Un día de las carreras: así se mueve el ‘backstage’ de Madring más allá del circuito
Por Diana Arrastia — Portada
Un día de las carreras: así se mueve el ‘backstage’ de Madring más allá del circuito
En un escenario donde todo gira tan rápido, nos hemos parado a observar tras las vallas del circuito de F1 en Madrid. Del ‘pit lane’ al ‘paddock’
A toda velocidad
Dos ingenieros en la calle de boxes de los equipos Javier Pérez-Pla 
Diana Arrastia
10/10/2026 06:40
Alta velocidad
Un día de las carreras: así se mueve el ‘backstage’ de Madring más allá del circuito
En un escenario donde todo gira tan rápido, nos hemos parado a observar tras las vallas del circuito de F1 en Madrid, del ‘pit lane’ al ‘paddock’
Diana Arrastia
09/10/2026 09:37
Lo primero que aprende quien pisa un circuito de Fórmula 1 por primera vez es que el rugido de los motores se siente directamente en el pecho; el sonido no se escucha, te atraviesa. Los tapones son siempre bienvenidos. La segunda lección es que la competición es solo una parte de lo que allí ocurre.
Los datos oficiales dicen que Madrid sumó más de 350.000 asistencias, que más de un millón y medio de personas siguieron el evento por televisión y que el jovencísimo Kimi Antonelli se alzó con la victoria. Los detalles, esos que no caben en los recuentos finales, cuentan otras muchas historias: el paso firme del ingeniero por el paddock, las manos precisas del mecánico en el pit lane, un marshal con extintor a pie de pista o famosos posando a pocos metros de la recta principal. Más allá del asfalto se disputa otra carrera: la que transcurre entre espacios restringidos, zonas de hospitality, patrocinadores y marcas. Es la cara B del gran circo de la Fórmula 1.
Toto Wolff, jefe de equipo y director ejecutivo de Mercedes en la Fórmula 1, a su llegada al ‘paddock’
Mecánicos de Ferrari ponen a punto un monoplaza
Cada mecánico es una pieza más del coche en el box de Ferrari
Invitadas madrileñas con sombrilla en el Paddock Club
Gastronomía de autor y barra libre al otro lado del cristal
Artesanos de Louis Vuitton y TAG Heuer enseñaron su ‘savoir-faire’
El ‘marshal’, primera línea de seguridad en cada curva
Las burbujas de Moët & Chandon acompañan cada victoria
Los mecánicos preparados en boxes a pie del ‘pit lane’
La cita se disputó del 11 al 13 de septiembre: viernes de entrenamientos libres, sábado de clasificación y domingo de carrera. La ciudad se volcó con el evento y lo llevó más allá de la pista. Pero, tras las vallas del circuito de Madring, el primer día fue un aprendizaje contra reloj: ingenieros casi a ciegas, sin datos previos de este trazado nuevo; pilotos tanteando con respeto un asfalto desconocido y las primeras salidas de pista. Para los miles de aficionados que llenaron las gradas, ver a los monoplazas acelerar por secciones inéditas, como la imponente curva peraltada de La Monumental, con su vertiginoso 24% de inclinación, tenía algo de irreal. Era la primera vez para todos: pilotos y público.
Vivir en primera persona el regreso del Gran Premio a Madrid, 45 años después de aquel Jarama de 1981, es un privilegio. Hacerlo de la mano de Belvedere Vodka, marca de Moët Hennessy, patrocinador oficial de la Fórmula 1, lo convierte en una oportunidad única de admirar la alta competición desde dentro.
Tras el cristal
Todo arranca en el Paddock Club, la zona de hospitality oficial de la Fórmula 1 y el lugar más exclusivo de cualquier Gran Premio. Se levanta sobre los boxes (el pit lane y los garajes) de los equipos. En su interior conviven los espacios de las grandes marcas patrocinadoras, como el de TAG Heuer. Gracias a Belvedere Vodka, desde allí disfrutamos de vistas directas a la recta principal y a la primera curva.
Por ese lugar selecto que es el Paddock Club pasaron más de 15.000 personas en tres días, unidas por una misma experiencia: gastronomía de autor, barra libre y la posibilidad de ver los entrenamientos desde una atalaya privilegiada. Hubo pocas celebridades en la jornada de entrenamientos, pero no faltaron los influencers. Algunas invitadas incluso se protegieron del fiero sol de finales de verano con sombrillas, evocando cierta elegancia aristocrática del siglo XIX. Eran dos mundos separados pero unidos por el detalle: arriba, una copa de Moët & Chandon en la mano; unos metros más abajo, los equipos sosteniendo la tensión de la jornada. Para entender cómo se mueven las piezas, había que pisar el terreno, y ahí la invitación de Belvedere Vodka fue más allá de su hospitality: nos llevó a cruzar las puertas que normalmente permanecen cerradas.
Zona restringida
El Paddock Tour permite recorrer el área que se extiende detrás de los garajes y sirve de base de operaciones a los equipos. Nuestro anfitrión fue Rodrigo Almeida, piloto de GT de 22 años que compite en la Porsche Carrera Cup Asia. Aparcados en paralelo, los motorhomes de cada escudería funcionan como oficinas de ingenieros, talleres y almacenes. Por eso hay neumáticos apilados, carros de herramientas y mecánicos yendo y viniendo. “Unas 60 personas del equipo técnico de cada escudería conviven durante la carrera en el paddock, aunque el equipo completo que se desplaza a cada Gran Premio puede llegar a las 100”, explica el joven piloto.
La gran singularidad del paddock madrileño, esa zona interior y cerrada, estaba bajo techo: seis de las once estructuras de los equipos ocupaban los pabellones del recinto ferial de Ifema, algo excepcional en la historia de la Fórmula 1. McLaren y Mercedes abrían el recorrido al aire libre; Red Bull, Ferrari, Williams, Racing Bulls, Aston Martin y Haas se repartían bajo techo en dos pabellones, y Audi, Alpine y Cadillac lo cerraban, de nuevo al descubierto.
Lujo a toda velocidad
En la Maison LVMH, también situada en el paddock, artesanos de Louis Vuitton y TAG Heuer compartieron su savoir-faire trabajando en directo bajo el concepto At the speed of dreams. Ver a un relojero ajustar un mecanismo diminuto mientras, a pocos metros, un equipo prepara un monoplaza de mil caballos es la metáfora que define la jornada. El lujo y la velocidad hablan el mismo idioma: el de la paciencia, la excelencia y el oficio.
Como en cada Gran Premio desde el 2025, Louis Vuitton firma el baúl que custodia el trofeo. El de Madrid, hecho a mano en el histórico taller de Asnières, donde Georges Vuitton creó en 1897 los primeros baúles para automóvil, combina el lienzo Monogram con franjas rojas y amarillas en homenaje a la bandera española y una V de Damier, como la línea de meta, que alude a la vez a la victoria y a Vuitton. Lleva además el Victory Patch (parche de la victoria), inspirado en las antiguas etiquetas de viaje, que más tarde se graba con las iniciales del ganador.
Madring, curva a curva
Una nueva emoción llega con el Pit Lane Walk, un paseo por la calle de boxes donde se hacen las paradas durante la carrera. Allí, unos 20 mecánicos por escudería asumen sus distintas funciones: cambiadores de neumáticos, encargados de los gatos hidráulicos, estabilizadores… Cuando la pista se queda en silencio, toca conocerla de otra manera: subidos a un camión, a la velocidad justa para descubrir cada curva. Lo que desde la grada es un trazo fugaz, desde la pista se convierte en paisaje.
Los 5,4 km del circuito Madring están rodeados por más de una veintena de gradas. El nivel de exclusividad va bajando a medida que nos alejamos del corazón del circuito: de las zonas de hospitality a la Pelouse, un área de pie con un ambiente más popular en el tramo final del trazado. Las zonas VIP, distribuidas por todo el circuito, se organizan en 12 propuestas. La joya es Club 91: dos plantas en plena recta principal con vistas a la salida, los garajes y la curva 1, donde seis chefs con estrella Michelin cocinan en directo. En la planta baja, Podium Stand ofrece una grada frente al podio y un ambiente de mercado español firmado por Paco Roncero. Sobre La Monumental se alza La Azotea, con Mario Sandoval y Jordi Roca, entre otros grandes de la gastronomía nacional.
Ya por la tarde, a solo dos metros de la valla que protege la pista, otra experiencia nos brinda la oportunidad de observar muy de cerca los entrenamientos y comprobar lo complicada que es la curva 20. “Los pilotos tienen que clavar la frenada y la salida, porque justo después hay un muro y cualquier error puede acabar con el coche contra él”, explica uno de los guías.
El corazón en la grada
Si el Paddock Club y las zonas de hospitality oficiales simbolizan la sofisticación, la grada representa el corazón: desde aficionados vestidos de rojo Ferrari o verde Aston Martin, banderas al viento y cánticos, hasta padres que explican a sus hijos qué es una vuelta rápida o grupos de amigos que siguen los tiempos en el móvil. Luego están quienes casi nunca aparecen en las fotos, el backstage del circuito.
Los marshals, o comisarios de pista, permanecen muy atentos en cada curva para intervenir en segundos ante cualquier incidente. Policía y seguridad privada controlan accesos y aglomeraciones. Sanitarios, bomberos y equipos de Samur-Protección Civil aguardan por si tienen que actuar dentro o fuera de la pista. El personal de limpieza y mantenimiento se afana en que todo luzca impecable. Los camareros y cocineros atienden los puntos de restauración repartidos por todo el recinto. Así, pieza a pieza, Madrid hace realidad su sueño de Fórmula 1.
Fotografía: Javier Pérez-Pla
Fonte: Portada