A mi amigo Josep Rius
Por Iván Redondo — Portada

A mi amigo Josep Rius
The situation room
05/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Cuando llegué a la Moncloa en el 2018 como director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, a los 37 años, la primera llamada que hice fue a ti, Josep (Rius). Te llamé para darte mi móvil. Tú eras el jefe de Gabinete de la Generalitat de Catalunya por Junts, y yo intuía, tras el OK del presidente, que entre dos gobiernos que se miraban con desconfianza tenía que existir, al menos, un hilo de voz para construir un puente lo suficientemente ancho y fuerte para que todos pudiéramos cruzarlo.
Un número de teléfono es poca cosa. Pero a veces la política empieza ahí: en la decisión de llamar y nunca colgar. Así fue. Vivimos muchas etapas. Tú, desde Palau; yo, desde la Moncloa, cada uno defendiendo lo suyo sin dejar nunca de reconocer al otro. Como en la instantánea que enmarca el artículo y que me regalaste hace unos meses. Nuestra relación se basa en la lealtad, tu saber estar e inteligencia para el servicio público. Hemos atravesado inviernos largos, silencios, comunicados duros y algún malentendido. Pero llegaron los indultos (el perdón) y la amnistía (el olvido). Y, mucho antes, la amistad. Montaigne escribió de La Boétie: “Porque era él, porque era yo”. No hay mejor explicación para lo que no la necesita. Se trataba siempre de lo mejor para todos los catalanes y el resto de España. Ése, estoy convencido, ha sido el anhelo del presidente Pedro Sánchez. Y es indiscutible que le ha costado muy caro al Gobierno progresista defender el reencuentro total. Y al president Salvador Illa, que remontará a lo largo de la legislatura el sondeo adverso de ayer.
Hay votos que se explican en un comunicado y votos que se recuerdan en la cama
Esta semana, el Tribunal Constitucional tiene en sus manos que la amnistía llegue al president Puigdemont. Una amnistía plena, europea y constitucional. Tú sabes que el arriba firmante, antes, durante y después de la Moncloa, la defendió siempre dentro de una política de convivencia en la que creo firmemente. Una amnistía por convicción, incluso cuando era muy impopular y se promovía un noviembre nacional. En La Vanguardia habré escrito hasta 19 artículos a favor, siempre a contracorriente. Creo en una España en la que caben todas las Españas. También la tuya. Y, al mismo tiempo, en una Catalunya en la que caben todas las Catalunyas. También la nuestra. Con la amnistía no finaliza nada, comienza todo de nuevo. Sé lo que significa “todos dentro”.
Por eso escribo con la franqueza que solo permite la amistad. En la vida me ha tocado muchas veces ser un outsider, muy a mi pesar, como explico en El Manual. He acertado, me he equivocado, pero esto último, sobre todo, cuando no estaba en el campo ni en mi mano. El pasado viernes era el día del decreto Maricarmen, ambos decretos. El nombre de una mujer mayor desahuciada en Madrid a los 87 años que nos recordó que la política existe para quienes no tienen casa ni voz. Pero Maricarmen nunca fue una sola mujer. Es la hija de 34 años que gana un sueldo medio y aun así comparte piso, porque el alquiler se lleva el 60% de lo que cobra; es la mujer nacida en la crisis del 2008 que solo le da para una habitación por la que paga a sus 18 años 800 euros al mes; es la madre separada, que cada vez que vence un contrato hace cuentas en la mesa de la cocina y de noche en la cama, para que sus hijos no la vean, sabiendo que si el casero no renueva tendrá que cambiarlos de colegio, de barrio, de amigos. Y es la abuela que lleva medio siglo en el mismo portal, que conoce el nombre de todos y el ruido de cada escalón, y que un día recibe una carta que le dice que su vida ha caducado.

Tres generaciones de mujeres u hombres, una misma intemperie. El decreto no resolvía la crisis de la vivienda; ninguno lo hace. Pero transmitía un mensaje que la política tiene la obligación de decir: que no estáis solas. Que el Estado se pone entre vosotras y la puerta. Su caída era dejarlas solas otra vez. Hay votos que se explican en un comunicado y votos que se recuerdan en la cama. No había cálculo, sino grandeza. Con una paradoja: el viernes ganó el noviembre nacional y perdieron las personas que lo han dado todo por la amnistía, que se han dejado jirones de credibilidad, votos y paz interna en tribunales, tertulias y calles. Y cuando eso ocurre, hay que clarificar, porque una norma siempre es una llave. La misma semana en que se abre la puerta gracias a una, la amnistía, se cierra la del decreto Maricarmen.
Llegan las elecciones. No importa cuándo. Porque era ella, porque era yo. Y nace un grito: quien pueda votar, que vote.
Next week
Estado protector
Los votantes hablan, y los políticos, también, aunque en frecuencias diferentes. Pensando que se comunican en el mismo idioma, los políticos no conectan con sus votantes. No hace falta ir a las encuestas para asumir que lo de la vivienda es un factor de malestar que supera lo ideológico, que es donde suelen sentirse seguros nuestros representantes, para convertirse en un infierno bajo nuestros pies. No es que la vivienda sea transversal, porque eso es pensar aún en términos de derecha-izquierda, la clave es que nos remite al papel del Estado como protector.
El ojo de halcón
Depreciada democracia
La industria de la actualidad habla de “gobierno contra las cuerdas”, “venganza de Puigdemont”, “Sánchez no recula”. Han caído los decretos leyes, lo que se explica como una derrota política del presidente, aunque demasiadas veces “ganar perdiendo” es una opción en el mercado de los votos. Quien sale demediado de esta audacia es el parlamentarismo, y sale depreciada la democracia. En una semana, el no del Senado al tratado de amistad entre Francia y España y también el no a los decretos de la vivienda. Más claro, el agua.
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