Viaje a la Laponia finlandesa
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Viaje a la Laponia finlandesa
Lectores Corresponsales
Descubriendo el Poblado de Papá Noel, su oficina de correos, el Círculo Polar Ártico y las auroras boreales

La mesa de Santa Claus, la chimenea y aquella pizarra con cifras de las cartas que iban llegando.
Inés Román
Inés Román
Rovaniemi (Finlandia)
25/09/2026 05:45 Síguenos en Google
* La autora forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia
Me fui a Rovaniemi en busca de Santa Claus y acabé cruzando el Círculo Polar Ártico. Bien, pues esta aventura fue mi último viaje largo de vacaciones por Europa con mi coche Charlie, porque mi coche, por supuesto, tiene nombre. Después hubo otro viaje en coche a Alemania, pero no fue por los mismos motivos.
Durante aquellos años me dio por recorrer Europa en coche y cada año, cuando llegaba el momento, me sentaba delante de uno de aquellos mapas enormes de carretera para decidir hasta dónde quería llegar.
El mapa podía ser una auténtica proeza, pero a mí me encantaba y era lo que me gustaba usar. Uno o dos días antes me ponía a mirar hasta dónde quería llegar e iba marcando más o menos la ruta. Después pasaba a unos post-it lo que calculaba que haría cada día, las carreteras que tenía que coger, los cruces y los desvíos, y los iba pegando delante, en el coche. Muy tecnológico todo, como podrás ver… jajajaja…
Como te imaginarás, al principio calculaba las distancias regular tirando a mal. Pensaba que podía llegar hasta un sitio y después resultaba que iba a ser que no. Con los años fui afinando bastante más con las distancias, las carreteras, los cruces y los desvíos.
Lo curioso es que nunca me gustó llevar el viaje completamente cerrado. Podía saber hacia dónde iba, pero si por el camino aparecía un sitio que me llamaba la atención, pues paraba. Si me apetecía quedarme más tiempo, me quedaba. Y si me perdía… bueno, también pasaba. Muuuuuuchas veces.
Ese año decidí subir mucho más al norte. No recuerdo en qué momento exacto apareció Finlandia en mi cabeza. Lo que sí recuerdo es que empecé a investigar y descubrí que en Rovaniemi estaba Santa Claus y su poblado. Ese era mi objetivo aquel año y hasta allí iba a subir.
El viaje fue larguísimo. Ahora, tantos años después, miro algunas fotografías y sé perfectamente dónde estaba. En otras tengo que fijarme en un cartel, una carretera o el nombre de una ciudad porque atravesé tantos sitios que ya no soy capaz de colocar cada imagen exactamente en su lugar.
Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia… carreteras y más carreteras. Y ferris también, porque Charlie viajó conmigo todo el tiempo.

Cuando iba a montar el coche en el SuperSpeed 1 de Color Line, que hacía la travesía entre Hirtshals, en Dinamarca, y Kristiansand, en Noruega, me ocurrió una cosa con la que primero me cagué y después me tuve que reír.
Recuerdo estar en la cola con Charlie y ver de pronto a un par de policías acercándose hacia mí. Lo peor fue que aquellos dos llamaron a otros para que vinieran también.
Yo empecé a temblar. Por un lado pensaba que no tenía absolutamente nada que temer y, por otro, ya estaba mi cotorrilla a tope imaginando todas las combinaciones posibles y cada cual peor. ¿Y si alguien, en algún momento, me había metido algo en el coche sin que yo me diera cuenta?… En fin, mi cabeza haciendo de las suyas.
Cuando llegaron a mi ventanilla me hicieron bajar el cristal y me preguntaron adónde iba. Les dije que a Rovaniemi y después quisieron saber desde dónde venía. Como ni ellos hablaban un idioma que yo entendiera ni yo hablaba el suyo, saqué mi mapa y les enseñé de dónde venía y hasta dónde quería llegar. En cuanto vieron el recorrido empezaron a reírse a carcajadas y a decirme que estaba loca.
En cuanto los policías vieron el recorrido empezaron a reírse a carcajadas y a decirme que estaba loca
Después me señalaron que mi coche era el primer coche que cruzaba el ferri con el sello de la Comunidad Europea. Toma ya, chúpate esa, jajaja. Casi ná. Recuerdo que me dijeron que, desde donde estaba, todavía me quedaba casi otra mitad del viaje.
Así que bajé del ferri, me puse otra vez en ruta y seguí viendo carretera, carretera y más carretera, además de ciervos y renos junto a ella, sobre todo cuando me metía por esas carreteritas que tanto me gusta coger, por donde a veces no pasa absolutamente nadie y donde, si te quedas sin gasoil, puedes tener un problema bastante serio.
Cuando finalmente llegué a Rovaniemi todavía no había nieve. Era finales de septiembre o primeros de octubre y hacía frío, sí, pero aquello no se parecía a las imágenes navideñas que una tiene en la cabeza cuando piensa en la casa de Santa Claus.

Había zonas que no estaban funcionando y recuerdo haber visto información sobre lugares que en invierno se convertían en espacios de hielo, incluso restaurantes que, según me explicaron, terminaban pareciendo iglús. Yo los vi sin todo aquello, sin nieve ni hielo y con bastante menos gente.
El Pueblo de Papá Noel está a unos ocho kilómetros del centro de Rovaniemi, así que a la mañana siguiente, después del desayuno, salí para allí. Y me perdí.
El Pueblo de Papá Noel está a unos ocho kilómetros del centro de Rovaniemi
Conducía y conducía y aquello no aparecía por ninguna parte. Cuando llevaba ya algo más de setenta kilómetros y empecé a ver indicaciones hacia Rusia, pensé que igual me había pasado el poblado una mijita, jajaja.
Como pude, di la vuelta y por eso recuerdo que, cuando finalmente conseguí llegar, ya no quedaba tanto tiempo para recorrerlo todo.
El poblado es una monada, aunque supongo que con nieve tendrá todavía más encanto. Está todo muy pensado y preparado. Estaba la parte de los renos, la casa de Santa Claus, había duendes —bueno, personas vestidas de duendes— que hacían de ayudantes de Santa y alrededor había distintas casitas y espacios que terminaban de darle ese aire de pequeño poblado.

Pero una de las cosas que más me gustó fue la oficina de correos. Ese lugar me fascinó. Había cartas que llegaban desde todas partes del mundo, mesas donde la gente podía escribir, sacas, casilleros y una urna llena de chupetes de todos los colores e incluso algún biberón.

Recuerdo haber leído que muchas familias finlandesas llevaban allí a sus hijos cuando llegaba el momento de dejar el chupete. Les contaban una historia para que echarlo en aquella urna no fuera un drama, algo así como que Santa lo sabría, vería que habían sido buenos y después les traería regalitos.
Muchas familias finlandesas llevaban allí a sus hijos cuando llegaba el momento de dejar el chupete
La mayoría, por lo que recuerdo, entregaba el chupete con cierta reticencia porque, claro, una cosa es querer regalos y otra despedirte de tu chupete.
Una de las duendes me contó que para algunos niños aquello era un sacrificio enorme y se ponían a llorar desconsoladamente. Solo se calmaban un poco si aparecía Santa por allí.
Santa iba estando a determinadas horas en diferentes lugares del poblado y, cuando aparecía por la oficina de correos, aquello se llenaba de vida. Yo estuve con él en su casa y llevaba un sombrero de paja que terminé regalándole.
Pero aquel viaje todavía me reservaba alguna cosa más con la que yo no había contado… Arktikum. En aquel momento yo no sabía demasiado sobre las auroras boreales. No había ido hasta Finlandia para verlas y recuerdo que decían que la mejor época empezaba precisamente cuando yo ya me marchaba.

Dentro de Arktikum había una sala dedicada a ellas. Estaba oscura y la proyección se veía en la cúpula. Cuando entré no había nadie y, aunque primero pensé en sentarme, terminé tumbándome en el suelo mirando hacia arriba. Y ahí vi mi primera aurora boreal… de mentira, que quede claro.
Era una proyección, pero me impresionó igualmente porque fue la primera vez que me paré de verdad a pensar en aquel fenómeno y a preguntarme cosas.
A la vuelta empecé a investigar cómo se formaban, dónde podían verse, qué lugares estaban lo bastante al norte y cuál era la mejor época.
Y bastante tiempo después descubrí que uno de esos lugares era Escocia. Así que, si no tienes en mente ir hasta Finlandia ya sabes que hay un lugar más cercano, Escocia.
Cuando ahora me pongo a pensar en aquel recorrido, en todo lo que llegué a ver y en las aventuras que viví por el camino, no me extraña tanto que aquellos policías se rieran y me dijeran que estaba loca, jajajaj.

Fui hasta Rovaniemi porque quería conocer el lugar donde vive Santa Claus y terminé tumbada en el suelo mirando una aurora boreal que ni siquiera era una aurora boreal. Después aquella curiosidad se quedó conmigo.
Esto me pasa mucho. Voy viviendo cosas y, cuando alguien me habla, a veces me dicen que parece que no estoy prestando atención. Lo que no saben es que sí la estoy prestando, y diría que bastante. Lo que pasa es que, por lo que veo, mi cerebro va procesando el asunto, lo guarda por ahí y un día, cuando le da la gana o cuando encuentra con qué conectarlo, vuelve a sacarlo.
Digo yo que será eso. Sinceramente, ni pajolera idea. Lo único que sé es que muchas veces salgo buscando una cosa y termino encontrando una mina.
Y eso es precisamente lo que me gusta de viajar de esta manera, sin saber del todo dónde voy a acabar ni qué me voy a encontrar por el camino, porque casi siempre aparece algo que yo ni siquiera había pensado que existía. Y lo mejor de todo esto es que ahora tú también me estás acompañando un poquito en aquel viaje y, además, puedes llevarte lo que te sirva. Si algo te despierta curiosidad, te da una idea para un viaje o te lleva a descubrir otra cosa, pues llévatelo.
A ver dónde acabas tú.
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