Diamantes tristes
Por Joana Bonet Camprubí — Portada

Diamantes tristes 26/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
No existe mayor vulgaridad que la ostentación y el derroche, a pesar de que en algunas culturas se enjoyen hasta la coronilla para demostrarse que la vida no es un fracaso. Cuando yo era una joven inexperta, una secretaria de dirección quiso enseñarme los despachos nuevos de su jefe y tal era su fruición que hasta me abrió las puertas de un baño con sauna y jacuzzi. Por supuesto, sentí pánico. Cuánto más gozaba aquella mujer acariciando mármoles travertinos, convencida de que aquel baño de lujo derrochaba clase, más asqueada me sentía yo al imaginarme a su jefe bajo los chorritos, jugando con la espuma.

A menudo se ha considerado el lujo impropio de personas progresistas, y, así, durante años, las políticas de izquierdas han rehuido las marcas con pedigrí para no ser tachadas de hipócritas. Mi opinión siempre fue contundente: los relojes de sus compañeros quintuplicaban el precio de sus trajes, incluyendo el bolso. Pero, ¿es que un representante público no debe vestirse con decencia y, a poder ser, con buen gusto?
Quienes votamos al Zapatero que hizo de la igualdad bandera sentimos que el faro se fundió
Las noticias sobre la procedencia árabe de las joyas que guardaba Zapatero en su despacho demuestran, una vez más, la distancia existente entre lo público y lo privado. El líder austero a quien el dinero le interesaba lo justo, y el conseguidor que guarda unos zafiros en la caja fuerte, en lugar de entregarlos a Patrimonio Nacional, como él mismo acordó durante su gobierno. La doble moral no entiende de pudor. Quienes votamos a Zapatero, el hombre justo que les quitó el pecado civil a los homosexuales e hizo de la igualdad su bandera, somos conscientes ahora de que el faro se fundió. No así parte de su legado, construido junto a un equipo de gente valiosa que puso a España en la vanguardia de las políticas sociales.

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Joana Bonet Camprubí
Aunque tener bajo llave esas joyas caras y burdas no se tipifique como delito, la fealdad del asunto empaña al hombre y acentúa su deriva. Los ex presidentes de todos los partidos han demostrado grandes habilidades como lobbistas, cultivando ese clientelismo que practican los influyentes, entre el favor y la deuda. Y eso tampoco es delito, pero sí parece una adicción, el enganche al poder cuando ya no firmas indultos pero sí puedes forrarte de oro aunque traiciones tu credo. Zapatero y sus diamantes tristes. Tu quoque, Brute?
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