La deliciosa pasión inglesa por los jardines
Por Armando Cerra — Portada
La deliciosa pasión inglesa por los jardines
Turismo de flores
Da igual la época del año que sea: pasar un tranquilo día de fiesta visitando en familia un jardín es una costumbre tan inglesa como tomar el té a las cinco

Cualquier ciudad o pueblo inglés cuenta con al menos una gran zona verde en el centro de la población
A. Cerra
Armando Cerra
16/09/2026 07:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Los hay diminutos, pero existen otros que se prolongan durante hectáreas (ellos dirían acres). También los hay desbordantes de historia y otros que han germinado en los últimos años. Al igual que es posible disfrutarlos tanto en espacios públicos como en parajes secretos y exclusivos para el goce de unos pocos. Además, la variedad incluye los que tienen afán científico y otros que simplemente proponen el deleite para los sentidos.
Existen para todos los gustos: más formales, asalvajados, de exuberancia floral o especializados en hortalizas, a base de grandes praderas y bosques con fauna silvestre o dominados por monumentos icónicos. La diversidad de jardines en Inglaterra abruma.
La diversidad de jardines en Inglaterra abruma
De cualquiera de esos modelos se pueden aportar muestras. Un ejemplo de pequeño tamaño, pero encanto gigantesco, es el jardín amurallado en las faldas de Lindisfarne Castle, frente a la costa de Northumberland. Mientras que un concepto radicalmente distinto es Stourhead House, en Wiltshire, donde no faltan prados, colinas y un estanque para reflejar el verdor. Un lugar buscado por su puente, el panteón neoclásico o su templete de Apolo, escenarios donde la impetuosa Elizabeth Bennet y el reprimido Mr. Darcy se enamoraron en Orgullo y prejuicio.
En cuanto a jardines históricos, abundan los de carácter señorial, como en Hampton Court Palace, antigua finca de recreo para Enrique VIII. No obstante, no todos tienen un pasado tan regio. El arrebato jardinero desde hace cuatro siglos también se siente en The Lost Gardens of Heligan, en Cornualles. Mientras que no muy lejos se levantó hace pocos años el Eden Project, que, con su aspecto futurista, plasma la conciencia por lo natural que debería imperar en el siglo XXI.

Para entrar a estos últimos hay que pagar una entrada; en cambio, los hay de acceso gratuito. Es el caso de los jardines del Palacio de Kensington. Y, sin salir de Londres, se puede ir en busca de algún que otro secret garden para emular a Julia Roberts y Hugh Grant descubriendo Rosmead Garden, en Nothing Hill, que sigue ocultando tras la verja su romanticismo, eso sí, guardado solo para los vecinos.
Semejante entusiasmo por lo vegetal y el paisajismo provocó el surgimiento de muchos jardines botánicos en el país. Aunque ninguno tan espectacular como Kew Gardens, donde además se programan exhibiciones de arte. Esa fusión entre lo científico, la tradición y lo sensorial inspira otros espacios menos famosos entre los forasteros, pero de mucho renombre para los británicos. Un buen ejemplo sería Helmsley Walled Gardens, cerca de la hermosa ciudad de York.
Y no hay que pensar que las plantaciones florales son el único motivo para admirar y visitar un jardín. Es verdad que algunos, como Sissinghurst Castle Garden, en Kent, son destino obligado para contemplar la hermosura, colorido y delicadeza de lirios, rosas, tulipanes, peonías, lilas o amapolas. Pero también hay visitantes que encuentran idénticos mensajes en plantaciones de hortalizas, con el añadido de los sabores que evocan e incluso con los proyectos económicos que inspiran. Así pasa en Culpeper Community Garden, en Islington, donde se descubre un productivo oasis medioambiental rodeado de carreteras.
Asombra la cantidad y variedad de jardines repartidos por el territorio inglés. Aunque lo realmente admirable es la pasión con la que se visitan. Un plan ideal para un domingo familiar, incluso con la suegra, es conducir hasta un jardín por el que pasear, al mismo tiempo que se aprende algo de horticultura o del pasado del lugar, se compran tiestos para el patio casero y se almuerza en plan pícnic. Da igual el tiempo que haga, porque impermeables y botas de agua obran el milagro.

La jardinería en ciudades y pueblos ingleses es cuestión de Estado. No extraña que exista la Royal Horticultural Society, una entidad que desde el siglo XIX promueve esta práctica a través de propiedades en distintos condados, desde Yorkshire a Surrey y desde Devon a Essex. Y el último en incorporarse a su lista ha sido el RHS Garden Bridgewater, a las afueras de Manchester.
Tiene una extensión de 63 hectáreas y en su interior acoge el Weston Garden, completamente amurallado. Hasta aquí se escapan muchos urbanitas para evadirse y encontrar todo lo que buscan los ingleses en un jardín. No solo caminar entre parterres. Además, grandes y pequeños realizan talleres al aire libre. Sin olvidar la terraza, cafetería y restaurante para alargar la jornada. Y, por supuesto, no falta la gran tienda donde adquirir desde útiles de jardinero hasta alguno de los infinitos libros sobre el tema, pasando por bulbos, productos naturales y souvenirs de la visita.

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Porque existe un turismo de jardines y todo aquel que lo practica marca una cita en el calendario promovida por la RHS. Es el Chelsea Flower Show, que se celebra en mayo a orillas del Támesis, a su paso por este barrio londinense. Se conoce como el Great Spring Show y es algo así como la mayor feria floral del mundo. De este evento y otros semejantes se hacen eco todos los medios y hasta aparecen en películas como El jardín de la alegría o Flower Power. Como una regadera, protagonizada por Helen Mirren y Clive Owen.
La verdad es que el mundo-jardín hace mucho que llegó a las pantallas. En las cadenas de televisión no fallan los programas dedicados al asunto y hay jardineros que son auténticas celebridades. Así ocurrió con Christopher Lloyd. Hace veinte años de su muerte, pero aún se visita su casa en Sussex para disfrutar del jardín donde puso en práctica sus conocimientos. Y también la tele popularizó Abbey House Gardens, si bien en este caso ayudó mucho que sus propietarios aparecieran desnudos mientras hacían las labores de horticultura.

Es una afición que roza por momentos la obsesión. Todo aquel que puede, en Inglaterra, posee su propio jardín doméstico para volcar ahí las horas y las virtudes del oficio. Es decir, tenacidad y paciencia para saber seguir los ritmos de las estaciones y de la naturaleza. Lo cual es un excelente contrapunto al frenesí del día a día. Sin duda, tanto el cultivo como la visita a los jardines es algo terapéutico. A los viajeros que no lo practican nunca les parece algo snob, pero lo cierto es que, si se descubre, engancha y cada vez que se regresa a Gran Bretaña se busca un buen jardín al que dedicarle una mañana.
Los bancos conmemorativos
Como en tantos otros países, también en los parques y jardines ingleses es habitual encontrarse con bancos donde descansar. Pero aquí suelen tener una peculiaridad. En muchos de ellos se ve una pequeña plaquita conmemorativa en su parte superior. Ahí se leen todo tipo de dedicatorias a personas que los frecuentaron, en muchos casos casi de forma diaria. Está tan asentado en la cultura popular visitar esas zonas verdes como pagar para disponer de esos bancos a modo de memorial. Según el lugar, puede costar varios miles de libras esa dedicatoria. Pero la gente lo paga con gusto, porque para ellos ese banco y las vistas que se contemplan se han convertido en su sitio en el mundo y el escenario de momentos inolvidables. Y les gusta que tales vivencias y recuerdos se compartan con todo aquel que pase por ahí.
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