Comentario de los comentarios
Por Llàtzer Moix Puig — Portada

Comentario de los comentarios 27/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Suelo leer los comentarios a mis artículos en la edición digital de La Vanguardia. Lo hago para saber si ha interesado lo que he escrito, también por vanidad. Algunos contienen aplausos. Pero abundan más los descalificadores. Tanto es así que, con los años, he ido haciéndome una idea de cómo son sus autores. Me atrevería a clasificarlos. De eso va este comentario de los comentarios.
Los comentarios pueden dividirse en dos grandes grupos: constructivos y destructivos. Los primeros aportan argumentos razonados. Los segundos, críticas, a veces pertinentes, a veces menos.

Prefiero los primeros, aunque me contradigan. Pero a efectos taxonómicos dan más de sí los segundos, donde conviven mayor variedad de comentaristas. Están los que operan como soldados de una formación política y replican por sistema al articulista que no piensa como ellos. Y están los que le tienen tirria, porque el roce no ha generado cariño, sino aversión.
Los dos últimos subgrupos apuntan contra el articulista. Luego está el subgrupo de los que se cansan pronto de ponerle a caer de un burro y se pelean entre ellos. Están los que, en lugar de rebatir las ideas del rival, siguen el método “y tú más”. Están los que insultan a la primera de cambio y, a partir de ahí, van subiendo el tono. Están los tóxicos irrecuperables, que nadie querría como vecinos. Están los que, no contentos con discutir sobre la actualidad, avivan rescoldos de odios ancestrales.
Quien quiera lucirse corre el riesgo de conseguir lo contrario; escribir tiene riesgos
Abrir espacios comunes entre el diario y sus lectores es buena idea. Sobre todo, si el espíritu es más ateneísta que tabernario. Por eso los diarios fijan normas de participación, recordando que tales espacios son para gentes civilizadas.

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Llàtzer Moix
Aun así, raramente faltan los comentaristas que se dejan arrastrar por el discurso agresivo, enlodando el espacio común. Vale, algunos temas de los artículos y ciertas fechorías de sus protagonistas pueden alterar al más flemático. Pero eso no debería influir en el ánimo de los comentaristas templados. Ni hacerles olvidar que el ágora digital exhibirá sus excesos largo tiempo. Quien quiera lucirse y pasar por inteligente corre el riesgo de autorretratarse como lo contrario. Escribir tiene sus riesgos.
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