Por Pablo Gómez*La Jornada

a luz amarilla que han proclamado varias de las grandes empresas monopólicas de inteligencia artificial (IA) acerca de la velocidad de su propia autopista es producto de algunos descontroles de sí mismas. Ante todo, el asombroso enjambre de varios nuevos modelos, antes inconexos, que tomaron decisiones incontroladas e incontrolables, no admitidas dentro de sus respectivos sistemas.

Casi todos los generadores de inteligencia artificial de Estados Unidos están de acuerdo en que se debe disminuir el ritmo de su expansión técnica para poder analizar lo que ellos mismos están haciendo, con el fin de controlar sus propias obras y no permitir que desde sus modelos se lancen agentes hacia territorios no autorizados y, mucho menos, que con tales agentes se creen enjambres con otros muchos de diversos sistemas para cumplir misiones decididas por ellos mismos. Hasta aquí, el tema central es la seguridad para garantizar el control técnico y la protección de la propiedad.

Las empresas estadunidenses están mucho más preocupadas por sí mismas que por la humanidad. Sus directivos se encuentran en la situación de buscar los medios para controlar a sus propias criaturas y asegurar que los nuevos modelos garanticen una sujeción efectiva.

Anthropic ha resumido el planteamiento: control del desarrollo de la IA; sistema de auditores para vigilar los nuevos modelos; consensos internacionales sobre los dos puntos anteriores. Este último asunto no abarca sólo a Norteamérica, sino también, por ahora, a China, lo cual plantea un problema especial.

Por su lado, el gobierno y el Congreso de Estados Unidos ponen el acento en la competencia monopólica con China y con quienes puedan surgir como nuevas potencias. “Quien gane la IA, gana”, ha dicho el presidente estadunidense, mientras el líder de la Cámara llama a “no perder la ventaja en la competencia”.

Se está planteando proseguir por el camino de un cártel de cárteles monopólico, pero ahora con reglas convenidas, aunque sin ley, para garantizar el control del desarrollo de la inteligencia artificial e impedir que rebase a sus autores o ponga en peligro la capacidad de mando de dicho cártel sobre sus propios productos.

Imaginemos que unos modelos crean un enjambre para poner a disposición de cualquier sujeto productos nuevos sin costo (código abierto). Esto perturba el sueño de los directivos de las empresas de inteligencia artificial.

Sin embargo, el problema no deja de ser de todos. También es posible imaginar que se dispare la autonomía de las cosas en materia de información reservada o de inteligencia, industria bélica, comercio, mercados de capital y divisas, etcétera. El problema es real y puede afectar al planeta. La cuestión es cómo lograr el control democrático de la inteligencia artificial. Para ello se requiere la creación de reglas a nivel planetario que aseguren el uso positivo de toda la IA y que se compartan sus beneficios.

Esto quiere decir un rompimiento con el esquema imperialista que hasta ahora nos ha traído el capitalismo, aunque se haga dentro del capitalismo mismo, lo cual implica que la norma antimonopolista sea tan dura e ineludible que permita el acceso a la IA y obligue al reparto general de las utilidades.

En Estados Unidos se han pasado 100 años combatiendo el monopolismo; no han logrado su eliminación, claro está, pero se tienen algunas defensas, aún más en Europa. Ese planteamiento, contrario a los monopolios, no sólo surgió del socialismo, sino también de la burguesía dispersa. Estados Unidos sigue siendo el país imperialista más importante, como antes lo fue Gran Bretaña, pero eso no impide que en su propio seno dormiten las fuerzas contrarias al monopolismo y sus efectos de centralización de la producción y concentración del ingreso.

La inteligencia artificial pone al mundo frente a una situación. El progreso será altamente peligroso sin la fijación de objetivos y controles, con sus respectivos procedimientos, pero también lo será si cae en el esquema del monopolismo (como está ocurriendo), que tenderá a relegar a grandes segmentos humanos del progreso técnico-científico y a expoliar regiones enteras como lo ha hecho el imperialismo desde fines del siglo XIX.

El debate principal no tendría que ser sobre la inteligencia artificial –esa ya llegó–, sino sobre las consecuencias sociales del progreso humano. La inmensa fuerza del capitalismo ha llevado a una constante revolución de las fuerzas productivas y, consecuentemente, de la capacidad productiva del trabajo social. Hoy, estamos llegado a un momento de inmenso cambio, pero en el momento en que la acumulación de capital se ha empezado a hipertrofiar debido a la enorme masa sobrante de excedente económico. La IA nos está hablando de una aceleración brutal de las ganancias y de su colocación cada vez más concentrada.

Es momento, entonces, de plantearse un cambio que permita el aprovechamiento generalizado del progreso y el reparto de los excedentes procedentes del cambio técnico. Es decir, no perder el tiempo en discutir si ese cambio está bien o mal; el problema es el sistema socioeconómico, no el progreso.

* Responsable de la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral

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Fonte: La Jornada

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