Una familia moderna
Por Maria Carmen Riera Galera — Portada

Una familia moderna 04/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Acabo de terminar Una familia moderna , la última novela de Julia Navarro, que aborda un tema que no deja de ser de actualidad: la ruptura generacional, una cuestión palpitante sobre la que, no obstante, no se reflexiona demasiado.
Como siempre ocurre, son los creadores los que, con sus antenas abiertas, captan, antes que los demás, lo que preocupa a la sociedad y lo plasman en sus historias. Cierto que no por eso tienen que considerarse diferentes, ni mucho menos vips. Aquel o aquella que se crea que lo es por el hecho de escribir y publicar no es más que un o una pobre imbécil. No obstante, no deja de ser curioso que muchos aspectos que después se convierten en elementos de preocupación social y temas de debate aparezcan de antemano en textos escritos, como ocurre con el asunto de la ruptura generacional, abordado por Julia Navarro en su estupenda novela.
El respeto a los mayores se ve hoy muy cuestionable porque la longevidad resulta demasiado cara
Esa ruptura generacional afecta, especialmente, a los mayores, y ya sabemos que en el mundo actual los viejos no estamos de moda. Más bien todo lo contrario. Muchos de los jubilados de hoy pertenecemos a la que podría haberse llamado la generación de la esperanza. Esperanza en el cambio político que, tras la muerte del dictador, trajo la democracia, con la convicción de que, a partir de entonces, construiríamos juntos un país más justo, más culto y más unido. Incluso llegamos a hacer nuestra la frase de Ortega: “España es el problema; Europa, la solución”, de ahí que celebráramos con entusiasmo la unión a la Comunidad Europea.
Por entonces, enero de 1986, cuando entró en vigor el tratado que se había firmado en junio del 1985, nosotros los de entonces estábamos convencidos de que los valores que habíamos hecho nuestros –la defensa de la verdad, la necesidad de la educación para todos, la reivindicación de los derechos de la mujer, la creencia en que la cultura es un pilar de la sociedad, el rechazo de las desigualdades en todos los sentidos, el respeto a los mayores y la necesidad de la convivencia entre unos y otros– habrían, sin duda, de triunfar. Sin embargo, creo que nos equivocamos.

A la postre, lo que a nuestros hijos les ha interesado tiene poco que ver, en la inmensa mayoría de los casos, con los valores de nuestra generación y menos todavía con los de la anterior, la de sus abuelos, a quienes la llegada de internet en los años noventa les cogió totalmente desprevenidos, y muchos no fueron capaces de amoldarse a la nueva situación y se quedaron en la cuneta.

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Aunque nosotros pertenezcamos a la etapa analógica, tuvimos que hacer el esfuerzo de convertirnos, mal que bien, en digitales, algo que nuestros hijos, y menos aún nuestros nietos, no han necesitado. Internet supuso ya, prácticamente, desde su infancia algo consustancial a su existencia, y las redes por las que todos empezaron a navegar reemplazaron, en muchos casos, la influencia de padres y educadores.
Los valores antiguos, esos que enumeré, fueron sustituidos por otros mucho más actuales, coincidentes a menudo con las directrices de las y los influencers de hoy, para los cuales la verdad es una cuestión híbrida, acomodaticia. La cultura, innecesaria, ¿acaso no han triunfado sin haber leído un libro? La necesidad de la convivencia, una estupidez del pasado, solo hay que aceptar a los que son como nosotros. El respeto a los mayores, muy cuestionable porque la longevidad resulta demasiado cara. Las cuentas de la Seguridad Social se resienten ante tantas pensiones pagadas a los jubilados. Algunos de estos incluso cometen la insolencia de cumplir más de noventa años y tienen la desfachatez de necesitar un montón de medicinas a cargo de la sanidad pública, lo que ocasiona un dispendio notable. No ignoran, con razón, que, cuando les toque el turno, no habrá dinero para sus pensiones y tal vez tampoco para sus medicinas.
El panorama es sombrío. ¿Para qué nos vamos a engañar? Y, por si fuera poco, algunas personas, desquiciadas por lo que ocurre, han cambiado el psiquiatra por el consultorio de la IA. Cierto que, como dice Julia Navarro, cada generación transforma las cosas y tiene todo el derecho a hacerlo, pero su novela, que acaba en tragedia, muestra la necesidad de poner límites, de dar pautas a los jóvenes, porque, de lo contrario, les abocamos al desastre. Léanla.
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