Lula y Flavio Bolsonaro registran un rechazo récord en un ambiente de desencanto en Brasil
Por Andy Robinson — Portada
Lula y Flavio Bolsonaro registran un rechazo récord en un ambiente de desencanto en Brasil
Presidenciales en el Gigante Latinoamericano
Para muchos en Rio, la epica batalla entre la democracia y la extrema derecha es elegir al mal menor

Un hombre trabaja en labores de construcción en la favela Vidigal, Río de Janeiro
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RIO DE JANEIRO
01/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Marcia, vecina de la favela de Vidigal, un barrio encaramado en el morro (montaña) con vistas espectaculares a las olas espumosas de las playas de Leblon e Ipanema, no votará en la primera vuelta de las elecciones presidenciales el próximo domingo en Brasil.
“Votaría a Lula”, dice en referencia al actual presidente e histórico líder del Partido de los Trabajadores (PT) Luiz Inácio Lula da Silva, que se presenta a sus octavas elecciones presidenciales. “Pero como me he mudado sin avisar, tardaría dos horas en ir a las urnas y dos en volver.”
Aunque el voto es obligatorio en Brasil, la multa por abstenerse es de solo 3,5 reales (menos de un euro). “No puedo perder tanto tiempo”, añade Marcia tras explicar cómo para subir a la favela tiene que pasar por delante de un niño de doce años que sujeta una enorme ametralladora.
El absentismo siempre es más frecuente para votantes de bajos ingresos como Marcia. Pero llama la atención la falta de interés en las elecciones de esta trabajadora doméstica que baja todos los días a limpiar pisos en la acomodada zona sur de Río. Tal vez parte de la explicación es que Marcia —que trabaja descalza— cobre el salario mínimo que Lula subió, pero solo hasta 1.621 reales, 275 euros, mensuales. Es un 11% más, en términos de poder adquisitivo, que al final del gobierno de Bolsonaro hace cuatro años. Pero, con la canasta básica de alimentos en 900 reales, no es suficiente para generar mucho entusiasmo en el 70% de la población brasileña que cobra dos salarios mínimos o menos. En los años de oro del lulismo (2003 al 2010) el poder adquisitivo del salario mínimo subía 7% al año.
Debajo de Vidigal, en el cotizado distrito de Leblon, Raquel, fisioterapeuta de 59 años que vive con su marido —médico— e hija —psicóloga— en un amplio apartamento heredado de la suegra, tampoco va a votar. Al menos, no votará en la segunda vuelta si, tal y como se espera, los candidatos son Lula y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente, encarcelado el año pasado por su participación en un intento de golpe en 2022.
El principal sentimiento político de Raquel (no es su nombre de verdad) es un rechazo visceral al PT, que ha estado en el poder durante 20 de los últimos 26 años. Es antipetista hasta la médula. Parte de esto tiene que ver con las habituales acusaciones de corrupción contra Lula, pero también siente una añoranza por mejores tiempos para la clase media de la zona sur. “Hace diez años, cambiamos los dos viejos coches por uno nuevo. Hicimos tres viajes al extranjero en dos años y pagábamos el colegio de nuestra hija. Mi dinero lo gastaba como quería y aún me sobraba en la cuenta. Ahora tenemos los mismos coches que hace diez años, mi dinero va a pagar los gastos de la casa y, aun así, de vez en cuando tenemos que echar mano de los ahorros. ¿Viajes? El último fue hace tres años. Todo va de maravilla”, ironiza.
Habría que añadir que hace diez años este bienestar que sentía la clase media fue también el resultado de 14 años de crecimiento y creación de riqueza bajo los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff.
Puede que Raquel vote a uno del puñado de candidatos —todos hombres— de centro derecha en la primera vuelta, pero, entre todos estos, ni llegan al 10% de la intención de voto, según las encuestas. Raquel es de derechas, pero, después de las locuras del Gobierno de Jair Bolsonaro, entre 2018 y 2022, sobre todo aquel negacionismo asesino en el año del covid que acabó con 700.000 muertos, se siente muy reacia a votar a Flávio. Tanto Lula como Flavio registran tasas récord de desaprobación en torno al 50% del electorado.
Tanto Lula como Flavio registran tasas de desaprobación en torno al 50%
Se espera una tasa de abstención o votos en nulo muy elevada en estas elecciones; tal vez el 20 % del electorado. Convencer a los escépticos de acudir a las urnas el próximo domingo y luego otra vez el próximo 25 de octubre será el reto de las dos campañas. Las encuestas prevén una estrecha victoria de Lula en la primera vuelta el próximo domingo, 39% frente al 34% según la última encuesta de Quaest. Pero en la muy probable segunda vuelta, todo apunta a un empate técnico.
Desde el exterior, la campaña electoral brasileña puede ser percibida como una batalla épica entre la democracia y el golpismo, la izquierda combativa contra la extrema derecha, la esperanza personificada en Lula frente a la distopía que representa el “fantasma del padre de Flavio que, más que su hijo, disputa las elecciones”, según el columnista del diario O Globo, Merval Pereira.
Pero en Río, brillan por su ausencia el drama, el entusiasmo y los ideales. Con una renta per cápita estancada durante 12 años, ha quedado lejos la década prodigiosa (2003 al 2013), en la que Lula creó una nueva clase media. En las elecciones de 2022 también hubo más ilusión. Recién salido de la cárcel tras ser condenado sin pruebas y recién enamorado de la actual primera dama, Rosangela da Silva, Lula inyectó una euforia personal a la campaña. Un frente amplio se construyó para derrotar al golpismo de Bolsonaro. Pero ahora, la urgencia de la defensa de la democracia se ha esfumado. El 54% de los brasileños cree que Bolsonaro no participaba en el intento de golpe pese a las pruebas concluyentes de que el expresidente era el principal conspirador, notablemente el nuevo libro Yo dije que no! del excomandante de las fuerzas aéreas Carlos Baptista Julio.
Lula ha logrado revertir los peores retrocesos sociales de los años de Bolsonaro y la pandemia: Brasil salió del mapa del hambre tras el desastroso aumento hasta 30 millones de hambrientos durante la pandemia. La pobreza ha caído a un mínimo histórico del 23%. Pero no se palpa un entusiasmo en los votantes de clase trabajadora, mientras que el antipetismo se cuece lentamente en la olla exprés de las clases medias.
Ante el estrechamiento de su ventaja frente a Flávio, Lula ha intentado responder en dos áreas clave para sus votantes. En primer lugar, el endeudamiento familiar en el país con los tipos de interés más altos del mundo y un 65% de créditos morosos. En segundo lugar, la batalla diaria contra los precios en los supermercados, donde la percepción es de una inflación superior al 4,5% en las estadísticas., una tercera parte del 12% alcanzado con Bolsonaro en el Palacio do Planalto, la sede presidencial en Brasilia.
El gobierno subió el 15% el subsidio para familias pobres, conocido como Bolsa Família, e implementó un sistema en el que el Tesoro nacional compra deuda a las familias. Uno de cada cinco hogares brasileños paga más del 50% de sus ingresos en servicio de la deuda, con bancos como Itaú, Bradesco y Santander cobrando intereses de hasta el 400% al año por morosidad en tarjetas de crédito.
Los morosos de tarjetas de crédito pagan intereses de hasta el 400% al año
El gobierno acaba de prohibir también las apuestas digitales para combatir la espiral de deuda y apuestas de millones de aficionados al juego. Para atender a otra epidemia —la obesidad—, el gobierno ha distribuido gratuitamente las jeringuillas para las nuevas drogas adelgazadoras. Lula está intentando “crear un paquete de felicidad” dirigido a mujeres trabajadoras, dice Felipe Nunes, que gestiona la empresa encuestadora Quaest.
Hay alguna señal de que estas medidas pueden haber ayudado a frenar la subida de Flávio Bolsonaro. Pero cualquier “paquete de felicidad” anunciada en esta campaña puede acabar en lágrimas a la mañana siguiente.
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