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Por Redacción La VanguardiaPortada

Beatriz de Moura, la editora fascinante

LUIS LANDERO RECUERDA A SU DESCUBRIDORA

El pasado lunes, en el Saló de Cent del ayuntamiento de Barcelona, Luis Landero leyó el texto que aquí reproducimos, dentro del homenaje a Beatriz de Moura que abrió el Forum Edita. La legendaria creadora de Tusquets, fallecida en abril, fue la descubridora de quien hoy es uno de los más destacados autores españoles

Luis Landero y Beatriz de Moura, en una foto tomada hacia 1990.

Luis Landero y Beatriz de Moura, en una foto tomada hacia 1990.

TUSQUETS EDITORES

Redacción La Vanguardia

LUIS LANDERO

12/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

La verdad es que el título de esta conferencia (“Fascinación y legado de una personalidad fuera de la norma”) está muy bien puesto, y es el mejor posible. Fascinación y personalidad: quien conoció a Beatriz ya lo sabe, porque es lo primero que se advertía en ella: su fascinante personalidad. Pero ni el título lo he elegido yo (me lo dieron hecho), ni esto tampoco es una conferencia. Lo mío es más modesto, más de andar por casa (y nunca mejor dicho, porque Tusquets es mi casa), y ya desde el principio pido disculpas porque, en un homenaje a Beatriz, voy a hablar casi tanto de mí como de ella, pero no sabría hacer mi pequeño, personal y sincero homenaje de otro modo.

Alguna vez he pensado en cómo el azar, al que también llamamos destino, unió mi vida de escritor a la de Tusquets, que es tanto como decir a la de Beatriz. Esta secreta historia, esta feliz casualidad, comenzó hace ya casi sesenta años.

En 1969 Beatriz de Moura fundó la editorial Tusquets en un piso de unos 70 metros cuadrados. Me imagino sus angustias de entonces, sus incertidumbres: qué publico, con qué dinero, más el diseño, la distribución, el marketing…, y todo en las angosturas de aquel piso que quizá servía también de vivienda, y que yo me lo imagino lleno de libros y papeles y con mucho trajín de gente yendo y viniendo, y eso por no hablar de las cavilaciones, de los debates, de los temores y grandes esperanzas. Hace falta mucho carácter, mucha convicción, mucho talento, para emprender una aventura así.

⁄Un lunes de mayo de 1989 por la mañana me dijo por teléfono: “Solo quiero decirte una cosa, que ya tienes editor”

Si Beatriz era ya una editora vocacional, yo también tenía por entonces la certeza, que era quizá una de las pocas certezas que he tenido en mi vida, de que iba a ser escritor. En realidad ya lo era, porque venía escribiendo desde los quince años, pero solo poesía, donde es muy fácil encontrar a tus maestros: Bécquer, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón, Lorca, Neruda… Años después, cuando mi falta de talento poético me invitó a pasarme a la prosa, me encontré huérfano de maestros. ¿Dónde estaban los Bécquer y los Neruda de la novela? En mi familia no hubo nunca libros ni gente ilustrada, ni tampoco entre mis amigos, allegados y conocidos. Mi mundo había sido y era el de la emigración, el laboral y el de la farándula. Así que, en cuestiones de novela, yo estaba descanonizado por completo. Leía mucho, sí, pero a granel, novelas policíacas y del Oeste, best sellers de la época y otros muchos libros casuales que caían en mis manos, y cuyos títulos y autores apenas recuerdo.

Beatriz de Moura, en 2014.
Beatriz de Moura, en 2014. Roser Vilallonga)

Figura clave de la cultura democrática

Beatriz de Moura (1939-2026) nació en Río de Janeiro. Hija de diplomático, vivió en distintos países hasta instalarse en Barcelona. Con su primer marido Óscar Tusquets fundó la editorial Tusquets en 1968. Publicó literatura anarquista, gastronomía y a Woody Allen, y a partir de 1980 líneas de narrativa internacional -Kundera, Duras, Irving…- y española -Almudena Grandes, Cristina Fernández Cubas…– de gran éxito. Es una de las figuras clave de la edición española en democracia.

Pero en 1969, el año en que nació Tusquets, tuve la suerte de que el destino pusiera en mi camino a un profesor de literatura, el mejor que he tenido nunca, que no tardó en descubrir mi errática pasión literaria, y así, como quien no quiere la cosa, empezó a dejarme algunos libros: una sonata de Valle Inclán, La metamorfosis, de Kafka, El extranjero, El coronel no tiene quien le escriba, El viejo y el mar …, y de esa manera tan elegante, tan discreta, como si pusiera una mano sobre mi hombro y cambiase el rumbo de mi marcha, me llevó y acompañó un trecho por el buen camino de la literatura, sin decirme nunca apenas nada, dejando que yo por mí mismo pusiera a prueba mi supuesta vocación e instinto de escritor. Ese profesor se llamaba Gregorio Manuel Garrido: ya sé que a nadie le importa cómo se llamaba, pero yo no me perdonaría olvidar o silenciar su nombre.

Al cabo de los años, parece que las piezas dispersas de que están hechas nuestras vidas, a veces se juntan y encajan formando un argumento que, en efecto, solo puede ser obra del destino. 1969 fue el año en que Beatriz fundó Tusquets y el año en que yo me convertí de verdad y ya para siempre en escritor.

⁄ Era tan guapa, tan llena de encanto, tan adorable, tan culta, tan divertida, que uno a su lado se sentía torpe y cohibido

Un día de entonces, o poco después, cayó en mis manos Miss Zilphia Gant, de Faulkner. Fue mi primer encuentro con Tusquets y con Beatriz. Lo había publicado en sus Cuadernos Marginales, y para mí fue un descubrimiento esencial. ¿Qué escritor con grandes afanes narrativos no se ha sentido arrebatado y bendecido por Faulkner? Los Cuadernos Marginales y los Cuadernos Ínfimos (algunos de los cuales se idearon y se editaron quizá desde el piso fundacional, aquel de los 70 metros -Avda. Hospital Militar, 52, 3º 1º, según consta en el librito de Faulkner-), pusieron los cimientos del gran prestigio que muy pronto iba a tener Tusquets. 

Allí Tusquets comenzó a seducir a lectores que muy pronto serían ya incondicionales. Y así leímos pequeñas joyas de Beckett, de Benjamin Péret, de García Márquez, de Octavio Paz, de Hermann Broch, de Malcolm Lowry… Qué enorme y luminosa paradoja: como Tusquets tenía poco dinero, no le quedó otro recurso que editar literatura de la más alta calidad. Desde el principio, Beatriz le dio a su pequeña editorial un estilo inconfundible, lo cual es muy difícil, tanto como para un escritor encontrar su mundo propio y su propia voz. Tusquets tenía ya el sello y el carácter de quien, en efecto, poseía una fascinante personalidad. El espíritu de Tusquets, no es otro que el de Beatriz.

Luis Landero, el pasado lunes en el homenaje a Beatriz de Moura que abrió el Forum Edita Barcelona 2026.
Luis Landero, el pasado lunes en el homenaje a Beatriz de Moura que abrió el Forum Edita Barcelona 2026. FORUM EDITA

Un autor multipremiado

Luis Landero nació en Alburquerque (Badajoz) en 1948. Ha enseñado Literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid, aunque durante un tiempo se ganó la vida como guitarrista flamenco. Su primera novela, Juegos de la edad tardía, fue Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa 1990. Siguieron entre otras Caballeros de fortuna, Retrato de un hombre inmaduro, El huerto de Emerson o Coloquio de invierno. Premio Nacional de las Letras 2022

Dos años después, se incorporó a la editorial Toni López Lamadrid, que era la pieza que faltaba para completar el grande y prodigioso invento de Tusquets. Supongo que para entonces ya habrían cambiado de sede, y que algo tuvo que ver Toni en esa mejora, como en tantas otras. Y dos o tres años más tarde, ya convertido yo en profesor de instituto, remansada mi vida, concluida mi alegre soltería literaria y obligado al fin a poner a prueba mi presunto talento de novelista y de escritor, comencé a componer la historia que luego llevaría por título Juegos de la edad tardía , y que se publicó en 1989, 20 años después de la fundación de Tusquets. 

Uno de los días más felices de mi vida fue un lunes de mayo de 1989, cuando a las 10,35 de la mañana Beatriz me dijo por teléfono: “Solo quiero decirte una cosa, que ya tienes editor”. Nos habíamos carteado durante varios meses, pero sin llegar a nada concreto. Yo había perdido casi del todo la esperanza de publicar mi novela en Tusquets, pero un día de mayo de 1989 recibí un telegrama de Beatriz: “Llámame el lunes a las 10”. Era miércoles, y los días se me hicieron eternos, hasta que al fin llegó el lunes y a las diez en punto llamé a Tusquets. Me pasaron con Beatriz. Era la primera vez que yo escuchaba su voz, y en ese momento le estaba echando una feroz bronca a alguien, enojadísima, reprochándole que le hubiese mandado algo que era del todo impublicable. Por unos instantes pensé que se dirigía a mí. “No puede ser que me ponga un telegrama para que la llame de urgencia con el solo objeto de echarme semejante chorreo”, pensaba. Resuelto el equívoco, sosegada su voz, me dijo aquello de que ya tenía editor. Es una anécdota mínima e insulsa, pero que a mí me sirvió para conocer una parte de su fascinante personalidad. En un instante supe cómo se las gastaba Beatriz. No recuerdo haberla vista enfadada nunca más, o al menos no hasta esos extremos.

Beatriz de Moura con su compañero de trabajo y de vida, Antonio López Lamadrid
Beatriz de Moura con su compañero de trabajo y de vida, Antonio López Lamadrid JORDI ROVIRALTA

En fin, que así se consumó el encuentro, tan largamente gestado, entre el editor y el escritor. Luego ya solo quedaba tomar la primera copa con Toni y brindar por la vida y los libros. Ya era escritor de Tusquets, y no para publicar una sola novela, como quien va de paso, y tal como me advirtió Beatriz desde el principio, sino para quedarme a vivir en Tusques para siempre. Y eso es lo que he hecho. Porque Tusquets es algo más que una editorial para sus escritores; es la casa común de todos cuantos publicamos allí.

⁄ Finalmente tiré el ramo debajo de un coche y, ya con una imagen un poco más decente, entré en la editorial

Beatriz ha sido, excuso decirlo, una de las personas más importantes de mi vida. Mi relación con ella fue un tanto extraña, no por ella, sino por mí, por mis rarezas y mi enrevesado modo de ser. Pocos meses después de aparecer mi primera novela, vine a Barcelona a un programa de televisión, y Beatriz, claro está, me invitó a visitar la editorial. Por no ir con las manos vacías, por mostrar mi cariño y mi gratitud, no se me ocurrió otra cosa que comprar unas flores para Beatriz. Ya en la calle Iradier, ya en la puerta de la editorial, no me atrevía a entrar, a cruzar aquella línea mágica, supongo que por timidez, y menos aún con aquel ramo de flores, y para ganar tiempo y un poco de seguridad en mí mismo, me puse a deambular por el barrio, sintiéndome cada vez más ridículo, y acordándome de Marieta, la canción de Brassens en versión de Javier Krahe: “ Y yo allí con mi ramo como un gilipollas”. Y esa era justo la imagen que tenía de mí mismo. Aunque apenas la había visto dos o tres veces, yo sabía, intuía (y me acordaba de la primera vez que la oí hablar por teléfono), que Beatriz no era mujer de regalarle flores. Así que finalmente tiré el ramo debajo de un coche y, ya con una imagen un poco más decente, entré en la editorial.

A mí, Beatriz y Toni, a pesar de su trato siempre exquisito, me intimidaban, sobre todo Beatriz. Permitidme una confesión muy personal. Desde niño, yo me he sentido un tanto desclasado, por decirlo de alguna manera. Yo vengo de una familia campesina y semianalfabeta. En mi pueblo, y luego, cuando emigramos, en la Prospe, mi barrio de Madrid, me enamoraba perdidamente y a distancia de las chicas guapas, elegantes y ricas, inalcanzables para mí. Yo entiendo muy bien la torturada fascinación de Julien Sorel por madame de Rênal y luego por Mathilde, y la del gran Gatsby por Daisy, y la del Pijoaparte por Teresa, por poner unos ejemplos con los que me identifico casi por completo. En cuanto a Beatriz y a Toni, vestían y se movían por el mundo tan desenfadadamente bien, tan elegantemente desenfadados, y tenían un refinamiento tan natural y no aprendido, tan de cuna, y un dominio de las situaciones, y un saber siempre qué decir para evitar los enojosos silencios, que yo me sentía un intruso ante ellos, sobre todo ante Beatriz. Un advenedizo. Y Beatriz era tan guapa, tan llena de encanto, tan adorable, tan culta, tan cosmopolita, tan divertida y espontánea, y con una vida social tan rica y tan selecta, que uno a su lado se sentía torpe y cohibido, y como que no estaba a la altura de las circunstancias. Ellos pertenecían a un mundo que nada tenía que ver con el mío. Beatriz conocía personalmente a todos los escritores grandes de todo el mundo, a todos los editores, y hablaba de ellos con una naturalidad admirable. Era amiga de todos. Y era un gusto escucharla. El mundo de la alta cultura era para ella su casa. Y todo sin el menor énfasis ni alarde, porque Beatriz era una más entre los grandes. La gracia con que hablaba, sus risas intercaladas, sus reflexiones, su modo de estar fácil y seguro, su espontaneidad, su autoridad y rigor como editora y su jovialidad como amiga…, además de haber logrado crear de la nada una editorial de inevitable referencia… ¿Cómo no quererla?, ¿cómo no admirarla? No sé, todo en ella era apabullante…

Enseguida empecé a obsesionarme con la idea de que les iba a hacer perder dinero, lo cual me creaba un sentimiento de culpa

Recuerdo que, como mi primera novela tuvo bastante éxito, Beatriz al principio quiso… ¿cómo decir?, socializarme literariamente, promocionarme, invitándome a fiestas, a viajes, a encuentros, a comidas, a eventos más o menos literarios, para que conociese a gente interesante y que la gente interesante me conociese a mí. Pero a mí no me gusta nada la vida social, y no me desenvuelvo bien en ambientes más o menos selectos. Y demás, no hay cosa que me guste más que mi soledad. Beatriz, que se las sabía todas, me comprendió enseguida y me eximió de casi todas las actividades sociales. Un par de veces me invitaron a pasar unos días en su casa de Comillas, y Beatriz de inmediato añadía: “Pero vais a tener independencia total, ¿eh? Ni siquiera tenemos que vernos”. Sí, Beatriz me conoció muy bien desde el principio. Desde el principio, cuando íbamos a comer a algún restaurante y examinábamos la carta, me regañaba jovialmente: “No mires los precios”, porque es verdad que yo no quería pedir cosas caras, no quería ocasionar gastos. Mis padres campesinos me habían educado en la austeridad y en la gratitud. De mi primera novela se tiraron 3000 ejemplares. Enseguida empecé a obsesionarme con la idea de que les iba a hacer perder dinero, lo cual me creaba un sentimiento de culpa. “Por lo menos que se vendan 500 ejemplares. Creo que con eso ya cubren gastos”, me decía a mí mismo. Por mi parte, solo aspiraba a tener cuatro o cinco buenas críticas, que me ayudaran a creer en mí como escritor. En fin, yo creo que, en aquellos tiempos, a Beatriz, y a Toni, les hubiera gustado cuidarme más, como escritor y como persona, pero yo no me dejaba cuidar, y este es otro motivo más de culpa. Siempre me sentiré en deuda con Beatriz, y nunca llegaré a saldar esa deuda. Me gustaría que ella hubiera sabido hasta qué punto la quería y la admiraba.

⁄ Yo era de Tusquets, era “de la casa”, y en la familia no hay que andar con demasiadas explicaciones

Una cosita más y ya voy acabando. Si hay algo que odio en el mundo es a los jefes. Tener un jefe es el mayor castigo que puede caer sobre alguien, y esa tenía que haber sido la maldición bíblica: Te ganarás el pan bajo la férula de un jefe. Soporté a muchos en mi adolescencia laboral y en mi primera juventud, además de mi padre, que fue también mi jefe. Pues bien, como estas cosas tienden a ser traumáticas, yo no podía evitar ver a Beatriz como mi jefa. Incluso ahora, a pesar de nuestra gran amistad y total confianza, y de ser él la persona más afable y cariñosa del mundo, no puedo evitar entrever a mi jefe en Juan Cerezo, que no tiene la menor pinta de jefe. Hace poco contaba alguien de Tusquets (creo que fue Leonardo Padura) que Toni, que tenía su despacho en el piso bajo, cuando tenía que despachar con algunos empleados, los llamaba por teléfono para que bajasen a reunirse con él. Pero, si tenía que despachar con Beatriz, era él el que subía. Muy significativo de cómo era Beatriz, de cómo la veíamos los demás.

Beatriz no era especialmente efusiva en la expresión de sus sentimientos. Quiero decir que, igual que no era mujer de flores, tampoco lo era de besuqueos, de asombros y saludos eufóricos…No, era sobria en su manera de estimar y querer. Pero, al mismo tiempo, nadie más cariñosa y leal que ella. Apenas me hacía comentarios o sugerencias cuando le enviaba el manuscrito de un nuevo libro. Nunca me preguntó qué estaba escribiendo ni cuánto tardaría en tenerlo escrito. Creo que nunca recibí elogios suyos, o nunca al menos de un modo directo y notorio: pero todo, maravillosamente, se sobreentendía. Yo era de Tusquets, era “de la casa”, y en la familia no hay que andar con demasiadas explicaciones. Pero siempre me sentí abrumado y emocionado por sus ganas de agradarme, de que me sintiera querido y cuidado.

Muchos años han pasado desde aquellos tiempos primerizos de Beatriz como editora y de mí como escritor. Nuestro querido Toni se fue, se marchó con su elegancia habitual, y este mismo año nos dejó nuestra irrepetible y adorada Beatriz. Pero queda Tusquets, siempre nos quedará Tusquets, la gran obra de aquella mujer fascinante y excepcional. Y es seguro que algún joven que en este mismo instante está empezando a cortejar la gran novela que solo él está llamado a escribir, tendrá ya una cita secretamente concertada con Tusquets para dentro de unos años, una cita que de algún modo empezó a gestarse mucho antes, en 1969, cuando a Beatriz se le ocurrió fundar una editorial, con el solo bagaje de su carácter, su vocación y su talento.

Juan Cerezo, director editorial de Tusquets; Sergio Vila-Sanjuán; Anne-Marie Métailié, fundadora y directora de ediciones Métailié, y Miguel Aguilar, director de Taurus y Debate
Juan Cerezo, director editorial de Tusquets; Sergio Vila-Sanjuán; Anne-Marie Métailié, fundadora y directora de ediciones Métailié, y Miguel Aguilar, director de Taurus y Debate FORUM EDITA

Homenaje del Forum Edita

La conferencia de Landero en el Saló de Cent, que inauguró el Forum Edita 2026, encuentro internacional sobre las tendencias del libro, estuvo seguida por la mesa redonda “Tusquets, escuela de editores”. 
El moderador, Sergio Vila-Sanjuán, recordó en su introducción que “Beatriz de Moura, con Toni López Lamadrid, su inseparable otra mitad del tándem, fueron un estilo. Que ha dado tono y brillantez a la vida cultural barcelonesa de los últimos 50 años”.
Anne-Marie Métailié expuso que “en los años 80 Tusquets creó una red de contactos con editores internacionales porque nuestra relación no era técnica, ni económica: hablábamos de los libros que describíamos con entusiasmo, éramos como ludópatas de los descubrimientos de escritores y de libros… nos jugábamos la vida”.
Para Miguel Aguilar, “en Beatriz había una combinación perfecta de hedonismo y meticulosidad, de ética de trabajo. Una heterodoxia maravillosa con poco miedo a equivocarse, a hacer las cosas de forma distinta”.
Juan Cerezo, en la intervención que cerró la mesa, manifestó: “Recuerdo su risa inolvidable. Era muy guapa, deslumbrante. Te sentías abrumado. También era una trabajadora incansable, muy tenaz, y exigente. Y lo hacía en un mundo de hombres”.

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Fonte: Portada

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