No es serio este cementerio
Por Raimon Portell — Portada

No es serio este cementerio
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10/09/2026 07:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
A los catorce años, Stan Ioan Pătraș empezó a tallar cruces de madera para el cementerio de su pueblo, y había cumplido ya veintitantos, en 1935, cuando el párroco le sugirió que ampliase la base de las cruces, porque así tendría un espacio donde cincelar la imagen del difunto y escribir un epitafio. Noventa años después Sapanta, pueblo de la rural provincia de Maramures, a un tiro de piedra de Ucrania, atrae docenas de coches y autocares llenos de turistas, y dispone de tiendas de recuerdos y restaurantes para los centenares de visitantes que se acercan a ver su cementerio.
Pago una pequeña contribución en la entrada. Dentro, se extiende el bosque de cruces. Cada cruz con un tejadillo. Entre sus colores predomina el azul del cielo, aunque también aparece el verde de la vida, el amarillo de la fertilidad, el rojo pasión, el negro de la muerte.
Los epitafios, escritos en primera persona en el rumano popular de Sapanta, riman sobre la vida y la muerte
La estela de debajo de la cruz incluye ilustración y epitafio. Hay algunos retratos. En otras imágenes aparece el personaje trabajando, o divirtiéndose. Y las hay que reproducen el motivo de su muerte. Entre los difuntos veo criaturas, maestros, suicidas, muchas hilanderas, tejedoras, jóvenes y viejos, cocineras, campesinos, militares… Los epitafios, escritos en primera persona en el rumano popular de Sapanta, riman sobre la vida y la muerte, las amistades, los vicios y las virtudes del finado.
Dice uno que le gustaba fumar en pipa y evitar el trabajo. Más allá la panadera cuenta que hizo pan para alimentar a los cuatro mil habitantes del pueblo. Y otro epitafio advierte que debajo de la cruz descansa su suegra, que, de haber vivido tres días más, los papeles se habrían invertido: él estaría en la sepultura y su suegra leyendo el epitafio. Y otro, que por culpa de la bebida lo abandonó la esposa, y entonces bebió por la pena, y luego por la alegría de tener un motivo para beber con los amigos. Este termina pidiendo que, si pasas a su vera, le dejes algo de vino.

Una mujer se me acerca y me invita a un pedazo de pan, acto de caridad y recuerdo que debería ayudar al finado en el más allá.
Me detengo ante la tumba del artista, Stan Ioan Pătraș. Su epitafio explica que, en los días vividos, a nadie ha deseado mal y ha hecho lo posible para ayudar a quien se lo ha pedido. “Mucha gente me ha visitado”, escribe, “pero a partir de hoy cuando lleguen puede que no me encuentren.”
Su casa queda a una manzana del cementerio. Es un edificio modesto, de dos piezas. Allí preservan su memoria. Numerosas tallas suyas decoran el interior, junto a noticias y otros recuerdos.
Nacido en 1908, su familia había trabajado la madera desde siempre. Al morir en 1977, de sus manos habían salido un montón de armarios, sillas, cucharas, puertas, y había plantado más de setecientas cruces.

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Raimon Portell
Su taller está al lado. Allí encuentro a su sucesor, Dumitru Pop. Mientras trabaja, comenta los hechos del día con un amigo. Al preguntar sobre mi origen, pasan a hablar de fútbol, y me dan un repaso que me dejan fuera de combate. Dumitru usa madera de roble, como siempre se ha hecho, y al igual que su maestro, afirma que tiene tres ocupaciones: escultor, pintor y poeta. Me muestra las pinturas. Le llegan encargos de todo el mundo, dice, hasta del Japón.
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