Adiós, Salazar
Por Ignacio Martínez de Pisón — Portada

Adiós, Salazar 01/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
La vida del dictador portugués António Salazar, que permaneció en el poder tantos años como Franco, tuvo un final algo esperpéntico. En agosto de 1968, mientras su callista de confianza le hacía la pedicura en su residencia veraniega de Estoril, se cayó de espaldas y se dio un golpe que le provocó un hematoma cerebral. El tratamiento médico al que lo sometieron no solo no mejoró su situación sino que la empeoró, y en septiembre, Marcelo Caetano, que había sido ministro suyo diez años antes, fue elegido para sucederlo en la presidencia del gobierno.

Si digo que su final fue algo esperpéntico es porque, hasta su muerte en 1970, Salazar siguió creyéndose presidente y, a pesar de su precaria salud, actuando como tal. Su incondicional ama de llaves, Dona Maria, lo organizó todo para que nadie lo sacara de esa realidad paralela en la que se había instalado plácidamente. Tanto el equipo médico como los colaboradores próximos y el servicio de seguridad de su residencia oficial en el palacete de Sâo Bento estaban en el secreto, y Dona Maria se ocupaba de rellenar la agenda presidencial con visitas de ministros y altos cargos que fingían despachar con él. Aquello fue un Good bye, Lenin! treinta y tantos años antes de la película.
En La increíble historia de António Salazar, Marco Ferrari recuerda que ese paripé solo fue posible gracias a la colaboración de Augusto de Castro Sampaio, eterno director del Diário de Notícias, que todas las mañanas hacía imprimir un ejemplar único del periódico, hecho a la medida de las fantasías de Salazar, su viejo amigo. En ese ejemplar, Marcelo Caetano no existía y Salazar seguía estando al frente de un gobierno que se desempeñaba con envidiable fortuna: la situación económica era boyante, la calma había regresado a las colonias africanas y hasta los estudiantes universitarios, siempre tan díscolos, habían abandonado sus protestas. Salazar podía estar contento: si las cosas iban bien incluso cuando no estaba en condiciones de dedicarles todo su tiempo y su energía, ¿no sería porque había acertado a construir un buen país, capaz de avanzar por sí mismo en unión y armonía?
El dictador portugués vivió un ‘Good bye, Lenin!’ treinta y tantos años antes de la película
Castro Sampaio, seis años mayor que Salazar, era un anciano atildado que se teñía el bigote e inclinaba la cabeza hacia atrás para que no se le cayeran las gafas pince-nez. Había asumido por primera vez la dirección del periódico en 1919. Entonces, cuando todavía las batallas se libraban con cargas de caballería y los soldados combatían a bayonetazos, solo un loco podía llegar a concebir que, cincuenta años después, unos astronautas pondrían el pie en la Luna. Me los imagino a los dos (uno de ochenta, el otro de ochenta y seis años) contemplando con estupefacción la portada del Diário de Notícias que en julio de 1969 celebró la gesta espacial del Apollo 11. Só vendo para crer!, ¡ver para creer!, debió de exclamar el periodista, mientras con un bufido el dictador daba a entender que bastante complicado era gobernar los países de la Tierra como para ponerse a pensar en gobernar otras galaxias…
El achacoso Salazar estaba, de todos modos, lejos de ser un anciano entrañable. Los ratos de ocio los pasaba repasando con delectación su colección de informes de la policía política del régimen, la temible PIDE, que tenía cerca de doscientos mil informantes y lo había sostenido en el poder a base de torturas y asesinatos. Entre esos informes policiales seguro que estaba el de su bestia negra, su némesis, un alborotador al que no había conseguido doblegar encerrándolo una docena de veces en prisión, por lo que finalmente había optado por deportarlo a la remota isla de Santo Tomé.

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El problema era que, por indicación de Dona Maria, esos informes policiales no se habían actualizado y muchos de esos opositores, acogiéndose a las medidas de gracia del nuevo gobierno, deambulaban libremente por las calles portuguesas. La liberalización de la primavera marcelista fue un espejismo que no duró mucho. El detestado alborotador, que había vuelto de Santo Tomé, no tardó en escapar del Portugal de Caetano, un país que seguía atenazado por la represión de la PIDE, ahora llamada DGS. Era un abogado de cuarenta y pocos años. Se llamaba Mário Soares y pocos años después regresaría del exilio para acabar convirtiéndose en el gran presidente de la democracia portuguesa.
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Fonte: Portada