La ciudad del cielo
Por Manuel Castells — Portada
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Marco Polo llamó a Hangzhou “la ciudad del cielo” cuando la descubrió a finales del siglo XIII, y añadió que era “la ciudad más bella y espléndida del mundo”. Cuando la visité por primera vez en 1987 también me impresionó el paisaje de su lago del Oeste, rodeado de árboles y festoneado de antiguos palacios y mansiones modernas. Un lago de 48 kilómetros de circunferencia, lugar para lunas de miel durante generaciones. No en vano alberga las más románticas leyendas, que ahora alimentan películas y series televisivas en variopintas versiones. Porque el amor prohibido entre la Serpiente Blanca, Bui Suzhen, mutada en bella mujer, y un honesto farmacéutico, Xu Xian, tras su encuentro en el lago, ha expresado, por siglos, la perenne oposición entre la moralidad tradicional y la libre emoción humana. Y es que un malvado monje budista descubrió el origen extrahumano de la bella y la encarceló de por vida, mientras su amante languidecía de sentimiento. Rechazo a la diversidad del amor.
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