Por Gabriel MagalhãesPortada

Gabriel Magalhães

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Escritor

Los demonios de Ceuta

LA MIRADA PORTUGUESA

21/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Ceuta es hoy muchas cosas: una película de espionaje, con enrevesadas intrigas; un episodio más de la guerra civil verbal en que se complacen los partidos españoles, que insisten en torearse mutuamente, siempre en busca de dar la estocada y la puntilla al rival; un desastre histórico, con una potencia visual peligrosamente parecida a la de la caída del muro de Berlín; un drama humanitario, sobre el cual se podría escribir una nueva versión de Las uvas de la ira, la novela de John Steinbeck. Ceuta posee una resonancia simbólica, un calado cuyo secreto está en el escudo de la bandera de la ciudad autónoma. Un escudo portugués.

De hecho, en 1415, la recién estrenada segunda dinastía lusa (llamada de Avis), que se había desgajado de la dimensión ibérica del país, ganando una tremenda guerra con Castilla (1383-1385), que fue también una contienda civil, decidió conquistar esta plaza del norte de África y abrir de este modo un nuevo rumbo para la nación: la expansión marítima y el futuro imperio. Por lo tanto, el imperialismo luso, y también el europeo, arrancaron en Ceuta. La ciudad se tomó el 21 de agosto, ese fatal mes de agosto ceutí, con una escuadra de más de 200 naves y unos 20.000 soldados. El propio rey Juan I comandó la expedición y fue en Ceuta que armó caballeros a tres de sus hijos: Duarte, el futuro monarca, Pedro y Enrique. Se subrayaba así que, en la actual ciudad autónoma, comenzaba una nueva vida para Portugal.

Sánchez es la pesadilla del socialismo europeo: no tiene respuestas creíbles a las mareas migratorias

Ceuta no es hoy una colonia, ni late en ella un proyecto de expansión territorial. Pero, vista desde Portugal, la crisis ceutí resulta espantosa. Le ha tocado a España y al Gobierno de Sánchez gestionar una de las más poderosas metáforas de la decadencia de Europa y Occidente. Donde comenzó el poderío mundial de nuestro continente, hace seis siglos, todo parece derrumbarse, en medio de un gran caos. Y, aunque la gente no conozca esta historia lusa de Ceuta presente en su escudo –que es casi idéntico al de la actual bandera de Portugal–, esta dimensión de catástrofe señalada, de caída de Constantinopla en pequeño formato, está presente, de un modo subliminal, en los noticiarios de los países occidentales.

La Ceuta lusa nos da, además, otra lección: cuando Portugal se sublevó contra España, en 1640, después de 60 años de unión dinástica, la ciudad autónoma fue la única posesión colonial que no se decantó por los rebeldes. La única. Ni Brasil, ni Angola, ni Mozambique, ni las plazas fuertes de India, como Goa, ni Malaca quisieron ser españolas. Es un milagro de la historia esta identidad compacta que se afirmó en los cuatro continentes del imperio portugués. Solo Ceuta falló. De hecho, el norte de África resulta, para los países ibéricos, un territorio resbaladizo, peligroso, traicionero. Fue ahí que los portugueses sufrieron la peor derrota de su historia, la batalla de Alcazarquivir, en 1578, el desastre en el que desapareció el rey Sebastián, provocando la unión dinástica.

 
  Reduan / EFE

Y es en Ceuta, siguiendo esta fatalidad norteafricana, donde se está apagando la buena estrella de Sánchez. Los viejos demonios­ de la ciudad autónoma embrujan a un gobierno de izquierdas que ha logrado pautarse por un proyecto: desinflamación de Catalunya y una gestión más hábil y abierta de la pluralidad hispánica; medidas sociales de hondo calado, atenuando los impactos de las crisis que nos rodean; potente­ motor económico nacional, que carbura, en parte, con combustible migratorio­. No obstante, en Ceuta, Sánchez y su Gabinete han sufrido una espectacular cogida cuyas volteretas aún no han ­terminado.

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La oposición quiere que el presidente sea el conde Don Julián de esta historia, ese noble algo legendario, gobernador de Ceuta, que, a traición, abrió las puertas de la invasión musulmana del 711. Todo lo que huela a reconquista es un marco mental que gusta a la derecha española. El problema de Sánchez es que la acrobacia política que le pide la ciudad autónoma va más allá de sus capacidades de funámbulo, que no son pocas: tiene que elegir entre una expulsión isabelina, con el viejo látigo de los Reyes Católicos, o la apertura Merkel, que permitiría a la oposición darle jaque mate en pocas jugadas. Sánchez, que era el ídolo de una cierta izquierda internacional, se ha transformado en la pesadilla del socialismo europeo; alguien que no tiene respuestas creíbles para uno de los problemas que más preocupan a la ciudadanía: las mareas migratorias.

La mecánica cuántica de la política nos dice que lo más probable es que, de las generales del 2027, salga un gobierno de derechas, después del gabinete de izquierdas de los últimos ocho años. Al PSOE, además de varios bandoleros, le ha tocado todo un collar de María Antonieta en las joyas de Zapatero. Y ahora, Ceuta. Feijóo, un tipo al que le gusta la mediocridad de las evidencias de toda la vida, se siente a gusto con este horizonte y ya le ha regalado al presidente las próximas Navidades en la Moncloa. A Sánchez a veces se le alarga el cuello, le salen escamas y cuernos, se le afilan los dientes y parece un dinosaurio de izquierdas, dispuesto a morir en combate, bramando, como un reptil monstruoso de película de Spielberg. Pero este socialismo radical quizá no sea el mejor camino. En Portugal, António José Seguro, socialista, ha llegado recientemente a la presidencia del país cultivando una sobria suavidad, y el actual líder del Partido Socialista, José Luís Carneiro, aunque firme opositor al Gobierno de centroderecha, también gasta un izquierdismo de seda.

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