La insostenible estrategia de Trump para la inteligencia artificial

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Por The Economist — Portada

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¿“Fuerza de Superinteligencia”?

El deseo del presidente de impulsar la tecnología choca con la realidad política

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto a los principales líderes tecnológicos en la Sala Este de la Casa Blanca el 29 de septiembre 

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto a los principales líderes tecnológicos en la Sala Este de la Casa Blanca el 29 de septiembre 

Jonathan Ernst / Reuters

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09/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

La glamurosa presentación en Washington el 29 de septiembre para lanzar America.gov tuvo más en común con el estreno de un iPhone que con el anuncio de una web gubernamental. Los responsables aseguraron que el nuevo portal, impulsado por grandes modelos lingüísticos de Google y SpaceXAI, transformaría la forma en que los estadounidenses acceden a los servicios federales. Rubio, el secretario de Estado, subió al escenario con la seguridad de un Steve Jobs trajeado y explicó cómo un chatbot de inteligencia artificial (IA) pronto facilitaría a los estadounidenses la obtención del pasaporte.

A la fiesta le siguió un almuerzo en la Casa Blanca con líderes tecnológicos para firmar una “constitución” con la que se comprometen a autorregularse y, posteriormente, el anuncio, el 4 de octubre, de una “Fuerza de Superinteligencia”, adoptando el término para la IA que Trump ha decretado ahora por orden ejecutiva. Jay Clayton, director de inteligencia nacional, estará al frente de la fuerza, coordinando la relación del Gobierno no solo con empresas de inteligencia artificial y operadores de infraestructuras, sino también con consumidores y grupos religiosos.

Todo esto forma parte del nuevo intento de Trump de convencer a los estadounidenses escépticos de los beneficios de la inteligencia artificial. Es una tarea de gran importancia. El presidente es reacio a frenar el auge de la inteligencia artificial, que el 6 de octubre llevó a los mercados estadounidenses a máximos históricos.

Donald Trump junto al secretario del Tesoro Scott Bessent 
Donald Trump junto al secretario del Tesoro Scott Bessent  Brian Snyder / Reuters

Sin embargo, casi ocho de cada diez estadounidenses quieren que el desarrollo de una inteligencia artificial poderosa se ralentice o se detenga, incluidos los republicanos. Más del 90% quiere que se establezcan límites a esta tecnología. Trump no está por la labor. En las últimas semanas ha calificado las preocupaciones de bulo, ha criticado las leyes propuestas por considerarlas intentos de “reprimir” la inteligencia artificial y ha alabado la “enorme autorregulación” de las empresas. Pero, a medida que los modelos más avanzados mejoran y los votantes se indignan, la postura de Trump se verá sometida a una presión cada vez mayor.

Varios grupos han competido por influir en la opinión del presidente. Dos de sus colaboradores más importantes, Scott Bessent, secretario del Tesoro, y Susie Wiles, jefa de gabinete de la Casa Blanca, llevan tiempo siendo conscientes de los riesgos de la inteligencia artificial, estando Bessent especialmente preocupado por la posibilidad de que modelos defectuosos puedan provocar el caos en el sistema financiero de Estados Unidos. Directivos tecnológicos como Dario Amodei, responsable de Anthropic, una destacada empresa de inteligencia artificial, y Demis Hassabis, cofundador de Google DeepMind, han abogado por una mayor regulación y legislación.

El mensaje de otros líderes tecnológicos ha sido más confuso. Altman, director ejecutivo de OpenAI, principal competidor de Anthropic, ha expresado públicamente su acuerdo con la petición de Amodei de frenar el desarrollo de la inteligencia artificial. Sin embargo, Brockman, presidente de OpenAI, ha donado grandes sumas a Leading the Future, un Super PAC que ha tratado de debilitar la regulación a nivel estatal. Musk, al frente de SpaceXAI, quiere que los laboratorios revisen los modelos de los demás, pero también ha mostrado públicamente su apoyo a la postura de Amodei.

Casi ocho de cada diez estadounidenses quieren que el desarrollo de una IA poderosa se ralentice o se detenga, incluidos los republicanos

Sin embargo, hasta ahora han predominado quienes presionan con firmeza en la dirección contraria, en contra de la regulación. Este grupo incluye a David Sacks, un inversor de capital riesgo que asesora a Trump en cuestiones de IA, así como a Jensen Huang, el carismático director de Nvidia —una empresa de chips cuyos productos han impulsado el auge de la inteligencia artificial— y a Mark Zuckerberg, cofundador de Meta.

El sector contrario a la regulación expone una avalancha de motivos para que Trump se contenga: aseguran que los riesgos existenciales están sobredimensionados, que la normativa vigente es suficiente y que una regulación precipitada pincharía el auge de la inteligencia artificial en Estados Unidos, contribuiría a un desplome y haría que el país quedase rezagado respecto a China. Incluso aunque Estados Unidos lograse diseñar normas sensatas, sostienen los escépticos de la regulación, el Gobierno federal nunca podría permitirse el talento necesario para evaluar modelos que cambian tan rápido. Una fuente interna comenta que la colaboración de Anthropic con Accenture, una consultora, para evaluar sus modelos, asciende a 2.000 millones de dólares en cinco años. El presupuesto anual de CAISSI, el organismo público de seguridad para la IA, es de 15 millones de dólares.

Estos argumentos contribuyeron a desmantelar una orden ejecutiva respaldada por Bessent y Wiles este verano, que habría reforzado la regulación de la inteligencia artificial. En la comida con los directivos tecnológicos el 29 de septiembre, Trump estuvo acompañado por Huang y Musk, mientras que Amodei fue relegado casi al final de la mesa. El acuerdo firmado con las empresas, que Trump calificó de “vinculante moralmente”, incluye el compromiso de establecer “controles internos sólidos” para evitar ciberataques y otras conductas indebidas, así como colaborar con auditores independientes para supervisar dichos controles. En la práctica, el acuerdo aporta poco a lo que la mayoría de las empresas ya estaban haciendo.

El Project Stargate AI, en Texas, infraestructura central para la IA con centros de datos avanzados y fruto de la colaboración y una inversión conjunta entre OpenAI, SoftBank y Oracle.
El Project Stargate AI, en Texas, infraestructura central para la IA con centros de datos avanzados y fruto de la colaboración y una inversión conjunta entre OpenAI, SoftBank y Oracle. Daniel Cole / Reuters

Una posibilidad es que Trump redoble su oposición a la regulación, vete cualquier nueva ley y utilice el poder ejecutivo para mantener a las empresas de IA bajo un control estricto. Ya ha demostrado estar dispuesto a ejercer autoridad presidencial en ciertas ocasiones. La Comisión Federal de Comercio ha iniciado una investigación sobre Anthropic, OpenAI y varias otras empresas de IA, así como sobre METR, una destacada organización sin ánimo de lucro que evalúa modelos, por posibles prácticas “desleales o engañosas”. Según personas familiarizadas con el proceso, Anthropic y OpenAI solicitan ahora la aprobación de la administración para nuevos usuarios de los modelos más avanzados cada semana, lo que equivale prácticamente a un régimen de licencias. AISI, el prestigioso instituto británico de seguridad, fue recientemente excluido del acceso anticipado tras la petición de la administración de que los evaluadores estadounidenses tuvieran prioridad.

La Casa Blanca quiere evitar redactar “un gran libro de normas” que pueda ser mal utilizado por la próxima administración, afirma Janet Kelly, de la Alianza por un Futuro Mejor, un grupo de presión conservador. Supervisar la inteligencia artificial mediante acciones ejecutivas puntuales sería un instrumento más flexible y arbitrario que una ley del Congreso, lo que permitiría a Trump castigar a algunas empresas mientras favorece a otras de su agrado, como Nvidia. En los últimos seis meses, las empresas que lideran el auge de la inteligencia artificial han impulsado más de la mitad de la subida del S&P 500.

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Sin embargo, este enfoque puede estar agotando su tiempo. La oposición política a la inteligencia artificial va en aumento, incluso entre los propios simpatizantes del presidente, que llevan tiempo criticando a las empresas tecnológicas por la seguridad de los menores y la censura. Como muestra del giro en el ambiente, Brockman ha decidido no aportar otros 25 millones de dólares a Leading the Future, tras la fuerte oposición del personal de OpenAI. Más allá de la Casa Blanca, el impulso para una intervención está ganando fuerza en la capital. “Si hay algo en lo que estamos de acuerdo ahora mismo en Washington es en que sabemos que tenemos que actuar”, dice Kelly. Ya hay miembros de ambos partidos que han presentado iniciativas legislativas para endurecer la regulación. Si los demócratas ganan tanto la Cámara de Representantes como el Senado en las próximas elecciones legislativas del mes que viene, el Congreso podría moverse con más contundencia. Y si el Congreso no actúa, serán los estados los que intervengan, señala Kelly, lo que daría lugar a un mosaico de leyes.

Trump ha dejado abiertas sus opciones. Michael Kratsios, su asesor en ciencia y tecnología, intervino en las Naciones Unidas el 23 de septiembre y criticó la idea de establecer acuerdos globales para controlar la inteligencia artificial. Sin embargo, reconoció que el Congreso iba a “legislar y regular”. El acuerdo de la Casa Blanca con las empresas tecnológicas contemplaba esa posibilidad. “Con el tiempo”, señalaba, “podría tener sentido plasmar estos pasos en leyes o normativas”. El presidente siempre ha sido un navegante excepcionalmente hábil de las corrientes políticas. Sin embargo, pocos temas han experimentado un cambio de opinión pública tan rápido como la inteligencia artificial, una tecnología que ha alcanzado un grado de madurez sin precedentes. Eso podría dejar incluso a Trump sin rumbo.

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