La persistente y luminosa idea de la democracia
Por Josep Vicent Boira Maiques — Portada

Catedrático de Geografía Humana de la UV
La persistente y luminosa idea de la democracia
el ruedo ibérico
19/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Solo desde la ofensa a los que nos precedieron en este mundo tenemos derecho a pensar que hoy vivimos en la peor de las situaciones posibles. Solo desde la desconsideración a las víctimas tenemos derecho a decir que el futuro es más negro cada día. Solo desde el desconocimiento del pasado podemos abandonar la lucha por la persistente y luminosa idea de la democracia.
En 1941, hace exactamente 85 años, Reynal & Hitchcock publicaba en Nueva York el libro de Irwin Edman, con la colaboración de Herbert W. Schneider, titulado Fountainheads of freedom. The growth of democratic idea, que podríamos traducir por el poético y sensorial título de “manantiales de libertad”. El libro apareció en un momento especialmente delicado: hace 85 años la democracia parecía vivir sus últimos estertores. No solo no era el régimen político dominante en el globo, sino que los pocos estados que la defendían estaban bajo el fuego real de sus enemigos.

Un sencillo cálculo a partir de la serie de datos procedentes de la reconstrucción histórica utilizada por Our World in Data/Polity y Wimmer & Min (Wikimedia Commons), nos dice que un 90% de la población del planeta vivía en 1941 bajo regímenes y estructuras de poder que de ninguna manera podían ser clasificados como democráticas. La gran mayoría de habitantes de la tierra vivían sometidos a dictaduras, autocracias, anocracias o gobiernos coloniales.
Pongámonos en la piel de una de aquellas personas sometidas que vivía en los poblados de África, en los manglares del golfo de Indonesia, en los arrozales de Indochina o en la ribera del Ganges o bajo el dictado de Hitler, Mussolini, Stalin, Franco o Salazar o cualquiera de los regímenes dictatoriales de carácter militar o monárquico existentes. Por no hablar de quienes sobrevivían en la Francia de Vichy, en la Polonia dividida y borrada del mapa de las naciones por la ocupación alemana y soviética, en la desintegrada Yugoslavia o en países como Noruega, Dinamarca, Bélgica o los Países Bajos, que, pese a tener instituciones democráticas, estaban ocupados militarmente. ¿Estamos peor que ellos?
Creo en el impulso íntimo del ser humano de defender los principios de justicia, libertad e igualdad
Decididamente, hace 85 años, el mundo no estaba mejor que hoy. En ese ambiente de asedio a la democracia, el libro de Edman y Schneider tenía el objetivo de recordar la importancia del ideal democrático asentado en los principios de libertad, justicia e igualdad. “Porque el miedo a perder la democracia es tan urgentemente actual, que olvidamos con qué frecuencia ha sobrevivido”. Esta frase que deberíamos hacer nuestra incitó a los autores a recoger testimonios en defensa de la libertad y la justicia escritos durante miles de años de historia de la humanidad, desde los antiguos profetas de Israel hasta Thomas Hobbes, de Heródoto y Cicerón a Giuseppe Mazzini, de John de Salisbury a John Dewey, de Marsilio de Padua a George Bernard Shaw… Procedentes de culturas diversas, de educaciones distintas, de entornos diferentes, Edman y Schneider recopilaron cientos de fragmentos en las 567 páginas de su magnífico libro Manantiales de libertad, como las frescas aguas de un río que se renueva constantemente.
Nuestra preocupación por el futuro de la democracia no debería hacernos olvidar la persistente y luminosa idea de la democracia y el tenaz impulso que ha acompañado a generaciones de seres humanos que han visto en alguna de sus manifestaciones (la compasión, la lucha contra la injusticia, el amor al prójimo, la liberta de expresión, la prensa libre, la igualdad de condiciones, la caridad, la justicia social, la propiedad compartida, la fraternidad de géneros y de personas, la solidaridad y el amparo…) la chispa que ha alimentado la esperanza de una vida mejor, de una vida justa y que, tras cada golpe, ha renacido con tesón bajo condiciones de reconstrucción, de reforma o de revolución.

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Esta aspiración certificada por cientos de testimonios ¿por qué debería ser abandonada ahora? ¿Qué razón impide que en 2026 seamos menos capaces que en 1941 de confiar en la luminosa idea de la democracia? Inspirados por el ejemplo de generaciones de humanos que lucharon contra el despotismo, la injusticia y el poder desmedido de reyes y tiranos, ahora es tiempo de confiar en este impulso histórico perdurable que renace, bajo cada aparente fracaso, cada vez de manera distinta a su precedente, pero más depurada, perfecta y consciente. Es nuestro deber reinterpretar este impulso para adaptar sus dos ideas principales, la libertad y la igualdad, a los tiempos actuales. Ambos principios emergen periódicamente porque el uno sin el otro no es nada. Anatole France ya recordó que los pobres son tan libres como los ricos para dormir debajo de un puente.
El mejor argumento que certifica la continuidad de la persistente y luminosa idea de la democracia es que, incluso sus enemigos más acérrimos cometen sus sacrilegios en su nombre y buscan todo tipo de justificaciones para tales violaciones. Por el contrario, yo creo en el impulso íntimo y profundo del ser humano de defender los principios inviolables de justicia, libertad e igualdad. En tiempos oscuros como los nuestros, es oportuno volver la vista atrás y recordar que incluso en los peores momentos de la humanidad, la persistente y luminosa idea de la democracia siempre ha resurgido, mejorada y resplandeciente, incluso de sus propias cenizas. Su ideal está demasiado arraigado en la historia y en la naturaleza humana como para perecer del todo y para siempre.
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