Por Nuria del Saz — eldiario.es – eldiario.es

La autonomía también se mide

Llevo en el bolsillo un teléfono capaz de leerme un documento, reconocer un objeto, describirme una fotografía o decirme qué tengo delante enfocándolo con la cámara. La inteligencia artificial empieza incluso a facilitarnos información visual que hasta hace muy poco solo podía proporcionarnos otro ser humano. Y, sin embargo, no puedo sacar de un cajón una cinta métrica y saber por mí misma cuánto mide una pared

En los últimos meses he tenido que medir paredes y huecos en casa para reorganizar algunos espacios. Pero no he podido hacerlo sola, porque no tengo una cinta métrica marcada con números en braille. Un metro simple, mecánico, como el que se compra en la ferretería del barrio.

La que tenía desapareció pese a que la guardaba como una pieza de colección. Era el típico flexómetro de carcasa con cinta metálica retráctil. Cada milímetro estaba marcado con un punto y presentaba los números en braille cada diez centímetros. Comercializado en España por la ONCE, era un producto fabricado por el Royal National Institute for the Blind de Reino Unido. 

Pero ya no existe. Hay flexómetros parlantes, dispositivos digitales que transmiten la medida al teléfono y cintas con diferentes marcas táctiles, pero no encuentro aquella solución tan elemental: extender una cinta y leer directamente con los dedos cuánto mide algo.

No se trata de un capricho, sino de autonomía personal en el hecho corriente de medir. Quieres cambiar la mesa de la cocina, necesitas saber cuánto mide el hueco disponible y después barajar opciones mirando catálogos de muebles. Nada especialmente sofisticado.

Resulta paradójico. Vivimos un momento extraordinario para la accesibilidad tecnológica. Llevo en el bolsillo un teléfono capaz de leerme un documento, reconocer un objeto, describirme una fotografía o decirme qué tengo delante enfocándolo con la cámara. La inteligencia artificial empieza incluso a facilitarnos información visual que hasta hace muy poco solo podía proporcionarnos otro ser humano. Y, sin embargo, no puedo sacar de un cajón una cinta métrica y saber por mí misma cuánto mide una pared.

Quizá nos hemos acostumbrado a identificar innovación con sofisticación. Hablamos de aplicaciones, cámaras inteligentes y dispositivos capaces de resolver tareas cada vez más complejas, mientras olvidamos que la autonomía también se construye con objetos sencillos: una etiqueta que pueda leerse al tacto, un electrodoméstico cuyos mandos puedan identificarse sin verlos o una cinta métrica que permita leer una cifra con los dedos.

La accesibilidad no consiste únicamente en inventar grandes soluciones para grandes problemas. Muchas veces consiste en no introducir una barrera donde no tendría por qué existir. Y también, aunque resulte extraño tener que decirlo, en no perder las soluciones que ya habíamos encontrado.

Porque mi flexómetro no es un objeto que todavía estemos esperando que alguien invente. Existió. Yo lo tuve entre las manos y durante años medí con él sin pedir ayuda a nadie. Lo desconcertante es haber retrocedido: disponer hoy de tecnologías que hace veinte años habrían parecido ciencia ficción y, al mismo tiempo, haber perdido una herramienta tan elemental.

Por supuesto, puedo buscar alternativas. De hecho, las personas ciegas somos especialistas en encontrarlas. Si un objeto no es accesible, lo marcamos; si no podemos identificar una posición, la memorizamos; si una escala no puede leerse al tacto, contamos muescas; y, cuando nada de eso funciona, recurrimos a una aplicación o preguntamos a alguien.

Todo sirve. Pero no todo es accesibilidad.

Hay una diferencia importante entre poder hacer algo y poder hacerlo de la manera sencilla, inmediata y autónoma con que lo hace cualquier otra persona. Contar marcas en una cinta métrica puede sacarme del apuro, pero no equivale a extenderla y leer 73 centímetros bajo la yema de los dedos. Y pedir a alguien que mida por mí resuelve el problema de la mesa, pero no el de mi autonomía.

A fuerza de ingeniárnoslas producimos, además, una impresión engañosa. Como al final conseguimos hacer las cosas, parece que las barreras no existen. Queda invisible todo lo que hemos tenido que añadir nosotros para compensar lo que al objeto le falta.

Por eso no confundamos nuestra capacidad de adaptación con la accesibilidad. La primera habla de nosotros; la segunda, de cómo está pensado el mundo que utilizamos.

Y mi viejo flexómetro estaba bien pensado. No necesitaba batería, conexión a internet, una aplicación ni inteligencia artificial. Bastaba con tirar de la cinta y pasar los dedos sobre ella. Pero ya no puedo hacerlo. Es una pérdida pequeña. Apenas unos centímetros.

Pero la autonomía también se mide.

Fonte: eldiario.es – eldiario.es

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