El precio de nacer: la distopía de Laura Gost donde cada parto exige una muerte
Por Alejandro Alcolea — eldiario.es – eldiario.es

La autora mallorquina, ganadora de un premio Goya en 2018, participa este fin de semana en el Festival de Literatura Expandida de Magaluf mientras presenta ‘El precio de nacer’
Me he dado cuenta de que ya no me apetece jugar con mi hijo: confesiones de una madre que se siente incapaz
Entre clases, viajes y horarios imposibles, Laura Gost (Sa Pobla, Mallorca, 1993) busca estos días huecos donde puede. La escritora trabaja como profesora a media jornada, lo que le permite reservar un par de días a la semana para viajar a Barcelona o Madrid cuando la promoción de su nueva novela lo requiere. Además, recientemente ha sido madre y su hijo acaba de empezar a ir a la guardería, así que las presentaciones y demás compromisos se encajan estos días entre este nuevo periodo de adaptación. En medio de ese pequeño caos, El precio de nacer llega como el proyecto más ambicioso de una autora que, desde sus primeras novelas, ha ido ampliando progresivamente el territorio de su literatura.
Si en su primera novela, La prima mayor, observaba de cerca la intimidad de dos primas adolescentes, después llegaron las contradicciones de la adultez en El mundo se vuelve sencillo y las transformaciones económicas, familiares y sociales de Mallorca a través de varias generaciones en Les cendres a la piscina. Ahora el foco se ensancha desde la realidad de una Mallorca saturada hasta una distopía en la que cada nacimiento exige la muerte de otra persona.
Bajo esta premisa, llega un thriller moral sobre el deseo, la culpa y los límites que cuenta con una dimensión internacional y audiovisual poco habitual: antes de su publicación ya se habían vendido los derechos de traducción a siete idiomas y los derechos para su adaptación cinematográfica. Gost, también recordada por ser ganadora de un premio Goya en 2018 gracias al guion del cortometraje [Woody & Woody], participa este fin de semana en el Festival de Literatura Expandida de Magaluf (FLEM).
En la nueva novela, tener hijos deja de ser una decisión privada y se convierte en una cuestión política. ¿Hasta dónde puede llegar una sociedad a la hora de intervenir sobre decisiones individuales cuando sus consecuencias son colectivas?
Para mí era importante que la distopía resultara muy cercana al lector. Aunque he leído muchos clásicos de este género, como George Orwell, Margaret Atwood o Ray Bradbury, aquí quería que apareciera en su justa medida: unas coordenadas distópicas que llevaran al extremo algunos elementos con los que ya dialogamos en nuestra propia realidad. Los personajes son personas como podríamos ser nosotros. No hay una figura de héroe ni alguien que esté por encima de cualquier pulsión humana.
La escritora mallorquina participa este fin de semana en el Festival de Literatura Expandida de Magaluf (FLEM).
Además, solo ha pasado una generación desde que la natalidad dejó de ser libre, de modo que los protagonistas son la primera generación que ha crecido con estas normas. Eso acentúa la sensación de arbitrariedad e injusticia: “¿Por qué ahora y no antes?”. Quería evitar un clima postapocalíptico o catastrofista. El sistema tiene rasgos totalitarios, pero deja una fisura para la libertad de elección: puedes decidir si quieres tener hijos y pasar por todo el trámite. Y eso, para mí, es todavía más cruel, porque no puedes echarle toda la culpa al sistema: eres tú quien tiene que decidir qué pesa más, si ese deseo y ese sentimiento de que te lo mereces o una conciencia colectiva y un rechazo hacia un sistema perverso. Ahí aparece el dilema humano.
Partiendo de esa idea de distopía mínima: ¿qué señales del mundo actual le han servido para pensar y crear ese mundo?
Las consecuencias del cambio climático y su evolución son evidentes. No es descabellado imaginar que en un futuro pueda haber zonas que dejen de ser habitables. Después tenemos un envejecimiento de la población, unos recursos públicos que hay que asumir y menos natalidad. Y está también el debate sobre quién decide cuánta gente es demasiada en un determinado territorio, que en Mallorca vivimos de una manera especialmente flagrante, además del problema de la vivienda y de cómo distribuimos los recursos. Todo esto me hizo pensar: “¿Qué pasaría si llegara un momento en que el único mecanismo efectivo para gestionar esto fuera la sustitución?”.
Quería que el Estado tuviera protocolos y listas de espera, una forma relativamente ordenada de gestionar algo perverso. Y entonces aparece el mercado negro, como sucede con tantos servicios cuando las normas no responden a lo que la gente necesita.
No es descabellado imaginar que en un futuro pueda haber zonas que dejen de ser habitables. Después tenemos un envejecimiento de la población, unos recursos públicos que hay que asumir y menos natalidad
Hablando de Mallorca, en Les cendres a la piscina se reflejan las transformaciones económicas de la isla que terminaron modificando familias, parejas y deseos. Luego, en El precio de nacer, una decisión política entra a poner límites al crecimiento de la vida. ¿Han servido las condiciones de vivir en la isla como puente entre ambas novelas?
Es inevitable que acabes hablando desde tu lugar, desde el lugar donde estás. Las problemáticas más urgentes también son las que nos interpelan. Aquí vivo en un lugar donde ya se percibe esa idea de saturación, de una situación de insostenibilidad, pero quería llevarla hacia un territorio más universal. Por eso no hay un territorio mediterráneo ni un elemento que diga que estoy hablando desde una perspectiva concreta.
Vivo en un lugar donde ya se percibe esa idea de saturación, de una situación de insostenibilidad, pero quería llevarla hacia un territorio más universal
De hecho, a mí me alegró que la novela se fuera a traducir a varias lenguas, porque pensé que esta sensación debía de ser bastante extrapolable a muchos lugares. Creo que este debate es bastante global: cómo gestionar quién determina quién puede vivir en un lugar y quién no, qué hacemos con el cambio climático, con los recursos limitados y, sobre todo, qué hacemos con este dilema moral si algún día nos encontramos en esa situación.
Y este libro también es bastante global, ¿no? Llama la atención que, antes de publicarse, ya estuvieran vendidos los derechos para las traducciones y para su adaptación al cine.
Antes de publicarse teníamos siete traducciones y los derechos audiovisuales también estaban vendidos. Después se han confirmado tres traducciones más, así que ahora son diez. Me tiene muy sorprendida y muy abrumada, porque es algo absolutamente inesperado. Y también me hace especial ilusión que, cuando salga el libro que dedico a mi hijo, esa dedicatoria vaya a estar en tantos idiomas. En cuanto a la parte audiovisual, lo único que se puede decir es que sería para una película y que la productora es americana, con sede entre Los Ángeles y México.
La portada de ‘El precio de nacer’ en catalán, cuyos derechos de traducción y adaptación cinematográfica se vendieron antes de su publicación.
Este fin de semana llega el FLEM, el festival literario que se celebra en Magaluf. Retomando la idea de los límites en la isla y teniendo en cuenta que participó en Soportando el paraíso, el documental de Marga Melià sobre el turismo que ha generado crítica y debate tras su estreno, ¿cómo ve la relación entre estas iniciativas culturales como esta y la realidad de una isla como Mallorca, especialmente en un lugar como Magaluf? Y, en ese contexto, ¿faltan más voces críticas dentro de la cultura para hablar de los problemas que atraviesa la isla?
Bueno, yo creo que, en general, sí que hay bastante posicionamiento. Desde mi percepción, quizá estoy dentro de una burbuja, pero tengo la sensación de que este tema preocupa bastante, sobre todo en relación con la vivienda, la lengua y la pérdida del patrimonio cultural y de esos elementos que nos dan una identidad. Incluso lo he visto fuera de Mallorca, en Barcelona, por ejemplo. Creo que sí existe una conciencia y un posicionamiento bastante fuerte en este sentido.
Yo, de hecho, lo que hace Rata Corner [entidad organizadora del festival] en Magaluf lo vivo como una propuesta transgresora, pero también original y creativa. Me parece interesante porque también es una manera de reclamar este espacio y de decir que no queremos que sea patrimonio exclusivo de un determinado modelo de Mallorca que consideramos que nos hace daño como sociedad, como isla e incluso como destino. Porque creo que ya no se trata tanto del turismo en general como de un determinado tipo de turismo que acaba expulsando incluso a los propios residentes. Y me gusta esa mezcla entre Magaluf y literatura porque tiene un punto irónico: juntar dos elementos aparentemente excluyentes, como el agua y el aceite. Creo que ahí está parte de la gracia de la propuesta y que está bien hacer que se lo hagan suyo.
Me gusta esa mezcla entre Magaluf y literatura porque tiene un punto irónico: juntar dos elementos aparentemente excluyentes, como el agua y el aceite
De hecho, en Soportando el paraíso se presenta también esa idea de recuperar espacios que han sido perdidos por la población local.
Exacto. Entiendo que Marga Melià [directora del documental] se relaciona con todo esto de una manera bastante honesta, también desde las contradicciones que tenemos. Hoy en día es muy difícil posicionarse públicamente contra todo este modelo sin convivir, en algún momento, con cierta contradicción, porque nosotros mismos podemos contribuir a él. Si vas a Barcelona a estudiar y sabes que hoy en día a alguien le resulta más rentable alquilar un piso a estudiantes por 2.800 euros que alquilárselo a una familia, tú estás contribuyendo. Si después vas a determinados establecimientos, a lugares orientados al turismo, y consumes allí, también estás alimentando ese modelo. Y, por no hablar de otras contradicciones: quizá alguien te diga ‘Oye, que a lo mejor hay alguien de mi familia que tiene un alquiler turístico’, ¿no?
Creo que esta es también la única manera coherente de relacionarse con una actitud crítica: asumir que no podemos hacerlo desde un lugar impoluto, desde el ‘yo no he contribuido en nada a esto’. Si tenemos lo que tenemos, también es porque algunas personas han priorizado vender. No se trata de juzgarlas, pero sí de ser conscientes de que esto no ha sido una invasión en la que alguien vino y nos lo quitó todo por la fuerza. También ha habido convivencia y complicidad.
Si tenemos lo que tenemos, también es porque algunas personas han priorizado vender. No se trata de juzgarlas, pero sí de ser conscientes de que esto no ha sido una invasión en la que alguien vino y nos lo quitó todo por la fuerza. También ha habido convivencia y complicidad
“No es descabellado imaginar un futuro con zonas que dejen de ser habitables”, explica Laura Gost sobre una de las ideas que atraviesan su nueva novela.
Por terminar. Ha contado que escribió esta novela durante el embarazo. ¿Ser madre ha cambiado retrospectivamente su lectura de los personajes de Rai y Liza de la novela?
No. Empecé a escribirla estando embarazada y la terminé cuando Blai ya había nacido. No creo que sea una novela que solo hubiera podido escribir en ese momento de mi vida, pero sí que el hecho de tenerlo tan reciente, o de estar experimentando un proceso tan trascendental, tuvo importancia. Como tuve la suerte de que todo fue positivo y luminoso, me parecía especialmente cruel la dicotomía que planteaba a los personajes. A veces me decía: ‘Joder, Laura, qué mala leche tienes. Pobres, lo que les haces sentir’. Pero también me lo pasé muy bien escribiéndola.
Me estimulaba poder dedicar unas horas al día a adentrarme en ese universo. Y a los personajes los comprendo: no son una caricatura de un malvado o de un bueno que parece un santo. Son personas que hacen lo que pueden, tienen dudas, temores, se equivocan y a veces hacen daño sin querer. Al final, mi relación con ellos fue de cierta ternura. Siempre cojo mucho cariño a los personajes y me gustaba mucho estar con ellos un rato cada día.
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