La pequeña localidad de montaña de calles empedradas, tejados de pizarra y ubicada en lo más alto del Pirineo aragonés

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Por Elena Segura — eldiario.es – eldiario.es

La pequeña localidad de montaña de calles empedradas, tejados de pizarra y ubicada en lo más alto del Pirineo aragonés

En aragonés se llama Sarllé, pertenece al municipio de Benasque y debe su fama de techo del Pirineo aragonés a sus 1.540 metros sobre el nivel del mar

Los restos del monasterio medieval de Euskadi que permanecen junto a una ruta de senderismo en la Sierra de Toloño

Quien sube desde Benasque lo sabe antes de llegar. En una de las últimas curvas, un cartel avisa de que el viajero está a punto de entrar en el pueblo más alto del Pirineo aragonés. Son apenas siete kilómetros de ascenso y curvas cerradas desde el fondo del valle, después de haber cruzado el congosto de Ventamillo, el estrecho desfiladero que cierra por el sur el acceso al valle de Benasque. Arriba espera Cerler, un puñado de casas apiñadas que durante siglos vivió de espaldas al mundo.

En aragonés se llama Sarllé, pertenece al municipio de Benasque y debe su fama de techo del Pirineo aragonés a sus 1.540 metros sobre el nivel del mar. El título tiene letra pequeña, ya que ni siquiera es el pueblo más alto de Aragón, cuyo mérito corresponde a Valdelinares, en la sierra turolense de Gúdar, a unos 1.695 metros.  

Un pueblo de pastores sin carretera

El pueblo de Cerler aparece en documentos desde la Edad Media, pero hasta los años setenta del siglo pasado apenas era un grupo de casas de difícil acceso. Su economía fue durante siglos ganadera, con un breve paréntesis minero. En los años treinta, La Industrial Química de Zaragoza abrió una mina de pirita a las afueras del pueblo, y de ese mineral llegó a obtener oro en su planta de Zaragoza. Es el único sitio del Pirineo donde se sabe con certeza que se ha encontrado. La explotación arrancó en 1935 y la Guerra Civil la paralizó al año siguiente. Nunca volvió a funcionar.

Buena parte de la memoria escrita del pueblo, ya que los archivos de Cerler fueron destruidos durante la guerra, pero sobrevivió la piedra. El casco antiguo se organiza alrededor de la parroquia de San Lorenzo y está levantado con piedra, madera, forja y pizarra, los materiales de siempre en el valle. Entre sus calles aparecen casas nobles del siglo XVI y construcciones aún más antiguas, un conjunto que se conservó en parte gracias al aislamiento; la carretera que lo une con Benasque no llegó hasta 1967.

Pasear hoy por el pueblo viejo es recorrer callejas estrechas, portalones de madera, balcones de forja y tejados oscuros que se cubren de blanco buena parte del invierno.

El 26 de diciembre que lo cambió todo

Aramón-Cerler

Aramón-Cerler

El giro llegó con la nieve convertida en negocio. El proyecto se fraguó en los años sesenta, cuando Cerler fue declarado Centro de Interés Turístico Nacional en 1966 y al año siguiente se abrió la carretera que lo conectaba con Benasque. El 26 de diciembre de 1971 los primeros esquiadores estrenaron las pistas.

Con la estación llegaron los hoteles y apartamentos. El resultado es un pueblo partido en dos: a un lado de la carretera, el casco antiguo, muy cuidado y restaurado; al otro, un ensanche de apartamentos y hoteles que se extiende hasta la base de las pistas. Esa dualidad resume bien el dilema de tantos pueblos de montaña. Mientras que, por una parte, el turismo trajo empleo y actividad a un lugar que durante siglos vivió del ganado; por otro, transformó su paisaje.  

Rodeado de gigantes

Glaciar de Aneto

Glaciar de Aneto

Lo que atrae a la mayoría de visitantes no está en el pueblo, sino alrededor. La estación se encuentra rodeada por las cumbres más altas de la cordillera, como el Aneto, el Posets, la Maladeta o el Perdiguero. Su techo es el pico Gallinero, a 2.630 metros, y sus 1.130 metros de desnivel la sitúan entre las estaciones con mayor desnivel del Pirineo. Por ella pasan cada año más de 300.000 esquiadores, en un entorno con más de 60 cimas que superan los 3.000 metros. Desde el sector del Rincón del Cielo, un mirador natural a unos 2.300 metros, se alcanzan a ver el Aneto o el Turbón.

Pero Cerler no es solo invierno, ya que en otras estaciones, las mismas laderas se llenan de senderistas y ciclistas, y los alrededores del pueblo ofrecen algunas de las mejores vistas del valle del río Ésera.

A las puertas de un parque natural

Cerler es también la antesala del Parque Natural Posets-Maladeta. Las Cortes de Aragón lo protegieron por ley en junio de 1994 y en 1998 le dieron la categoría de parque natural. Ocupa 33.474 hectáreas, más una zona periférica de 5.294, repartidas entre Gistaín, San Juan de Plan, Sahún, Monanuy y Benasque, el municipio al que pertenece Cerler. Europa lo reconoce además como zona de especial protección para las aves y lugar de importancia comunitaria.

Más del 70% de su superficie está por encima de los 1.800 metros. Los antiguos glaciares dejaron valles en forma de U, grandes circos y numerosos ibones, como se llaman en Aragón los lagos de montaña de origen glaciar. Cuando esos ibones se van rellenando de sedimentos y restos vegetales, se convierten en tuberas, que en la zona se conocen como mollars.

Su rincón más curioso es el Forau de Aigualluts, una sima donde se pierde buena parte del agua de deshielo que baja de los glaciares del macizo. Tras recorrer unos cuatro kilómetros bajo tierra, reaparece en el valle de Arán y acaba en el Garona, rumbo al Atlántico, en lugar de seguir hacia el Mediterráneo.

Fonte: eldiario.es – eldiario.es

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