Aprender de los errores no es cosa de todos

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Por John William Wilkinson — Portada

Aprender de los errores no es cosa de todos

Baúl de bulos

El mundo antes de Copérnico vivía envuelto en la luminosa oscuridad de la ignorancia… y no pasaba nada

Ilustración para el 'Baúl de bulos'

Ilustración para el ‘Baúl de bulos’

Martín Tognola

John William Wilkinson

John William Wilkinson

27/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Se dice que rectificar es de sabios. Pero sólo será así si primero se ha equivocado el sabio y luego, al darse cuenta o al ser advertido de su error, lo admite, aunque sea con la boca pequeña. De no hacerlo, es decir, rectificar, admitir a tiempo el error en el que ha incurrido, le puede significar no sólo ser objeto de oprobio ante sus colegas, sino correr el riesgo de convertirse en el hazmerreír universal.

Ahora bien, que se equivoque un pensador, un teórico, un filósofo o un ensayista no debe escandalizar a nadie, empezando por el propio teórico, siempre y cuando no pertenezca a las llamadas ciencias exactas, que, por razones obvias, abarcan campos del saber harto exigentes en los que una pifia puede arruinar una carrera, máxime si se demuestra que ha habido mala praxis o un engaño deliberado.

Aun así, una idea equivocada puede, con el tiempo, ayudar a progresar hasta dar con la solución que se buscaba. Al fin y al cabo, el mundo antes de Copérnico vivía envuelto en la luminosa oscuridad de la ignorancia… y no pasaba nada. Algo parecido ha ocurrido con las teorías de Newton, Darwin o Einstein. Pero ni siquiera estos sabios siempre acertaban.

Teorías hay muchas; aciertos, los justos. La asombrosa teoría de la relatividad de Einstein tuvo que esperar años para verse verificada en su totalidad, y lo fue. Sin embargo, después de deslumbrar al mundo científico con esa teoría, tuvo a bien añadir el componente de energía oscura, acaso en un momento de vacilante incertidumbre.

En todo caso, puesto que no lo tenía del todo claro, se retractó, aduciendo que su existencia o no en nada modificaba su teoría general. Cincuenta años después de su muerte, se pudo establecer que la energía oscura realmente existe. No sólo eso, sino que tres cuartas partes de la masa total del universo se componen de energía oscura. Es decir, acertó con su teoría y se equivocó al retractarse.

Las teorías políticas son, si cabe, aún más peliagudas, dado que, sin los descubrimientos de Copérnico, Newton o Einstein, sugeríamos inmersos en nuestra reconfortante ignorancia, mientras que las teorías llevadas a la práctica del capitalismo o el comunismo nos conciernen y nos afectan a todos en nuestro día a día.

Eso sí, sin los adelantos de Einstein no se habría destruido Hiroshima o Nagasaki, ni tampoco habríamos vivido desde entonces bajo la amenaza de una hecatombe nuclear. Y sin la revolución bolchevique, poco o nada sabríamos del lado oscuro del comunismo o del fracaso de la Unión Soviética y sus satélites, ni tampoco del horror de sus autoritarios emuladores aún en activo.

El capitalismo también produce monstruos, como queda patente en la persona de Donald Trump, quien, como Hitler, no sólo llegó al poder a lomos de la democracia, sino que, por si cabía alguna duda, lo ha hecho dos veces. Y como ha demostrado una y otra vez, para Trump, un error no es más que un acierto mal entendido. Ya van muchos.

Y en esas irrumpió en escena la IA, que, al parecer, pese a contar con amos, defensores y detractores, va por libre. ¿Hacia dónde? Chi lo sa. En todo caso, no deja de ser mal presagio el goteo de creadores e investigadores del monstruo que se apartan o se reniegan del invento diabólico.

Ahora bien, la IA, lejos de ser una teoría, es una realidad destinada a alterar o hasta aniquilar nuestra realidad tal como la veníamos interpretando, por muy equivocada que anduviéramos. Incluso hay quien afirma que está en juego nada menos que la humanidad.

¿Será la IA un colosal error destructivo? ¿Estamos a tiempo de rectificar y así salvarnos? ¿Qué lecciones sacaremos de ella, en el caso de que quede algún superviviente para siquiera planteárselas? En fin, sólo son algunas de las preguntitas que nos hacemos en nuestras noches para no dormir.

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