poco menos de 120 habitantes empadronados, este pequeño núcleo urbano catalán no solo ofrece un paisaje de montaña, sino también algo cada vez más difícil de encontrar: la oportunidad de descansar y alejarse de los ruidos propios de las ciudades.
El primer contacto con el valle
Llegar a Tavascan durante los meses de otoño supone un ejercicio progresivo de desaceleración. A medida que el coche avanza por la carretera L-504 y serpentea siguiendo el curso del río Noguera de Cardós, se van observando los prados y huertos de los valles, que poco a poco dan paso a densas masas forestales donde los avellanos, abedules y cajigos protagonizan un cambio cromático antes de la llegada de las primeras nieves y del frío invierno.
Al llegar al pueblo, la orografía del lugar se impone y se reconoce sin necesidad de mirar el mapa. Tavascan se asienta a más de 1.100 metros sobre el nivel del mar, justo en el punto donde confluyen dos ríos: el río de Tavascan y el río de Lladorre. Esta abundancia de agua marca el ritmo sonoro de la localidad, junto al movimiento de los árboles por el viento y los sonidos de los animales que viven en la zona. Aquí el silencio absoluto no existe, pero los sonidos que se escuchan proceden principalmente de la naturaleza.
Iglesia de Tavascan.
Las viviendas se agrupan para resguardarse del viento invernal, formando un entramado de callejuelas empedradas, pasadizos y pequeñas plazas donde la piedra gris de la zona es protagonista. Los tejados, con sus pronunciadas pendientes cubiertas de losas de pizarra negra, están diseñados para soportar la nieve que llegará en apenas dos meses. En los balcones de madera, trabajados con sencillez artesanal, todavía cuelgan los últimos geranios de la temporada, en su mayoría de colores rojizos, pese a unas mañanas cada vez más frías.
Pero uno de los elementos más destacados del pueblo es su puente medieval, conservado en buen estado. Construido con arcos de piedra tosca sobre el río, esta estructura románica ha soportado siglos de riadas y el paso de ganados trashumantes. Cruzar a pie sus losas desgastadas al caer la tarde, cuando la niebla empieza a descender desde los picos más altos y las chimeneas de las casas comienzan a expulsar humo blanco con aroma a leña de roble, permite acercarse a una forma de vida marcada durante siglos por la luz del sol y el cambio de las estaciones.
Un ecosistema protegido: la puerta al Parque Natural del Alto Pirineo
Tavascan forma parte del término municipal de Lladorre, que tiene una demarcación territorial con Francia y alberga una de las biodiversidades más ricas y preservadas de todo el arco pirenaico. Prácticamente todo su entorno se encuentra integrado dentro del Parque Natural del Alto Pirineo, el espacio natural protegido más extenso de Catalunya.
Tras el verano y con la llegada progresiva del otoño, el parque natural se convierte en un lugar especialmente atractivo para quienes disfrutan de la botánica y del senderismo. Mientras que las zonas situadas a los pies del valle están dominadas por caducifolios —árboles y arbustos que fuera de la temporada estival pierden su follaje—, los pisos más elevados están ocupados por pinos negros y abetos centenarios. Esto crea un marcado contraste visual: franjas de tonos ocres flanqueadas por el verde perenne y más oscuro de las coníferas, todo ello coronado por las crestas rocosas de picos que superan con frecuencia los 2.800 metros de altitud.
Caminar por los senderos que parten directamente desde las últimas casas del pueblo permite comprobar la vitalidad de esta fauna de alta montaña. En esta época del año tiene lugar uno de los fenómenos más conocidos de la naturaleza peninsular: la berrea del ciervo. Al atardecer o durante las primeras horas del amanecer, los ecos de los bramidos de los machos en celo rebotan en las paredes rocosas del valle, anunciando las disputas por el dominio de las hembras en los claros del bosque.
Búsqueda de desconexión a escala humana
Más allá de sus paisajes naturales, de sus rutas de montaña y del Parque Natural, buena parte del atractivo de Tavascan reside en la escala humana de su día a día. Encontrarse con un pueblo de menos de 120 habitantes empadronados no supone únicamente descubrir un entorno diferente, sino también otra forma de afrontar la rutina. Aquí el tiempo transcurre de otra manera, marcado por el cauce de los ríos y las necesidades del propio valle. No existen las grandes aglomeraciones, las grandes cadenas comerciales ni el ruido y el caos del tráfico. Buena parte de la actividad continúa vinculada al comercio local repartido por el pueblo.
La villa ha evolucionado con el paso de los años, pero mantiene parte de su esencia. El turismo rural y las actividades que se practican en alta montaña —como los deportes de nieve o el senderismo en cualquier época del año— suponen una parte clave de la economía del pueblo, además de la ganadería, que tiene también una importante presencia en la zona. Durante el otoño no es raro observar cómo los rebaños descienden de los pastos altos hacia los corrales antes de que lleguen las primeras heladas de la temporada.
Integrado dentro del municipio de Lladorre, Tavascan es una forma de dar la bienvenida al otoño. Pasear por sus estrechas calles al caer la tarde, contemplar el atardecer, escuchar la fuerza del agua bajo el puente medieval y observar el humo que sale de las chimeneas y es desviado por la brisa de las montañas forman parte de la experiencia. Basta con recorrer el pueblo con calma para recuperar algo de tranquilidad antes de la llegada de las primeras nieves.
Fonte: eldiario.es – eldiario.es