Por Maria Sánchez Sánchez — Portada

Maria Sánchez Sánchez

María Sánchez

Todavía se parece

Opinión

04/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Algo parecido a la piel se desgarra con cuchillo y tenedor. Alguien está listo para la hora de la cena: los platos están vacíos porque su comida se encuentra sentada a la mesa, justo a su lado. Comienza a devorar otro cuerpo que no es humano o, si lo es, algo me advierte de que no del todo. Durante unos segundos no sé qué estoy viendo. Busco inconscientemente una palabra que me ayude a situarme y a reconocer lo que me ofrece la pantalla, pero no aparecerá. El ente no se ajusta a categoría, límite o definición que me sea familiar, así que me lleva irremediablemente a un estado de malestar, inquietud, asco y perturbación.

Días después, en un pasillo con luces demasiado blancas, empujando un carrito con una rueda torcida —su forma de moverse me dice que chirría, pero la música está tan alta que nos lleva a un estado sonámbulo de rapidez y ocultamiento, amansando nuestras trayectorias— volveré a esa escena del comedor de la película Backrooms. Estoy cruzando la sección de congelados de una gran superficie: la aparición de esa casi naturaleza muerta comestible me lleva a un intervalo revelador fuera de este lugar de consumo. ¿Puede que me perturbase tanto esta secuencia, tal vez, porque entendía y veía demasiado bien lo que estaba ocurriendo? Quiero decir: el cuerpo que va a ser comido se parece, todavía. No se ha convertido del todo en un producto, en algo útil, que se envasa y se tatúa con una fecha próxima de caducidad. Conserva aún algo de lo que fue, de sí mismo. Hay formas, texturas, un halo que me impide separar con bisturí, por más que quisiese, una cosa del resto de las otras que lo conforman. Algo de él sigue, no ha desaparecido. Algo se resiste y sigue mostrando todo lo que fue antes de ser reducido solo a comida.

Fotograma de la película 'Backrooms'
Fotograma de la película ‘Backrooms’ A24

¿Es eso lo monstruoso? ¿Ser consciente, quizás? ¿Disponer acaso de toda la información que hay tras lo que comemos? ¿Poder hacer realmente algo con ella? En este supermercado, toda mi lista de la compra por tachar, y yo misma, nos volvemos susceptibles al extrañamiento. Criaturas de la voracidad y de la urgencia, atravesamos lugares de frío, esponjosidad recién hecha y despiece, no dejamos de repetir—cada día, cada mes, cada semana, cada año de nuestras vidas— el mismo acto de alimentarnos: adquirir, pagar, preparar, cocinar, calentar, tirar, digerir, y luego volver al inicio de la secuencia. Son pocas las ocasiones en las que cuestionamos todo lo que hay detrás de todo aquello que nos vamos a llevar a la boca. ¿Es este el gran éxito del modelo que nos alimenta? Para comer tranquilamente, uno no debe ni puede saber demasiado. Ciertos procesos, consecuencias, actos, trayectos, violencias y transformaciones están mejor fuera de nuestra vista. Se nos permite el producto final convertido en algo legible, que se puede tocar, desear, masticar y llevar a casa desnudo de todo lo que lo trajo hasta aquí.

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¿Dónde está la salida? Al final de la jornada las baldas no conocen la orfandad. Volverán a exhibir nuevos productos —por supuesto, aquí ya llegan despojados de la palabra alimento— preparados, sin ninguna contusión, libres de toda atadura a historias y contextos, y siempre listos para ser relevados por otros iguales que ellos. Entre el desconcierto y estas lógicas hambrientas de separación y circulación que se nos imponen, quizás debamos buscar los bordes de este sistema que al crecer tanto —donde el acto de consumir nunca acaba—nos hace aceptar la imposibilidad del fin. Un borde, una grieta, una separación, algo que comienza a pudrirse. Por ahí llegan la luz, la historia, la biografía, la materialidad de todas las cosas. Quiero deshacer el camino y de nada me sirven las flechas luminiscentes que indican un final de mentira y consolación. Me gustaría tener esa información cerca, aunque sea incómoda y haga daño. Rastrear y reconstruir las relaciones laborales, históricas, coloniales, sociales, ambientales y económicas que aguardan detrás del objeto amasado para el consumo final. El carrito vuelve a tropezarse, me despierta del letargo. Aguardan lejos de aquí otras formas y haceres que siguen en pie porque su existencia requiere justamente de que todavía no estén disponibles. No hay otro monstruo esperándome a la salida del laberinto, aunque lo ansiaba. Uno que me pusiese frente a toda la incomodidad que la distancia y el brillo consiguen ocultar. ¿Cómo comeríamos entonces?

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