‘El hijo de la cómica’, con José Sacristán (★★★✩✩)
Por Juan Carlos Olivares — Portada
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Crítica de teatro
José Sacristán homenajea a su amigo y maestro Fernando Fernán Gómez

José Sacristán interpreta ‘El hijo de la cómica’
Javier Naval

16/09/2026 17:47 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
El hijo de la cómica
(★★★✩✩)
Autoría: Fernando Fernán Gómez
Adaptación y dirección: José Sacristán
Intérprete: José Sacristán
Lugar y fecha: Teatre Romea (11/IX/2026)
José Sacristán entra en el escenario recortado contra una dorada luz crepuscular. La figura de un personaje que habitó hace cuarenta años. El abrigo, sombrero y maleta de cartón de Carlos Galván en El viaje a ninguna parte. La película que dirigió, a partir de su novela homónima, Fernando Fernán Gómez. Un prólogo para entrar sin muchos rodeos en materia: la adaptación que Sacristán ha hecho, con el título de El hijo de la cómica, de las páginas de El tiempo amarillo que recogen la infancia y juventud de Fernán Gómez en sus excelentes memorias.
Aunque el crepúsculo de Tatiana Reverto se hace luego menos visible entre otros juegos de luces, la nostalgia domina el monólogo. Puerta de dos alas abierta a la emoción de un público que regresa a la infancia o la añoranza heredada cuando suena la cabecera de Cifesa. No son los únicos recuerdos que irrumpen entre las voces que reparte Sacristán para dibujar el Madrid de la dictadura de Primo de Ribera, la II República, la Guerra Civil y la posguerra. Se hace presente también la ausencia de Marcos Ordóñez, tan cercano a las estampas castizas. El paisaje literario de Comedia con fantasmas o las memorias de Alfredo Landa.
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A Marcos, autor marcadamente autobiográfico, le hubiera encantado El hijo de la cómica. Conoce todos los rincones de ese pasado que Fernán Gómez fijó como si un personaje misántropo de Baroja se hubiera extraviado en un “episodio nacional” de Pérez Galdós. Hubiera aplaudido el cariño con el que Sacristán centra la función en la estrecha relación de un niño con su abuela, mientras la madre actriz es una presencia intermitente entre gira y gira. Tanto que el espectáculo casi debería titularse El nieto de la costurera. Un personaje con voz propia. Un efecto extraño, cuando leyendo el libro es difícil sustraerse del omnímodo retumbo cavernoso de Fernán Gómez.
Si es admirable la presencia escénica de Sacristán, quizá se hubiera agradecido un ejercicio algo más marcado de simplicidad
Si es admirable la presencia escénica de Sacristán, con ese porte que desafía la edad y esa voz redonda que sin esfuerzo se confunde con la de su amigo y homenajeado, quizá se hubiera agradecido un ejercicio algo más marcado de simplicidad. Con una silla y un costurero (imprescindible para uno de los gestos más delicados de la función) hubiera sido suficiente. Un menos es más que también se podría aplicar a la innecesaria invocación actoral del resto del elenco fantasma. Con su propia y única voz (hay un momento clave que se olvida del artificio y la emoción aflora igual) hubiera sido suficiente, como si hubiera ocupado la solitaria silla de unos de los recitales cartesianos del maestro. Pero se impone la autoexigencia de tender el máximo de hilos evocativos para que el público, con una idea muy clara del porqué ha comprado su entrada, conecte sin esfuerzo con el espectáculo.
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