Carlos del Castillo, en la presentación de su libro ‘Inteligencia Artificial. Cartografía de una revolución’: “Que ChatGPT pueda hablar no significa que sea inteligente”
Por David Vázquez Baciero — eldiario.es – eldiario.es

El periodista de elDiario.es se muestra partidario de la regulación de una tecnología con un gran potencial, pero huye de los vaticinios más oscuros: “No nos va a matar antes de 2030 ni va a acabar con todos los trabajos”
Vuelve a ver el evento – Carlos del Castillo presenta ‘Inteligencia artificial: cartografía de una revolución’
Ni apocalipsis inmediato ni solución a todos los problemas. La IA, una tecnología llegada para quedarse y llamada a cambiar el mundo de un modo parecido a como lo alteró internet hace 25 años, requiere regulación, matices y, sobre todo, explicación. Esto es lo que ha puesto sobre la mesa Carlos del Castillo, periodista especializado en tecnología de elDiario.es que ha presentado este miércoles en la redacción del periódico en Madrid su libro Inteligencia Artificial. Cartografía de una revolución (Editorial Planeta, 2026).
Lo ha hecho en un evento en el que ha estado acompañado de Gumersindo Lafuente, también periodista y editor de la revista de elDiario, y que ha servido ante todo para ahondar en la tecnología del presente, imaginar la del futuro y perder algo de miedo. Porque no, la humanidad no acabará antes de 2030 a causa de la IA. De hecho, en sentido estricto, ni siquiera se puede decir, por ahora, que sea muy lista: “Los sistemas que tenemos ahora mismo no tienen ni idea de lo que están diciendo. Ellos han sacado patrones de cómo hablamos, pero hace años una máquina no era inteligente porque derrotara a un campeón de ajedrez. Hoy, ChatGPT no es inteligente porque sepa hablar. Lo que pasa es que no concebimos que algo que habla no sea inteligente, pero es todo fachada, patrones que han sacado de todo el conocimiento humano, no hay nada detrás”. Del Castillo ha explicado que este es uno de los motivos por los que los centros de datos consumen tantísima energía: cada respuesta exige una cantidad ingente de cálculos. De ahí nacen también las famosas alucinaciones: “Uno de los fallos más recurrentes de la IA es que se invente por ejemplo una fecha, pero tiene lógica que ocurra porque, para él, esas palabras tienen la misma probabilidad de aparecer que la fecha correcta”.
Otra forma de apocalipsis anunciado hasta la saciedad en fechas recientes es el fin del mercado laboral, que a ojos de algunos llegará pronto una vez las máquinas se hayan quedado con casi todos los trabajos por resultar más rentables a las grandes empresas. Del Castillo tampoco compra esta idea: “Mi libro no habría sido posible sin IA, pero porque me ha ayudado a pensar. Ningún texto escrito con IA merece estar en ningún libro. Pensamos que lo mejor que tiene la IA es lo que produce, pero la verdad es que lo que produce es mediocre. Sam Altman [CEO de OpenAI] ha reconocido que todo lo que lleva diciendo tres años sobre el apocalipsis laboral no va a ocurrir. No va a pasar porque el cálculo de la IA siempre va a tener un margen de error, y eso hace que nunca puedas automatizar nada del todo. Hacerlo costaría mucho más que contratar a una persona”.
Estas recurrentes campañas de miedo, ha comentado el periodista, no son nuevas ni surgen porque sí: ya en 2023 hubo quien dijo que la IA sería peor que la bomba atómica. “Hay investigadores que dicen que a algunos les interesa que paremos de desarrollar porque EEUU tiene ventaja sobre Europa y China. De hecho, la primera reacción de China fue decir que era una campaña. Lo que nos dicen ahora es lo contrario de lo de 2023: entonces, el miedo era una IA autoconsciente, mientras que ahora se habla de sistemas sencillos, especializados y que confabulan para llevar a cabo daños catastróficos”.
Para evitar estos daños, en todo caso, Del Castillo es partidario de regular la tecnología, una tarea en la que Europa, un mercado de 500 millones de consumidores, lleva tiempo manos a la obra. Y eso, a pesar de que la regulación ha puesto al viejo continente ante un dilema: arriesgarse a perder la vanguardia del desarrollo tecnológico o reducir regulación a cambio de dar manga ancha a empresas cuyo interés está solo en la cuenta de resultados. “Europa trata de imponer la fuerza de su regulación a través de su mercado. Es lo que se conoce como efecto Bruselas. Creen que el mercado tendrá la fuerza suficiente como para que ninguna empresa salga de aquí aunque exista una regulación más severa. Funcionó con el Reglamento de Protección de Datos, pero Trump y los oligarcas tecnológicos han dicho que no cuela”.
Con todo, la posición europea, opina Del Castillo, debe ser firme: “En IA salió una ley que tuvo muchas alabanzas. La criticaron sobre todo las empresas que no piensan en el beneficio de la ciudadanía. Tiene que haber regulación porque hay sistemas muy peligrosos, como los que usa el ICE en reconocimiento facial: que se te pueda reconocer en cualquier lugar. No piden una regulación, piden una autorregulación: seguir investigando y que, si sus sistemas hacen daño, poder lavarse las manos”.
Geopolítica, vigilancia y guerra: el verdadero peligro de la IA
La IA, ha ahondado Del Castillo, no es una sola tecnología ni una sola técnica, sino que más bien se articula como un cajón de sastre donde caben Enigma, la máquina que permitió descifrar los mensajes del ejército nazi durante la II Guerra Mundial; Deep Blue, el ordenador que derrotó a Garri Kaspárov a finales de los 90, y las actuales máquinas de IA generativa. El libro de Del Castillo es también por esto un acercamiento histórico: “Me lo pasé muy bien escribiendo e investigando porque descubrí que no nace del vacío, aunque empezáramos a hablar de esto en 2022. La IA es hija de la globalización”. Y donde hay globalización hay geopolítica. Dos ejemplos: la importancia súbita que ha cobrado en el panorama internacional Taiwán, una pequeña isla asiática donde se producen la mayoría de los chips más avanzados del mundo, y las minas de tierras raras que son imprescindibles para el desarrollo de nuevas tecnologías y que obran en poder de China, que no duda en cerrar el grifo cuando EEUU amenaza con aranceles o bloqueos.
Son para Del Castillo realidades mucho más cercanas que los tan proclamados apocalipsis: “La IA es hija de muchas cosas. En también parte hija del capitalismo de la vigilancia, que en parte es posible gracias al avance de los chips junto con lo que sabemos del comportamiento humano. Esto tiene muchas repercusiones porque en EEUU se está configurando un complejo tecnológico industrial en el que ya no son los dueños de las armas las que condicionan la política, sino que son los grandes dueños de la tecnología”.
En EEUU, por ejemplo, el sector de la Defensa es el encargado de todo el proceso militar: el que tiene la inteligencia por extraer los datos de los ciudadanos y el que, gracias a la IA, puede analizarlos y tomar decisiones en base a ellos. Así, ha explicado Del Castillo, mientras el mundo mantiene conversaciones al más alto nivel para decidir que las máquinas no deben poder matar solas, en Ucrania no hay soldado que pueda caminar sin que un dron lo fije como objetivo y lo ataque. “La tecnología siempre sorprende. Pensábamos que la IA aplicada a la guerra traería robots asesinos, pero hoy lo que te mata en Ucrania es un sistema que vale 80 euros y lleva una carga explosiva muy pequeña”.
Detrás de estas grandes revoluciones tecnológicas, como en todo, están el poder y el dinero de oligarcas nada confiables: “Hay una corriente ideológica loca en Silicon Valley que dice que la misión del ser humano es crear una IA definitiva que lo trascienda, por lo que el desarrollo tecnológico estaría por encima del bienestar de la gente. Parece una locura, pero está arraigando en la conciencia colectiva de ese lugar. No sé si podemos compartir muchos valores con esa gente”.
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