Una Leica, una Mobylette y 1.800.000 negativos
Por Philipp Engel — Portada
François-Marie Banier, cazador de almas: una Leica, una Mobylette y 1.800.000 negativos
Fotografía
A lo largo de más de medio siglo, el polifacético fotógrafo ha recorrido París en moto inmortalizando tanto a humildes paseantes como a grandes de la literatura, la moda o el cine

Francois-Marie Banier lleva a Dalí en su Mobylette a una fiesta de ‘Vogue’ en París
Sygma via Getty Images

27/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
François-Marie Banier nos recibe virtualmente en su estudio sujetando un ejemplar de su novela Le passé composé (1971; en castellano, Pasado compuesto, Libros del Silencio, 2010). El efecto es una curiosa mise en abyme: la portada ofrece un primerísimo plano del propio Banier, que nos mira desde los años sesenta, cuando, siendo aún agente de prensa de Pierre Cardin, se convirtió en un escritor al que el poeta Louis Aragon ensalzó como “un fuera de serie”. No tardó en prodigarse como fotógrafo, surcando París en su Mobylette, siempre con una Leica —ese “detector de almas”, como la llama— colgada del cuello.
Su íntima y duradera amistad con Liliane Bettencourt le costó protagonizar un mediático culebrón judicial que, al cabo de más de una década de acusaciones cruzadas, terminó con un acuerdo entre las partes implicadas, él mismo y la familia de la fallecida multimillonaria. El caso dio para un controvertido documental de Netflix y para la película La mujer más rica del mundo, con Isabelle Huppert, que fue nuestra portada el pasado mes de abril. Ni la película ni el documental le hacen justicia como fotógrafo. Pero acaba de ser retratado por el genial cineasta Ado Arrietta y será objeto de una exposición en la galería Miguel Abreu de Nueva York, que ya celebró su obra en el 2023. Después del ruido, vuelve el artista.

Aún se mueve en Mobylette, ¿sigue siendo el motor de su vida?
¿Cómo que “aún”? ¡Solo tengo 79 años! (risas) Pero sí, ha tocado un punto central. Nadie, salvo Martin d’Orgeval o Pascal Greggory, ha sido tan importante en mi vida como mi Mobylette. Todos los días me permite ir a sitios que no conozco y hacer fotos, unas cien por semana. Llevo siempre varias cámaras, porque no sé cómo jugar con la luz —en cincuenta años no he aprendido nada—, aunque sigo captando lo que nos conecta con el misterio de la vida y la sublime diversidad del ser humano.
¿Diría que la velocidad, que simboliza su Mobylette, es una de las grandes características de su arte?
Sí y no. La velocidad me impide reflexionar, y eso me permite llegar a la verdad de mis modelos. Pero, al mismo tiempo, lo que parece inconsciente ya ha sido previamente elaborado en mi mente.
De cada mirada, rostro o cuerpo nace un mundo de formas”
Ha cazado a muchos desconocidos al vuelo con su cámara, ¿los ve por la calle y dispara?
Sí, es una fuente inagotable. De cada mirada, rostro o cuerpo nace un mundo de formas. Ya sea una mujer que extiende su toalla en la playa, un hombre esperando el autobús… Para mí, es la ocasión de soñar sus vidas. Stendhal podía ver genialidad en el gesto de una mujer al subirse a un carruaje. Poder ver el genio, o el arte, manifestarse fugazmente en los gestos más simples de lo cotidiano es una de las experiencias más apasionantes de la vida.
También ha captado a estrellas.
Sí, aunque solo son una pequeña parte de mis archivos. Como salgo cada día, solo me cruzo ocasionalmente con famosos. La fama en sí misma no me parece interesante. Recuerdo haber estado en un baile de los Rothschild con Elizabeth Taylor, y no veía a Cleopatra, sino a una mujer extraordinaria, llena de alegría, con aquellos ojos violetas…. Si hubiese sido una desconocida, hubiera sido igual. A mí lo que me interesa es la parte más humana, íntima, incluso la más oscura. Al final, estamos todos y todas hechos con la misma pasta. Fotografiar a Isabel II, reina de Inglaterra, o François Mitterrand también fueron para mí retos muy importantes, pero siempre en términos de humanidad, de emoción, de fotografía…

Hablando de la fama, ¿le preocupa que se le recuerde por el caso Bettencourt o la película sobre él?
Lo siento, pero no puedo hablar de una película que no he visto…
También ha fotografiado a grandes artistas, ¿le interesa toda forma de arte?
Sí, adoro la libertad, la voluntad, la visión, el vértigo y la locura que son necesarias para llevar a cabo una obra de arte. A lo largo de mi carrera, he podido retratar a artistas maravillosos de toda índole como Joyce Carol Oates, Federico Fellini o Samuel Beckett, o amigos míos como Nathalie Sarraute, Salvador Dalí, Éric Rohmer o Françoise Sagan. En cada caso, ha sido como fusionar nuestros procesos creativos. He trabajado muchísimo: conservo alrededor de 1.800.000 negativos, la mayoría en blanco y negro. Martin d’Orgeval, que es mucho mejor artista que yo, me ayuda a ordenarlos, igual que mis pinturas y dibujos.

Es verdad que las fotos de Martin d’Orgeval también son muy hermosas, aunque más abstractas que las suyas.
Plasman momentos de pura belleza. Desprenden una calma que cuenta el tiempo y el espacio de una manera inédita que incluye el misterio del mundo.
¿Cuándo conoció a Dalí?
En 1963, a los 16 años. Los conocí a él y a Gala y me deslumbraron. Él seguía siendo un hombre prodigiosamente culto, brillante, divertido, que escribía de manera más que notable. También me entendía muy bien con Gala, que era como su alter ego. Los frecuenté hasta el final. Me descubrieron el humor y cambiaron mi vida…

¿En qué sentido?
Bueno, en realidad, siempre ha girado en torno a la escritura, la pintura y la fotografía. Siempre he estado en la creación y el movimiento, en vivir el momento. Una vez, por ejemplo, estaba en América con Johnny Depp y Kate Moss. Quise fotografiar a Marlon Brando, que estaba en su roulotte. Me dijo que no podía ser, que volviera al día siguiente. Cogí, tomé un avión a Venecia y fotografié a un hombre pequeñito y completamente desconocido al que llamé Marlon Brando (risas).
¿Cómo se metió en la fotografía?
Por Marie-Laure de Noailles, con la que tenía una relación muy estrecha. Quise retratarla junto a su marido, Charles de Noailles, grandes mecenas, para compartirlos con todos los que no tuvieron la suerte de conocerlos. Lo mismo con Silvana Mangano, la mujer más bella del universo desde que fue creado.
En España hay una elegancia y un sentido del drama que no se ven en ninguna otra parte”
Imagino que su trabajo para Cardin le permitió conocer a grandes fotógrafos.
Sí, conocí a los grandes fotógrafos de los periódicos americanos: Time, Life, Vogue, Harper’s… Mis favoritos: Irving Penn o Guy Bourdin. Pero también la mayor parte de los grandes reporteros de Paris-Match de los años sesenta y setenta, la edad de oro del fotoperiodismo. En esa época, Yves Saint-Laurent también siguió muy de cerca mi trabajo como fotógrafo. El museo que lleva su nombre tiene unas dos mil fotos mías.
Debió de ser una época muy loca. Aunque lo malo de vivir la noche es que uno no recuerda nada, ¿y usted?
Trabajar con Cardin era muy duro, porque trabajaba con 300 modelos para cada colección y los desfiles duraban dos horas y media. Pero luego, a partir de medianoche, salía a bailar. Nos veíamos todos en el Castel y el New Jimmy’s, en Montparnasse. Ahí conocí a Pascal Greggory, que sigue siendo mi mejor amigo. Para Rohmer, era el mejor actor. Es emocionante y divertido. Me muero de ganas de verlo en una película de Albert Serra. Pero es verdad que, como dice usted, hay que tener cuidado con la noche, porque te puede llevar a perder un poco la cabeza cuando escribes.

Usted fue muy precoz en todo. También se fue de casa muy pronto…
Sí, después de un intento de suicidio a los 15 años por una historia de amor. Pero no salió bien porque tomé demasiadas pastillas. Fui monstruosamente maltratado por mi padre. A mis hermanos no les perseguía para pegarles…
¿Y la literatura? ¿Cómo empezó?
Con una frase, “Todos los sábados, el señor Pélissier venía a pasar los domingos en Héricy”. La escribí sin tener ni idea de adónde me dirigía. Pero, dos meses y medio después, había acabado mi novela Les résidences secondaires ou la vie distraite gracias a mi editor, el sobrino de Bernard Grasset, al que iba a ver todos los días al hotel Lutetia para leerle la página que había escrito aquel día.
Le gusta mucho España, ¿no es así?
Llevo España en mi corazón porque fui educado por criadas españolas. Les dediqué mi novela Las españolas del Metro Pompe (Libros del Silencio). Nemesia, la mujer que me cuidó, fue clave en mi formación. Empezaba a las siete de la mañana y acababa a las once de la noche. En España hay una elegancia y un sentido del drama que no se ven en ninguna otra parte, además de unos horarios que me convienen. La noche abre las puertas del paraíso.
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