¿Obligar a leer a los alumnos funciona?

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¿Obligar a leer a los alumnos funciona?

La Mirada del Lector

El regreso de las lecturas obligatorias a Bachillerato pretende mejorar la comprensión lectora de los jóvenes

¿Volver a imponer libros conseguirá que nuestros alumnos lean más o volveremos a conseguir exactamente lo contrario?

¿Volver a imponer libros conseguirá que nuestros alumnos lean más o volveremos a conseguir exactamente lo contrario?

Marc Arias

Màrius Folch

Barcelona

01/10/2026 06:00 Síguenos en Google

* El autor forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia

El regreso de las lecturas obligatorias a Bachillerato pretende mejorar la comprensión lectora de los jóvenes catalanes y la intención puede ser acertada, pero la pregunta incómoda es otra: ¿volver a imponer libros conseguirá que nuestros alumnos lean más o volveremos a conseguir exactamente lo contrario?

El Departament d’Educació ha anunciado el regreso de las lecturas obligatorias comunes a Bachillerato a partir del próximo curso. La consellera Esther Niubó defiende un retorno a los aprendizajes fundamentales: más libros, más escritura a mano, más vocabulario, más comprensión lectora y menos pantallas.

Sobre el papel, resulta difícil estar en contra. Quienes trabajamos diariamente en las aulas sabemos perfectamente que existe un problema con la lectura porque lo vemos cada día. Nuestros alumnos tienen dificultades para mantener la atención ante textos extensos, comprender estructuras complejas, inferir información o desarrollar argumentos escritos. 

Las pantallas, las redes sociales y el consumo constante de contenidos breves han transformado su manera de relacionarse con la información. Pero precisamente porque el problema es real, merece soluciones más profundas que recuperar fórmulas del pasado, ya que obligar a leer no es necesariamente fomentar la lectura.

¿Volver a imponer libros conseguirá que nuestros alumnos lean más o volveremos a conseguir exactamente lo contrario?

Durante décadas hemos defendido que los jóvenes deben descubrir el placer de leer mientras convertíamos los libros en exámenes. Hemos pedido a adolescentes que se enamoren de la literatura después de imponerles obras que, independientemente de su indiscutible valor literario, muchas veces se encuentran a kilómetros de sus intereses, de su madurez o de su realidad; y después nos sorprendemos cuando aseguran que no les gusta leer. Quizá deberíamos preguntarnos cuánto hemos contribuido nosotros mismos a generar ese rechazo.

Esta no es una defensa de eliminar Cervantes, Lorca, Machado, Mercè Rodoreda, García Márquez o tantas otras voces fundamentales deben formar parte de la educación cultural de nuestros jóvenes. No obstante, existe una diferencia enorme entre enseñar literatura y crear lectores. 

Un adolescente puede estudiar una obra fundamental de nuestra tradición literaria y, simultáneamente, disponer de espacios para descubrir qué literatura le emociona; literatura juvenil, novela negra, fantasía, poesía contemporánea, cómic, narrativa romántica o cualquier otra puerta capaz de conducirlo hacia los libros. 

Porque probablemente el alumno que hoy empieza leyendo una novela juvenil mañana estará más preparado para enfrentarse a una obra de mayor complejidad. Y es que el camino hacia la gran literatura también necesita puertas de entrada.

Existe una diferencia enorme entre enseñar literatura y crear lectores

Asimismo, la realidad del aula no cabe en un despacho; en otras palabras, hay otra cuestión que merece formar parte del debate. La trayectoria académica oficial de Esther Niubó es extensa: es licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración y cuenta con másteres en Política Internacional, Comercio Exterior y Economía Internacional y Políticas Públicas y Sociales. Sin embargo, su currículum público no recoge estudios de Magisterio ni el Máster de Formación del Profesorado, y su trayectoria profesional oficial no incluye experiencia como docente de Primaria o Secundaria. 

Esto no invalida su capacidad para ejercer responsabilidades políticas ni significa que una consellera de Educación tenga necesariamente que haber sido docente, pero sí permite plantear una pregunta legítima: ¿qué peso tiene la experiencia cotidiana de quienes están dentro de las aulas cuando se diseñan las políticas educativas? Porque un instituto visto desde una estadística no es el mismo instituto que encuentra un profesor un lunes a las ocho de la mañana.

Dentro de una clase hay treinta realidades diferentes. Hay alumnos que leen novelas de quinientas páginas y otros que tienen dificultades para comprender dos párrafos. Hay necesidades educativas específicas, niveles lingüísticos distintos, incorporaciones tardías, problemas de atención, adolescentes agotados, móviles, inteligencia artificial, presión académica y profesores intentando enseñar mientras atienden simultáneamente una diversidad enorme.

Una política educativa puede estar perfectamente diseñada sobre el papel y fracasar cuando atraviesa la puerta de un aula. Así pues, es necesario escuchar a quienes enseñan y quizás uno de los grandes problemas de nuestro sistema educativo sea precisamente ese: llevamos demasiado tiempo modificándolo desde arriba. Cambian currículos, metodologías, criterios de evaluación, tecnologías, competencias, terminologías y ahora también regresan prácticas que anteriormente decidimos abandonar. 

Una política educativa puede estar bien diseñada sobre el papel y fracasar cuando atraviesa la puerta de un aula

Mientras tanto, el profesor continúa delante de sus alumnos intentando responder a una pregunta mucho más sencilla: ¿cómo consigo que este adolescente quiera aprender? Si queremos recuperar la lectura, recuperemos los libros. Si queremos reducir las pantallas, hagámoslo. Si queremos mejorar la expresión escrita, volvamos a escribir. 

Hay mucho de razonable en estas propuestas, pero no confundamos recuperar hábitos fundamentales con recuperar automáticamente todas las fórmulas del pasado.

El objetivo no debería ser poder afirmar que todos los alumnos han leído los mismos cuatro libros al terminar Bachillerato. El verdadero éxito sería conseguir que, después de terminar Bachillerato, alguno de esos alumnos abra un quinto libro sin que nadie se lo haya mandado. Porque quizá entonces sí habremos fomentado la lectura.

* Màrius Folch es profesor de Secundaria y Bachillerato

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