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Laura Freixas Revuelta

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La Joven Guardia Roja 19/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Una de las escenas que más me impactaron en mis años universitarios tuvo lugar en una iglesia de Sants, en 1976. Todo empezó cuando una estudiante de mi facultad –Derecho–, de un curso superior, contactó con algunos pipiolos de primero, convocándonos a una misteriosa “charla”. Tuvimos que tomar precauciones de película de espionaje: ir separados, hacer transbordos absurdos en el metro… para llegar a una salita prestada por un cura rojo. Nos convocaba uno de esos grupúsculos que proliferaban en esos años, los setenta: la Joven Guardia Roja, sección juvenil del maoísta Partido del Trabajo.

Me impresionó la clandestinidad, la sensación de peligro, lo importantes que nos hacía sentir a esos estudiantillos hijos de papá que éramos. También la convicción absoluta con que nuestro anfitrión, un jovencito mortalmente serio, nos hablaba de la Revolución, que según él iba a estallar en cuestión de meses, o quizá semanas… Le escuchábamos embobados, con una mezcla de vértigo y euforia (y la credulidad de nuestros pocos años). Pero este verano, visitando China, el país en que por entonces triunfaba “la Joven”, como la llamaban los entendidos, me he dado cuenta de que, de aquella charla, lo que más me sedujo fue otra cosa.

   
    Jade Gao / Afp

China era entonces (después lo sería Cuba, después Nicaragua) la encarnación de la utopía, del comunismo heroico y noble en el queríamos creer, y que la Unión Soviética había traicionado. Luego… Luego terminamos la carrera, aterrizamos en el mundo ­real y dejamos la utopía en el ­trastero.

Entre tanto, China se ha ido transformando, de un país agrario, analfabeto y miserable en otro modernísimo, tecnológicamente avanzado y donde todo el mundo –mil cuatrocientos millones de personas– sabe leer y escribir y come. “¡Un país en que el comunismo funciona!”, exclamó, feliz, cuando se lo contamos, la tía de mi compañero, una señora de noventa y dos años, con carnet del PCE desde que tenía quince…

En China recordé una reunión con jóvenes maoístas barceloneses, y qué me sedujo de ellos

¿Comunista, China?… Es verdad que el Partido de ese nombre lleva gobernando desde 1949, pero ha llovido mucho desde la muerte de Mao en 1976. De Deng Xiaoping, alias Deng Shopping, a Xi Jinping, los nuevos dirigentes permitieron la propiedad privada y el mercado. ¿No era una traición al marxismo? Oh, solo provisional: cuando a Xi le preguntaron cuánto calculaba que duraría la desigualdad que el mercado genera, contestó que, bueno, unas docenas de generaciones… En China he leído dos libros de una autora que vive ahora en Occidente: Jung Chang. Tanto en Cisnes salvajes, historia de su familia, como en su biografía de Mao queda al descubierto el inmenso coste para el país y sus gentes que supuso el maoísmo. Guerra, ejecuciones, torturas, hambruna, millones de muertos… Con la contribución entusiasta de “la Joven”, artífice de una llamada “Revolución Cultural” instrumentalizada por Mao en las luchas internas del Partido.

También he leído una novela famosa, Shanghai Baby (1999), de Wei Hui: el retrato de una generación, la de la autora (nacida en 1973), de jóvenes urbanitas que no piensan más que en amor y sexo, dinero y fama. Ni rastro de socialismo; podría pasar en Nueva York… o en la millor botiga del món, Barcelona. Al Partido no le gustó nada: tras constatar su éxito inmediato, la prohibió… sin lograr impedir que vendiera, al parecer, más de dos millones de ejemplares. Sin duda captaba el espíritu de la época.

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En China recordé aquella reunión con jóvenes maoístas barceloneses, y entendí lo que más me había gustado de ellos: que tenían ideales. Querían dedicar su energía, su reflexión, su vida, a construir una sociedad mejor, no a decidir si es preferible un novio muy amoroso, pero al que no se le levanta, o un amante casado que folla como los dioses (nudo argumental de Shanghai Baby )…

Ya hemos visto qué resultado da el comunismo en el mundo real. No seré yo quien lo defienda. Pero confieso que aún echo de menos que entre el idealismo que provoca hecatombes y el vivir bien mirándose el ombligo… existiera otra cosa.

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