Moreno deja huérfano el centro político en Andalucía
Por Carlos Mármol — Portada

Moreno deja huérfano el centro político en Andalucía
Cuadernos del Sur
25/09/2026 06:00 Actualizado 25/09/2026 07:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
No hay más que inventarse un adversario externo para huir de uno mismo y, de paso, disimular tus debilidades y contradicciones con el socorrido argumento –en realidad, peregrino– de la defensa de una patria (autonómica) en la que no creen ni aquellos que la encarnan. Dos meses y medio después del pacto entre el PP y Vox en Andalucía –que allanó la tercera investidura como presidente de Moreno Bonilla– el saldo del nuevo ejecutivo de coalición entre las dos derechas (indígenas) no es que no sea brillante o prometedor, es que sencillamente no existe. Cero absoluto.
El Quirinale, tras digerir –con sumo desagrado y a la fuerza– que ya no cuenta con una mayoría parlamentaria propia, y entregarse en manos de los ultramontanos, ha optado por asumir el tono y el fondo del programa de Vox e instalarse en una inacción crónica que no es que sea nueva –los dos gobiernos anteriores del PP nunca destacaron por su capacidad de iniciativa política– pero que, dada la debilidad de Moreno, se ha institucionalizado.

Las dos derechas, junto a su acuerdo de cohabitación, rubricaron en julio un pacto tácito: no mostrar en público sus diferencias hasta que se despeje el panorama electoral estatal para, de esta forma, no dar margen a la oposición (de izquierdas) para explotar la idea de que Andalucía es el preludio de una coalición entre las dos derechas en el ámbito nacional.
Siguiendo esta lógica (partidista), tanto PP como Vox vienen actúando desde el verano en la gran autonomía del Sur como dos cámaras de eco de los argumentarios de sus respectivas direcciones estatales. En el caso de los ultramontanos siempre ha sido así: Manuel Gavira, jefe del partido en Andalucía, es un mero delegado de Abascal en la Marisma.
El PP, en cambio, ha tenido que dar un volantazo brusco a su estrategia histórica. Hasta los comicios regionales de mayo, Moreno presumía de ser una excepción a la norma de los famosos acuerdos forzosos entre ambas organizaciones en Extremadura, Aragón y Castilla-León, y de contar con una fórmula propia –la vía andaluza– alejada de la polarización y del frentismo.

El arranque del curso político, que PP y Vox han inaugurado convirtiendo la crisis por la invasión de Ceuta en un asunto más de la agenda andaluza, evidencia que Moreno está moviéndose de forma acelerada desde el centro del tablero político hacia su derecha, sin que –de momento– el espacio político de deja descubierto pueda ser reconquistado por los socialistas.
El PSOE se ha instalado, a su vez, en el extremo contrario del arco político para tapar el hundimiento electoral al que le ha llevado el sanchismo. Su estrategia persigue sustituir la pérdida de votos propios seduciendo a electores procedentes de posiciones políticas situadas más a su izquierda.
El resultado de ambas tácticas es una suerte de corrimiento de tierras, provocado por la nueva coyuntura política nacida del 11-M, donde el centro político en Andalucía, ocupado en solitario por Moreno Bonilla durante los últimos ocho años, empieza a quedarse huérfano. Y en política los espacios vacíos no tardan en ocuparse. Antes o después.

El viraje del PP hacia su derecha –ideado por San Telmo para conservar el apoyo de Vox, sin el cual perdería la mayoría parlamentaria para gobernar y aprobar los presupuestos– no está exento de riesgos para Moreno.
El presidente de la Junta, alérgico a los conflictos y a cualquier política de orden reformista porque significa serios costes de imagen, puede con este movimiento –a corto– profundizar –a largo– en su situación de retroceso parlamentario, toda vez que implica alejarse de las capas más templadas del electorado, que hasta ahora habían contribuido a su hegemonía.
A Vox, en cambio, la nueva situación le beneficia. El partido ultramontano se ha convertido tras el 11-M en el actor clave dentro de la política meridional. Sin el concurso de los ultramontanos Moreno Bonilla no puede gobernar mucho tiempo. Y con ellos no puede conservar un perfil político propio basado en la moderación, que hasta ahora era la clave de su éxito.
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El Gran Laurel está atrapado dentro de esta contradicción. De momento ha optado por endurecer su discurso y también sus formas, posponer la agenda andaluza –que era su prioridad electoral hasta mayo– y asumir como suya la agenda de Génova. Este movimiento, claramente defensivo, tendrá, en todo caso, escaso rendimiento conforme vaya pasando el tiempo.
Si Vox, una vez decidido un adelanto electoral de las generales, exige al Quirinale la aplicación de su programa electoral –que incluye medidas como la supresión de entidades de la Junta, la eliminación de la administración paralela, el recorte de fondos para empresas públicas deficitarias –como es el caso de la RTVA (Canal Sur)– y la imposición de la prioridad regional en todos los servicios públicos y sociales, Moreno va a ver todavía más deteriorada su imagen, al tener que acometer –o fingir que lo hace– algunas de estas reformas. Todas tienen algún coste político.
Vox puede estar mareando la perdiz en Andalucía, como máximo, un año. Hasta mediados del 2027. Después los ultramontanos están obligados a forzar cambios en la Junta porque eso es lo que han prometido a su electorado y lo que, además del tono y las formas, los diferenciaba del PP. Moreno puede jugar al camaleón hasta que Sánchez convoque. No más. Después tendrá que elegir si se convierte en águila o en paloma.
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