Por Olga Merino — Portada

Olga Merino

Olga Merino

Escritora y periodista

Las púas del arado 09/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Granada. El golpe militar de 1936 sorprendió a mi abuela materna en la ciudad de Granada cuando estaba a punto de cumplir los dieciséis años. La provincia quedó partida de inmediato: la capital y el oeste, en manos de los sublevados; el norte, bajo control republicano. Las escaramuzas y los combates le impedían regresar a su pueblo aceitunero, ya en la linde con Jaén, y, aunque estaba dispuesta a desandar la distancia a campo través, la disuadió, por fortuna, el sentido común de algún adulto. Las monjas le encontraron acomodo como sirvienta en una casa de la calle de la Alhóndiga, cerca de Capitanía.

 El recuento. Todas las mañanas, al filo del alba, un soldado de los llamados nacionales, casi tan joven como mi abuela, pasaba frente al portal. Ambos se hacían los encontradizos; debían de gustarse. El pálpito del deseo y el de la muerte, siempre tan cercanos. Todas las mañanas, digo, cuando se cruzaban, el recluta le musitaba un número entre dientes: “Cinco”, “siete”, “dos”. Se refería a los fusilados en el paseo de la madrugada. Esta anécdota estremecedora pasó a formar parte del acervo familiar, sin que nadie indagara más en la purga brutal desatada en Andalucía contra cualquier sospechoso de simpatizar con la República.

En sus últimos años, cuando ya la enfermedad le había socavado la mente, mi abuela añadió una coda al relato: un buen día, el soldado, pasándose el dedo índice por el gaznate, le dijo: “¡Han matado al poeta!, ¡han matado al poeta!”. Quise creerlo. Necesité abrazar la idea de que mi abuela había sido testigo de los ecos del asesinato de Federico García Lorca. Aquel añadido me pareció demasiado sofisticado para ser un invento­.

 
  Javier Lizon / EFE

 ‘La bola negra’. Me metí en el cine con aprensión por la campaña de marketing que arropa la última creación de Los Javis. Temí que malbarataran la memoria del poeta. Sin embargo, y aunque le sobra metraje, la película es delicada, con momentos de estética sublime, como la escena en la nieve. No se hace espectáculo del dolor histórico. La cinta es una invitación a reflexionar sobre el amor, el desamparo y la compasión –el sentimiento que nos hace más humanos–. La figura de Lorca aparece poco –un acierto– y Alberto Cortés lo interpreta con sobriedad y contención.

En la ficción, el poeta cuenta que, de chico, unos labradores de su pueblo compraron un arado con púas de acero que arañaban el campo; le agradó comprobar que del tajo que hendía en la tierra brotaban raíces en vez de sangre: “Este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos. Hay que arañar la tierra para que salgan”. Un silencio denso se apodera de la sala cuando los títulos de crédito desfilan por la pantalla. Mucha gente joven entre el público. Cuando salimos a la calle, está lloviendo otra vez. Un chaval habla por el móvil y dice que esta noche no se pasará por la acampada. Otra generación echando cuentas con el futuro.

Maricarmen ha muerto; ante la fragilidad de la existencia, la compasión nos hace humanos

 Vivienda. Días después de la peli, me doy una vuelta por el campamento plantado en la plaza Catalunya en protesta por el desaguisado de la vivienda. Aunque más modesto que el de Sol, ya suma unas 500 tiendas de campaña. Gente joven, muy joven, entre los moradores. Una señora en la setentena recrimina a tres manifestantes que se dejen manipular y les dice que deben ahorrar para comprarse un pisito aunque sea en la quinta loma. “¿Con qué sueldos?”, replica un chaval. Zasca. Cuando llego a casa, la tele suelta un mazazo: Maricarmen ha muerto. En apenas quince días desde su desahucio se ha convertido en símbolo y en el eje de una campaña feroz en un país donde una necesidad básica –el techo– constituye a la vez uno de los principales depósitos de riqueza.

El apocalipsis de los ‘tecnobros’

Lee también

El apocalipsis de los ‘tecnobros’

Olga Merino

 Piso vacío. Alguien ha muerto también en el barrio. Deben de estar desalojando el que fue su nido a juzgar por el reguero de objetos que se arraciman junto a los contenedores: una bata deslucida, una lámpara, un cuadro, revistas. No puedo resistir la tentación de llevarme una libreta pequeña, del tamaño de una cajetilla de tabaco. Apenas la hojeo: es un diario de 1952. La he metido en una bolsita de plástico sin atreverme aún a hurgar en un mundo que no me pertenece –tal vez lo cuente otro día–. La fragilidad de la existencia resiste en los objetos que nos sobreviven. Somos los terrones que desmenuza el arado.

Mostrar comentarios

Fonte: Portada

Deixe um comentário

O seu endereço de email não será publicado. Campos obrigatórios marcados com *