Por Daniel Fernández Gutiérrez — Portada

Daniel Fernández Gutiérrez

Daniel Fernández

El insulto y las bajas artes 27/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, pasa por ser uno de los mayores y mejores ejemplos de la ironía y el sentido del humor británico, en un librito que se plantea considerar el asesinato desde criterios estéticos y artísticos y, por ello, ser capaz de apreciarlo. El magro volumen está en realidad formado por dos artículos publicados en 1827 y 1829 y que adoptan la forma paródica de una conferencia leída ante la Sociedad de Connoisseurs del Asesinato y luego ampliada en una cena conmemorativa del club –ya ven que resulta irrefutablemente british – de espectadores y críticos de los asesinos refinados.

No todas las ediciones del opúsculo incluyen un texto posterior, de 1854, en el que resulta palmario que, sin renunciar al humor, De Quincey ha entendido la parte macabra de su juego literario y que, tras algunos crímenes sangrientos célebres en la época, podría haber gentes que comenzasen realmente a seguir la obra de algunos asesinos en una mezcla de morbo y dudosa pasión estética.

   
    Dani Duch

De Quincey era un auténtico erudito y su capacidad para pensar que el asesinato es reprobable mientras se planea, pero que una vez cometido algo bueno tiene que obtener la sociedad de ello era una no menor bomba moral contra el esteticismo y la crítica artística y literaria de su tiempo. En fin, dejémoslo aquí y que sirva como pórtico antes de ir hacia donde pretendo…

En la celebración del Gran Premio de España de Fórmula 1 en Madrid, durante el Madring popularizado en estos días, una muy numerosa y nada menor parte del público que ocupaba las carísimas gradas se lanzó a corear con entusiasmo visceral una salmodia que hemos oído en conciertos, en campos de fútbol o de otros deportes y por supuesto que en numerosas manifestaciones de toda suerte y pelaje: “Pedro Sánchez, ¡hijo de puta!”. Repítase separando las sílabas y dejando bien patente toda la carga de odio y desprecio que lleva aparejada.

El insulto a Pedro Sánchez es la demostración de un odio feroz que sobrecoge

Me impresionó ver a toda aquella gente mayoritariamente guapa y supuestamente bien educada consagrada a algo que no creo que suceda en ninguna otra parte del mundo y que ha hecho que una injuria grave al presidente del Gobierno sea poco más que otra forma festiva de celebración.

El insulto, etimológicamente, es un asalto. Saltar sobre alguien. Insultare   portas  , en latín, era derribar una puerta a patadas. Así que un insulto es una forma de agresión, de ruptura. Y mentar a la madre de uno tildándola de puta es, como a menudo se ha explicado, un insulto total, abrumador, pues si tu madre es una puta (con la carga de menosprecio y brutalidad hacia las mujeres que conlleva), nunca en la vida podrás librarte de ese estigma que entronca con nuestras peores tradiciones de pureza de raza y limpieza de sangre.

La verdad es que los españoles somos peculiares en esto, pues las distintas versiones de hijo de puta han sido, a lo largo de los siglos, tanto injuriosas como familiares y hasta encomiásticas. Hideputa, en nuestros siglos de oro, puede ser incluso cariñoso. Y hay una cita en El Quijote que viene a demostrarlo. En la segunda parte, después de que el término haya aparecido repetidamente en la primera, Cervantes hace decir a Sancho, en el capítulo XIII y a cuenta de una disputa con otro escudero sobre un vino: “Digo –respondió Sancho– que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle”. Sancho ha exclamado hideputa ante la calidad de un vino que imagina manchego, como el padre de nuestro presidente, y que resulta serlo.

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Pero no creo que el insulto mentándole la madre a Pedro Sánchez tenga carácter encomiástico. Muy al contrario. Es la demostración de un odio feroz que sobrecoge y que parte de la sociedad española ha interiorizado. Va mucho más allá de los bulos y las soflamas guerrilleras de una derecha que se está echando al monte. Es algo, lo digo sin tapujos, que no deberíamos tolerar como sociedad. Y ya sé que no habrá un juez que abra causa por injurias, pero me parece gravísimo haber pasado del “¡Váyase, señor González!” a berrear este insulto infamante. Bajas y malas artes y peores pasiones.

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