Las compuertas del cielo
Por Immaculada Monsó Fornell — Portada

Las compuertas del cielo 09/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Antes, para mí la lluvia era paisaje fértil, verde preñado de promesas, cielo cuajado de nubes siempre únicas, adoquines lustrosos como los de Gustave Caillebotte en Calle de París, tiempo lluvioso (cuya reproducción estaba en el comedor de mis abuelos), bares donde beber café tras las ventanas empañadas. Ahora, ya no: las calles se han convertido en ríos sucios que transportan contenedores y el refugio de un bar en planta baja donde tomar café tras los cristales, en una ratonera inundable. Antes, para mí la lluvia era la felicidad. Ahora, es el preludio de un cambio climático que aún muchos niegan, es esa raza humana que no ha parado de provocar desastres desde que el tiempo es tiempo. Es, en definitiva, el fracaso bíblico de Noé.

Como no recordaba los detalles y las monjas nunca nos remitían a la fuente original, he vuelto al Génesis. Y resulta que, con su tendencia a blanquear a Dios, no nos contaron que el diluvio universal fue un castigo divino por el egoísmo y la violencia de una humanidad corrupta. Solo con Noé, que era un tipo bueno, decente y con sentido común, Dios se mostró clemente. Por eso le aconsejó construir el arca y pudo salvarse junto a su familia y sus animales. El deseo divino era que Noé y, con él, su descendencia, destinada a mejorar la especie, regenerasen una humanidad corrupta. Pero resulta que, muy pronto, todos los primos estaban peleados. Y unos lustros más tarde, decidieron desafiar la sostenibilidad ambiental construyendo una torre tan alta que llegara hasta el cielo.
Antes, para mí la lluvia era la felicidad; ahora es el fracaso bíblico de Noé
Sí, los del arca y los de la torre de Babel son los mismos tarados: nosotros, la humanidad entera. Así que de nuevo Dios nos maldijo por tanta soberbia e inconsciencia y nos condenó a no entendernos y a seguir provocando desastres. Lo que, como se puede apreciar, ha llegado hasta hoy.

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Y nada. Que antes, cuando se abrían las compuertas del cielo, me sentía en la gloria. Aspiraba el aroma de la tierra mojada y el de los adoquines de las calles de París en los cuadros de Caillebotte y demás. Ahora, solo pienso en el arca y en Babel, en ese dios cabreado que dio a Noé una oportunidad de empezar desde cero. Pienso en el fracaso de la humanidad, en esa madre tierra que nos parió y en ese dios padre que, pese a sus altísimas capacidades, nunca consiguió enderezarnos.
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