Testimonios que han empujado al Gobierno a investigar las denuncias de agresiones militares contra migrantes
Por Gabriela Sánchez — eldiario.es – eldiario.es

Recogemos algunos de los extractos de los testimonios de seis de las decenas de marroquíes que aseguran haber sido víctimas de palizas o tratos vejatorios por parte de soldados españoles en la ciudad autónoma
En los escasos 20 kilómetros cuadrados que conforman la ciudad de Ceuta, donde el despliegue del Ejército es visible en cada esquina, se acumulan las denuncias de migrantes que aseguran ser víctimas de agresiones físicas, robos y humillaciones en manos de algunos uniformados. Según los relatos recabados sobre el terreno por elDiario.es, chicos como Mohamed, de 17 años, afirman que los soldados emplearon porras con contundencia contra ellos en plena calle. Otros testimonios reunidos por este medio, como los de Adam, Reda o Sami, hablan de robos de sus escasas pertenencias, burlas y humillaciones.
Una veintena de testimonios recabados por elDiario.es, de un listado que está en crecimiento, describen un patrón común entre determinados grupos de militares, cuya motivación, órdenes u organización aún están por aclarar. A continuación, añadimos de manera literal algunos extractos de palabras literales de seis de las decenas de marroquíes que aseguran haber sido víctimas de palizas o tratos vejatorios por parte de soldados españoles en la ciudad autónoma.
Mohamed
Dos chicos marroquíes caminan hacia el Hospital de Ceuta y casi arrastran a un amigo que, apoyado sobre sus hombros, apenas se tiene en pie. elDiario.es les pregunta entonces si ha sido los militares. Ellos responden que no. “Se ha caído”, explican. Tiempo después, mientras esperan noticias de su compañero tras su ingreso, los chavales se acercan para explicar la verdad: “Fueron los militares. Antes no nos atrevismos a decirlo por si nos escuchaban y nos hacían algo”, dice Mohamed, de 17 años.
“Estábamos sentados en la calle, pasando el rato, al lado de la casa de un familiar donde nos quedamos. Un soldado se nos acercó. Llevaba una gorra roja. Se detuvo justo delante de mí. Se quedó allí mismo, en medio de nosotros y nos aporreó. Mi amigo recibió un golpe muy fuerte. Un golpe que habría tumbado a un soldado allí mismo. Se quedó tirado mientras no paraban de aporrearle con fuerza. Él hablaba, luego guardaba silencio, y volvía a hablar. Seguían golpeándolo mientras mi amigo miraba al vacío. Le pegó el mismo hombre que me golpeó con la porra aquí —dice en referencia a su brazo, donde tiene una leve marca—.
Le llevamos a casa, y estaba sentado con la mirada perdida. Pensamos que no era nada, pero empezó a vomitar y a tener fiebre. Deliraba y murmuraba para sí mismo. Había recibido un golpe en la cabeza. Le trajimos al hospital pero, pese a que estaba grave, le dejaron allí esperando sentado esperando mucho tiempo -en la sala de espera del hospital, que separa a los ceutíes de los migrantes, a los que deja en el exterior del hospital-.
La gente iba de un lado a otro y él seguía allí sentado, desplomándose poco a poco. Al final, le ayudamos a levantarse en la silla. Nadie le hacía casi. Él permanecía allí observando, esperando a que le atendiesen y observando a los soldados que estaban en la entrada del hospital, con miedo. Lo dejamos allí tumbado, temblando y quejádose del dolor del estómago y la cabeza“.
Adam
Uno de los jóvenes que denuncian ser víctima de una redada militar en Ceuta señala el rastro de sangre dejado por uno de sus compañeros, herido en la cabeza.
La madrugada del 11 de septiembre, militares acababan de retirarse del lugar de donde aparecen alrededor de una decena de migrantes que denuncian haber sufrido una paliza o robos por parte de soldados españoles. Tres de los jóvenes marroquíes están visiblemente heridos y acabaron recibiendo atención médica. Adam, de 17 años, logró escapar de los golpes más fuertes, pero resume lo ocurrido:
“Estos militares nos han golpeado y humillado. Nos han quitado los teléfonos y todo lo que teníamos. No han dejado a nadie sin golpear. Como puedes ver, han abusado de los chavales. Aquí (entre quienes presentaban heridas de consideración) hay un menor. Se han encarnizado con nsotros de la forma más vil. Cuando empezaron a hacernos eso, tubims miedo y el resto huimos. Los llamamos abusadores. Ellos se reían, ofendiéndonos, como si estuviesen contentos con lo que nos hicieron. ¿Por qué nos hacen esto? No les hemos hecho nada. No tenemos vicios, muchos somos menores. Ente nosotros hay chicos de 15, 16 y 17 años. Nos humillan constantente para decirmos que volverán para hacernos lo mismo. Se llevaban a uno de nosotros y, cuando lo soltaron, venía ensangrentado. No sabemos si el Gobierno español ordena esto. Nos preguntamos por qué nos tratan con tanta crueldad si siempre hemos sido tranquilos.
Nos quitaron todo el dinero, el que me enviaba mi mamá para vivir aquí. Ella se lo quitaba de su comida y sus medicinas, porque está enferma y al final nos lo robaron. ¿Qué le voy a decir ahora? Cualquier cosa que le diga le va a preocupar mucho“.
Reda (nombre ficticio)
En los alrededores del asentamiento de El Trampolín, Reda toca su pelo cuando habla de su miedo a cualquier contacto con militares españoles. Es uno de los migrantes que denuncian, además de haber sido golpeados, haber sufrido una práctica vejatoria que han contado al menos media docena de jóvenes marroquíes que malviven en la ciudad autónoma: ser forzados a raparse la cabeza o, directamente, tener que aceptar que un uniformado utilice unas tijeras para cortar su pelo en trasquilones.
“Volvía de (la barriada de) de El Príncipe cuando me interceptaron los soldados; me agarraron y me inmovilizaron los brazos… Fue mejor quedarme callado. Me golpearon en la nuca con una porra. Me llevaron cerca de donde está la prisión. Éramos unas veinte personas, aunque nos dividían. Antes de que los militares arremetieran contra nosotros, tenía el pelo algo largo por la parte de arriba. Unos veinte de ellos me agarraron. Encontraron unas tijeras y cortaron de aquí y de allá solo para burlarse de nosotros, ¿sabes? Me inmovilizaron y estaban grabando un vídeo. Me obligaron a poner la huella del pulgar. Nos golpearon mucho”.
Sami (nombre ficticio)
Sami es amigo de Reda y denuncia la misma práctica. Enseña foto del pelo largo del que ya carece.
“Estaba en un bosque cuando los soldados me atraparon; me golpearon brutalmente y me quitaron todo el dinero y el teléfono. Vine aquí para ganarme la vida y encontrar trabajo, pero esta gente me golpea y me insulta. Siento que no soy un hombre. Me raparon la cabeza. Antes tenía el pelo muy largo…. Me ataron las manos y me golpearon tan fuerte que pensé que iba a morir.
Yo seguía con mi rutina diaria. Un día, estaba sentado con mi amigo Saif El-Din —bueno, ambos estábamos allí sentados—. Pasaban muchos soldados; nos hacían preguntas y nosotros respondíamos. Entonces, uno de ellos me miró y dijo: “Tú, ven aquí”. Verás, en aquel entonces todos llevábamos el pelo largo. Nos raparon por completo solo para llevarnos detenidos. Pasaron dos días… transcurrieron dos días. Luego volvieron a donde estábamos. Preguntaron: “¿Vieron a alguien pasar por aquí?”. Les dijimos: “A nadie”. Dijimos: “No”. Les dijimos: “No pasó nadie”. Simplemente nos quedamos allí, en el mismo sitio“.
Saif: “Me llevaron a la montaña”
En otro punto distinto de la ciudad, Saif no conoce a Sami ni a Reda pero su historia guarda puntos comunes. En su caso y el de su amigo, denuncia haber sido detenido irregularmente junto a su amigo y haber sido trasladado al bosque, donde fue golpeado. Cuando nos lo cuenta, tiene una cicatriz en su cabeza, que requirió varios puntos. Muestra los moratones de su espalda (alargados y coincidentes con el rastro dejado por las porras). Tiene 17 años, según su relato.
“Yo estaba en mi rutina diaria. Estaba sentado con mi amigo [en el asentamiento donde vive, que no detallamos por seguridad] y aparecieron muchos soldados. Nos hacían preguntas y nosotros respondíamos. Entonces, uno de ellos me miró y dijo: ”Tú, ven aquí“. Verás, en aquel entonces todos llevábamos el pelo largo. Nos raparon por completo solo porque si no, decían, nos llevarían detenidos. Pasaron dos días y, luego, volvieron a donde estábamos. Preguntaron: ”¿Vieron a alguien pasar por aquí?“. Les dijimos: ”A nadie“. Y respondimos: ”No pasó nadie“. Simplemente nos quedamos allí, en el mismo sitio.
Estábamos allí descansando cuando aparecieron. La Policía nos agarró y nos entregó a los militares. Pensamos que intentaban sacarnos de Marruecos, pero nos llevaron montaña arriba. Nos vaciaron los bolsillos y nos quitaron los teléfonos, A mí me quitaron el teléfono y 64 euros, A mi amigo, lo mismo. Nos obligaron a ponernos de rodillas y siguieron golpeándonos; no paraban de golpearnos.
Nos obligaron a ponernos de rodillas. No dejaban de golpearnos, nos pegaban una y otra vez, hasta que logré escapar. Él seguía golpeándome. Me dio patadas con su bota, golpeándome en el ojo. Hasta que perdí el conocimiento y me desmayé, pero aun así seguía golpeándome la cabeza. No paraba de pegar. La gente nos miraba. Cuando terminaron, nos empujaron desde lo alto de una montaña hacia unos matorrales espinosos. Nos quedamos allí tirados. Se acercó un traficante; nos vio y gritó, intentando llegar hasta nosotros. Se acercó, nos vio mientras estábamos intentando beber algo, pero luego volvió a bajar y nos dejó allí. Bajamos hasta donde estaba un hombre y pudimos salir de allí.
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