Anna Magnani, la ‘bellissima’ antidiva que dijo no a Hollywood tras ganar un Oscar
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Anna Magnani, la ‘bellissima’ antidiva que dijo no a Hollywood tras ganar un Oscar
Con historia
El novelista Matteo Persica le devuelve la voz a la actriz italiana que hace ochenta años incendió las pantallas del mundo

Anna Magnani durante el rodaje de a película ‘Larmes de joie’, 1960
Getty Images
Carlos Gámez
01/10/2026 06:40 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
El escritor Matteo Persica ha dedicado una buena parte de su trabajo literario e investigativo a la actriz Anna Magnani (1908-1973). Este vínculo con la protagonista de Roma, ciudad abierta se produjo misteriosamente una tarde del 2007. “Atravesaba un periodo de gran desasosiego, uno de esos periodos en los que uno se detiene a hacer cuentas con su propia vida. Caminaba por Roma sin rumbo fijo y entré en la basílica de Santa María sobre Minerva”, relata Persica. “Cuando salí, el desasosiego había desaparecido, había una calma que entonces no supe explicarme y que sigo sin saber explicarme. Más tarde supe que en aquella basílica Anna Magnani había hecho su primera comunión y allí se habían celebrado sus funerales”.
La mujer que puso rostro al neorrealismo italiano desapareció a los 65 años, despedida por miles de romanos que daban su último adiós a Nannarella, su vecina más querida. “Aunque dio rostro y voz al pueblo romano, Anna Magnani era una mujer culta que construyó una máscara”, señala Matteo Persica. “La Magnani que vemos en la pantalla no es la real, es un personaje que ella sabía interpretar porque tocaba cuerdas que le pertenecían de verdad, pero que nace de la grandeza de la artista, una grandeza que le permitía transmitirlo todo con una sola mirada”.
La mujer que puso rostro al neorrealismo italiano desapareció a los 65 años, despedida por miles de romanos
Con el título de Anna Magnani. La vida es bella a pesar de todo, extraído de una frase de la actriz, Matteo Persica ha construido una “novela biográfica” en palabras suyas. “ La sensación que debe tener el lector al cerrar el libro es la de haber encontrado de verdad a Anna Magnani, y el único modo de conseguirlo era contarla a través de sus palabras”.
La novela de Persica relata cómo a lo largo de una noche ficticia, Magnani, una mujer que ha rehuido todos los clichés —monstruo, mito, leyenda—, pero que continúan sombreando su imagen, narra su vida a un joven periodista. “La maquinaria del mito se pone en marcha cuando gana el Oscar por La rosa tatuada; a partir de ese momento, sobre todo en Italia, se le construye alrededor la figura de la inalcanzable, del monstruo sagrado. Y es una figura que, en lugar de abrirle puertas, empieza lentamente a cerrárselas”, apunta Persica.

“Hay otras etiquetas o clichés que tampoco son ciertos, como el de la actriz incómoda, intratable, o sobre sus arrugas, no es verdad que no se maquillara. Tenía siempre a los mejores maquilladores igual que quería siempre al mismo director de fotografía porque él sabía iluminarla”.
La carrera cinematográfica de Anna Magnani tendrá su big bang con la película Roma, ciudad abierta (1945), dirigida por Roberto Rossellini, que proyecta el neorrealismo en todo el mundo. “La interpretación de Magnani no es actuar, es existir”, señaló el crítico americano Roger Ebert. “Rossellini fue el primer director que la entendió de verdad, que la dejó libre para expresarse, y eso para ella, encontrar un director que no la contuviera sino que la liberara, fue rarísimo”.

Actriz y director protagonizaron una sonada relación sentimental que acabó con la huida de Roberto Rossellini tras los pasos de la actriz Ingrid Bergman. “El único que la había comprendido como artista se marchaba con otra actriz, llevándose la película que debían hacer juntos, pero el vínculo entre ellos iba más allá del amor. La prueba es que cuando Anna estaba a punto de morir quiso que Rossellini estuviera a su lado”.
Si el cineasta le había dado su carnet de identidad, otros dos directores, Luchino Visconti (Bellísima, 1951) y Jean Renoir (La carroza de oro, 1952) acabaron fijando el mito de carne y hueso que iluminaba y al mismo tiempo incendiaba la pantalla. El dramaturgo Tennessee Williams también se rindió al talento de Magnani, escribiéndole papeles a la medida, pero la italiana renunció a presentarse en un teatro en Broadway. La actriz sabía dónde se encontraban sus raíces. Como le cuenta Anna Magnani al periodista de la novela, “cuando me desperté al día siguiente de los Oscars, miré por la ventana, vi los tejados de Roma y pensé: este es el único sitio. Lo demás fue hermosísimo, no lo olvidaré nunca, pero este es el único sitio”.

“Nunca decidió dar la espalda a América”, señala Matteo Persica. “Trabajó poco porque lo que se le ofrecía en Italia, igual que en América, no estaba a su altura”. “A nivel económico había sabido invertir lo que había ganado y sobre todo había una cuestión de integridad, la moral antes incluso que la artística. No quiso ceder a ningún tipo de componenda, por respeto hacia si misma y hacia su público”.
De entre todas las secuencias protagonizadas por la actriz, Matteo Persica guarda una en particular. “Su hijo Luca, a causa de una poliomielitis, lo había internado en una clínica de Lausana y ella viajaba desde Roma en el tren nocturno para verlo. Cuando llegó a Lausana, todavía no había amanecido y la familia suiza que cuidaba a Luca todavía dormía, así que Anna se sentó en el comedor de la estación y esperó allí tres horas. Nadie la reconoció”, explica Persica. “En la novela, durante toda la noche ha hablado de sus miedos, de esas noches en vela, del terror a los estrenos, y solo entonces se entiende que de todos aquellos miedos no dejó ganar ni uno. Eso me ha enseñado Anna Magnani, el valor no es no tener miedo. Es seguir teniéndolo y no dejarle ganar ni una sola vez”.
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