Cuestión de clase
Por Lakshmi Aguirre — Portada

Lakshmi Aguirre
Cuestión de clase
Opinión
25/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Estamos en el primer piso de una nave cuyo portón rojo mira a otros portones de colores menos festivos. Más al fondo está la autovía, que no deja de rugir. El atardecer se nos ha caído encima antes de entrar y en este polígono malagueño ya nadie descarga palés ni arrastra herramientas cuyo nombre desconozco. En el centro del espacio, acogedor de una forma extraña, hay una mesa comunal para doce personas. Frente a cada asiento, una cuartilla anuncia que habrá tomate, gambas, espinacas, arroz y conejo. También vino estimulante.
En la invitación solo venía una dirección, la misma que poco antes le he dado al taxista. En la última curva ha detenido el contador, ha dudado y ha comprobado nuestra posición en el mapa. Ha temido, supongo, haberme llevado a la boca del lobo. Pero aquí está V., director de GOMA, esta agencia atípica que se permite algo tan poco rentable como tener mirada. También está el señor M., con quien he compartido mesa media docena de veces y que vuelve a tenderme la mano como si acabáramos de conocernos.
La edad media de los once comensales debe rondar los 48 años; la de quienes cocinan esta noche, veinte menos. Son Olga y Álex, de Fuentelgato, ese restaurante perdido y encontrado en la campiña conquense que ahora Valencia va a recibir con los brazos abiertos. Málaga y esta cena —una de la estupenda serie Off-Topic— son una parada para respirar en el trayecto, me cuentan.

Sale el prometido tomate, dulce y generoso, sobre un fondo de pimiento y aceite; sale un cuenco con gambas blancas semidesnudas de la Caleta de Vélez que mueven sus colas en una crema de coliflor. Son platillos gustosos, sencillos, que los del Fuentelgato preparan a escasos dos metros de nosotros.
Mientras en la mesa se preguntan qué debe tener un restaurante para conseguir la tercera estrella Michelin —yo no lo sé: he estado en dos estrellas emocionantes y en tres estrellas que no me han movido un pelo de su sitio—, pienso en la humildad de los pases que van llegando. Una humildad admirable en un sector demasiado convencido de su propia importancia.
No debería confundirse, sin embargo, humildad con falta de ambición. Álex y Olga cocinan, al menos durante unas semanas más, con muy poco personal en el restaurante familiar de un pueblo de doscientos habitantes. “Si tienes poco dinero y quieres producto, tienes que renunciar a otra cosa”, me cuenta Álex mientras fríe los caracoles que acompañarán a las espinacas. “Si lo quieres todo, al final las cuentas no salen”.
Están nerviosos por el traslado a Levante, pero también tienen ganas. Huerta del Marquesado está lejos de todo y sabían que aquel sería un destino provisional porque no podían permitirse Valencia desde el principio. Allí ocuparán el local de Forastera, el restaurante de Txisku y Laura, que ahora se asoma a las calles de Bilbao con un modelo muy parecido: aforo limitado, él en la cocina, ella en la sala, menú reducido y un escandallo medido al milímetro en el que no cabe la grandilocuencia.
Pienso, ante una sencilla pata de conejo, que Álex y Olga, como tantos otros, están intentando averiguar qué restaurante pueden construir con el dinero, el tiempo y el mundo que les ha tocado. Qué pueden hacer para que su talento en la cocina no se juzgue desde una idea preconcebida de la excelencia, sostenida sobre más capital, más personal y determinados códigos del lujo.
Quizá no sea una cuestión generacional. Quizá sea, como tantas otras veces, cuestión de clase.
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Por suerte hay vino. Y también la certeza de que V., detrás de las cortinas traslúcidas que rodean la mesa, y que Olga y Álex, inclinados sobre los rescoldos, comparten conmigo la esperanza de que a los comensales más jóvenes les importe menos la representación y más la sensación de encontrarse ante algo vivo. Como lo que ha ocurrido hoy.
Soy la primera en irme. Me esperan varios kilómetros de vuelta a casa. Dejo al señor M. fotografiando las botellas vacías, colocadas en fila como un pelotón de fusilamiento. El taxi me espera en la puerta. Leo alivio en la cara del conductor cuando me ve aparecer entre las luces rojas de un polígono desierto a estas horas. No hablamos. Él conduce y yo miro el mar a través de la ventanilla. Visualizo las posturas imposibles en las que estarán durmiendo ahora mi hijo y mi hija y me pregunto qué entenderán ellos, dentro de unos años, por un buen restaurante. Y cuál se podrán permitir.
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