Navegador y explorador, es considerado el primer español y europeo que llegó a avistar la Antárdida
Por Alberto Gómez — eldiario.es – eldiario.es

El marino palentino Gabriel de Castilla, al frente de una escuadra naval de Perú, lideró la expedición que superó el paralelo 64 sur en marzo de 1603
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En el albor del siglo XVII, las heladas aguas del océano Austral contemplaron una gesta de navegación que cambiaría para siempre los anales geográficos. El marino palentino Gabriel de Castilla, al frente de una escuadra naval de Perú, se adentró en latitudes polares jamás surcadas por embarcaciones europeas. Desafiando tempestades voraces y temperaturas bajo cero, la expedición logró superar el paralelo 64 sur en marzo de 1603. Desde la cubierta de su nave, Castilla avistó majestuosas montañas cubiertas de nieve perpetua, convirtiéndose en el primer navegante español y europeo en contemplar las tierras que hoy integran la Antártida. Aquel hito precedió en dos siglos a las exploraciones inglesas en el lejano hemisferio austral.
Nacido en Palencia hacia finales del siglo XVI, en el seno de una ilustre familia descendiente de la nobleza castellana, Gabriel de Castilla orientó su juventud hacia el ejercicio militar. Inició su carrera armamentística en el Virreinato de Nueva España como capitán de artillería en las fortificaciones de Veracruz y San Juan de Ulúa. En 1596, se trasladó al Virreinato de Perú bajo la protección de su pariente, el virrey Luis de Velasco. Con apenas 19 años fue designado general de las fortificaciones marítimas del puerto del Callao, asumiendo la responsabilidad de organizar la defensa naval de la Mar del Sur. Su rápido ascenso institucional reflejó la enorme confianza que las autoridades coloniales depositaron en sus demostradas habilidades náuticas.
Durante sus primeros años en la América meridional, participó activamente en las complejas campañas de la Guerra del Arauco en Chile. Como maestre de campo de la infantería española, lideró tropas de socorro en la convulsa frontera del río Biobío y edificó el estratégico fuerte de San Salvador de Coya. Asimismo, fue el encargado de custodiar los valiosos convoyes marítimos que transportaban los caudales del Tesoro Real desde Arica hasta Lima. Por sus servicios prestados a la Corona, le fueron otorgadas dos encomiendas en Perú y fue nombrado lugarteniente de capitán general. La experiencia acumulada navegando por las bravías costas del Pacífico hispano lo consolidó como el marino idóneo para liderar misiones de alta peligrosidad en el cono sur.
La Base Antártica Española, situada en la isla Decepción, fue ‘bautizada’ con el nombre del explorador
En el verano austral de 1603, ante las crecientes incursiones de corsarios holandeses que amenazaban las rutas del Pacífico, el Virreinato encomendó a Castilla una patrulla de vigilancia. El almirante palentino zarpó del puerto de Valparaíso al mando de una flotilla integrada por tres navíos principales: el galeón Jesús María, de 600 toneladas; la nave almiranta Nuestra Señora de la Visitación, y el galeón Nuestra Señora de las Mercedes. La misión consistía en interceptar a las escuadras enemigas en el estrecho de Magallanes. No obstante, las feroces borrascas de los mares australes arrastraron a los barcos españoles hacia rumbos meridionales desconocidos, transformando la operación militar en un histórico viaje de exploración.
A medida que la escuadra se adentraba en aguas polares, la tripulación debió afrontar intensas nevadas y un frío estremecedor que helaba los aparejos. En marzo de 1603, tras sobrepasar el paralelo 64 sur, los navegantes divisaron elevadas cordilleras y picos nevados que se erigían sobre el horizonte marino. Según los análisis historiográficos modernos, las coordenadas registradas corresponden al archipiélago de las islas Shetland del Sur o a las estribaciones de las islas Melchior. A pesar de la extrema hostilidad del entorno geográfico, Castilla logró mantener la disciplina a bordo y asegurar la integridad de sus tres buques, completando el avistamiento sin sufrir pérdidas humanas y retornando felizmente a los puertos chilenos al mes siguiente.
La hazaña del marino español quedó documentada gracias a la posterior declaración del marinero holandés Laurenz Claesz, quien formó parte de la expedición tras haber sido capturado en Chile. En su testimonio formal ante las autoridades, Claesz confirmó haber navegado a las órdenes del almirante Gabriel de Castilla hasta los 64 grados de latitud sur, destacando la presencia de abundante nieve en aquellas latitudes. Esta información fue publicada en Ámsterdam dentro de un apéndice geográfico que describía tierras altas y montañosas cubiertas de blanco. Dicho registro histórico demuestra que el descubrimiento del continente helado por parte de España antecedió por 170 años a las travesías de James Cook.
Muerte en Perú
Tras concluir sus exitosas travesías navales por el Pacífico sur, Gabriel de Castilla se estableció en tierras peruanas, donde contrajo matrimonio con doña Jerónima de Espinosa, con quien tuvo siete hijos. A pesar de haber ocupado importantes cargos como corregidor en las provincias de Tarma, Chinchaycocha y Conchucos, sus últimos años estuvieron marcados por considerables estrecheces económicas. El marino palentino financió de su propio bolsillo gran parte de los costes operativos de las patrullas contra corsarios, sin recibir compensación de las arcas reales. Postrado por una enfermedad, falleció en 1619 en la localidad peruana de Piscobamba.
Aunque el trascendental hallazgo de Gabriel de Castilla permaneció relegado durante siglos en los archivos coloniales, la historiografía contemporánea ha reivindicado su figura como un titán de la navegación universal. En 1988, el Ejército de Tierra de España honró su memoria al ‘bautizar’ con su nombre la Base Antártica Española situada en la isla Decepción. En esta moderna instalación científica, investigadores y militares continúan desarrollando estudios científicos en el continente helado durante cada verano austral. El ilustre navegante palentino se mantiene como un símbolo imperecedero del coraje hispano, cuyo célebre avistamiento abrió las puertas del lejano sur a la historia del conocimiento humano.
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