La generación que quiere aburrirse frente a la vida trepidante de Michael Douglas
Por Use Lahoz — Portada
La generación que quiere aburrirse frente a la vida trepidante de Michael Douglas
Líos modernos
‘Rawdogging boredom’, la paradoja de la dopamina actual que rebate la estrella de Hollywood, que a los más de 80 años presume de haberlo hecho todo

Hay una nueva tendencia entre los jóvenes llamada ‘rawdogging boredom’ para aburrirse
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Use Lahoz
16/10/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Hay una nueva tendencia entre los jóvenes llamada rawdogging boredom (aburrimiento a pelo, en su traducción más descarnada), y que consiste en sentarse sin móvil, sin música, sin pódcast, sin serie, sin libro (qué atrevimiento) y sin ninguna otra sustancia estimulante, y aguantar minutos y minutos, e incluso horas, mirando al vacío. Dicen que es para recuperar la capacidad de no hacer nada y demostrar que aburrirse es una práctica saludable. Algunos incluso lo graban y lo suben a TikTok, lo que quizá sea la manera más contemporánea de no hacer nada. Han descubierto el aburrimiento como quien tiene una epifanía.
Una chica de 19 años se sentó en la alfombra de su habitación en chándal y con cara de no haber entendido todavía qué estaba pasando, puso un cronómetro y se quedó allí quince minutos. Diez millones de personas vieron el vídeo. Otros participantes se graban durante una hora. Otra chica llegó a quedarse dormida a los 35 minutos de un reto de dos horas y otra confesó que, después de cinco minutos en blanco, se le estaban poniendo los ojos bizcos.
Han descubierto el aburrimiento como quien tiene una epifanía
Estos chicos son poetas: convierten el aburrimiento en contenido. En el lado opuesto, hay quien convierte la imposibilidad de aburrirse en una forma de vida, por ejemplo Michael Douglas, el que fuera considerado un nepo baby antes de que se inventara el término. A sus 82 años, acaba de publicar One Helluva Ride (Menudo viaje, podría traducirse, entre increíble e infernal), unas memorias a modo de inventario de una vida exprimida sin levantar el pie del acelerador: actor, productor, hijo de Kirk Douglas, padre de tres hijos, dos matrimonios, innumerables amantes, cocaína, alcohol, Hollywood, problemas familiares, cáncer, éxitos, fracasos y una colección de películas que explican buena parte de cómo hemos imaginado el deseo, el dinero, el poder y el peligro durante las últimas décadas.
Douglas representa, en ese sentido, los líos modernos de cada época. Se puso en la piel de tantos, como el ambicioso Gordon Gekko, un corredor de bolsa que andaba por ahí repitiendo: “la avaricia es buena”, capaz de hacer cualquier cosa (comerciar con información privilegiada ilegal, por ejemplo) por llegar a la cima en la película Wall Street, cuando el dinero parecía una forma de masculinidad. Fue el hombre de Atracción fatal, al que una aventura ocasional le sale más cara de lo que esperaba, no sabía que el buen sexo puede convertirse en ominosa amenaza; o el inspector de Instinto básico, cuando Hollywood todavía podía escandalizar a través de un seductor que vuelve a caer en sus adicciones (casualmente alcohol, drogas y sexo) y a sufrir las consecuencias de una vida que había transcurrido deprisa, deprisa.

Los jóvenes de hoy practican el rawdogging boredom. Douglas pertenece a una generación que hizo exactamente lo contrario. En un estupendo artículo en el New York Times de Elisabeth Egan titulado “Ignora las groserías. ¿Podría Michael Douglas estarse ablandando?”, se hace un recuento del libro, donde el famoso actor se sincera y cuenta cosas como que un mediodía, tras una noche dura, llegó a despertarse con el tubito de la coca todavía en la nariz. En otra ocasión aventuró que su cáncer de lengua debía de estar por fuerza relacionado con su vocación por el sexo oral.
Michael Douglas nació con una dulce condena: tener que demostrar que no era Kirk Douglas. Su padre no era solo un actor famoso, era una leyenda de Hollywood, un hombre de presencia gigantesca en las películas y, según cuenta ahora su hijo, también en casa. Douglas recuerda su ira y la violencia física de aquella educación. “La volatilidad de papá nos mantenía en vilo”, escribe. En una entrevista con Diane Sawyer para ABC, explicó que Kirk pertenecía a una generación en la que si hacía falta “te daban una buena bofetada”.

Las memorias cubren dos generaciones de celebridades de Hollywood; dos matrimonios (uno turbulento; otro con Catherine Zeta-Jones, que es “una alegría y un consuelo”), tropecientos deslices (con Brenda Vaccaro, Jeanne Tripplehorn, Kathleen Turner, la escritora de opinión del Times Maureen Dowd, una soldado israelí que conoció al costado de la carretera, etc, etc, etc); muchas drogas (incluyendo, como puntualiza Egan, maletas cargadas de marihuana con la que Douglas sufragó sus últimos dos años en la Universidad de California) y la paternidad, relatada con una sinceridad asombrosa, sobre todo al hablar de su hijo Cameron, que estuvo preso por traficar con drogas y que escribió unas memorias mucho antes que él. “No estuve muy atento, así que me siento culpable con Cameron”, le dice Douglas a Elisabeth Egan refiriéndose a los años difíciles en los que él y su primera esposa, Diandra Luker, vivían alejados.
Cuando Michael Douglas se convirtió en actor, una de las veces que tuvo que demostrar que podía ser algo más que el hijo de Kirk Douglas fue cuando produjo Alguien voló sobre el nido del cuco. La película, que el mes pasado celebró su 50 aniversario, está basada en la novela de Ken Kesey de 1962. Recién salido de su éxito en Espartaco, Kirk Douglas había adquirido los derechos de la novela y llegó a interpretar a McMurphy (personaje principal) en un montaje teatral de Broadway de 1963. Michael Douglas, por su parte, leyó la novela Cuckoo’s Nest en la universidad. “Leerlo y ser un hippie en ese momento, con los psicodélicos por medio, era una especie de Biblia para nosotros”, dijo en una entrevista al corresponsal de The Guardian en Washington David Smith.

La juventud de Michael Douglas estuvo marcada por la guerra de Vietnam y por el espíritu rebelde de una generación que cuestionaba el sistema. Durante su época de estudiante vivió en una comuna literalmente desnudo y una vez en que lo visitó su padre, a este le hizo gracia ver que el lugar no tenía inodoro. A los 31 años no le importó que su padre llevara años intentando llevar aquella historia al cine y la produjo él. Michael tuvo que comunicarle que tanto el estudio cinematográfico United Artists como el director Milos Forman consideraban que era demasiado mayor para el papel. El personaje acabó en manos de Jack Nicholson, que ganó el Oscar. Fue una declaración de independencia. Cuando Kirk vio la película terminada, admiró la interpretación de Jack Nicholson.
Michael obtuvo así el respeto de su padre, demostrando que era capaz de sacar adelante un proyecto que él no había conseguido. La película, a través del protagonista Randle McMurphy, representa la rebelión frente a un sistema autoritario que reprime la libertad, la individualidad y cualquier intento de escapar de las normas impuestas. Como señala el propio Douglas, la película sigue siendo actual porque plantea un conflicto universal: el del individuo frente a la máquina del poder. Douglas recuerda en The Guardian: “Le di mi padre la mitad de los beneficios de producción y así ganó más dinero con eso que con cualquier película que hubiera hecho en su carrera”.
Le di mi padre la mitad de los beneficios de producción y así ganó más dinero con eso que con cualquier película que hubiera hecho en su carrera”
Michael Douglas
Muy avanzado el artículo, Elisabeth Egan habla de la importancia del guionista Shane Salerno. En 2010 diagnosticaron a Douglas un tumor maligno en la base de la lengua. “Me preguntaba si se me había acabado la suerte”, escribe antes de añadir: “Hay algo en el cáncer que hace que la gente no quiera estar cerca de ti”. Le sorprendió la cantidad de gente que le rehuía sin saber qué decir. Superó la enfermedad tras recibir tratamiento de quimioterapia y radioterapia. Una de las personas que estuvieron ahí fue Salerno, que decidió apoyarle a base de mensajes en los que le fustigó recordándole que él no era más que un actor de televisión de segunda que siempre viviría a la sombra de su padre. “Traté de recordarle a Michael que cada vez que alguien le había dicho que no podía hacer algo, él les había demostrado que estaban equivocados”, dijo Salerno en una entrevista.
Tras meses de estas notas irreverentes, Douglas finalmente respondió: “¡Sigue enviándolas, hijo de puta!”. Luego confesó que estaba agradecido y conmovido y que aquellas palabras le habían ayudado mucho. Fue precisamente Salerno quien le planteó la idea de colaborar en unas memorias hace ahora una década, invitación que Douglas declinó entonces. Su padre, su madre y hasta su hijo habían escrito sus memorias, así que esperó hasta 2024 para ponerse a ello.

One Helluva Ride está lleno de rencores y escapadas: cuando Douglas volvió a descartar a su padre para el papel principal en Atrapado sin salida; cuando su primera mujer Diandra Luker le sorprendió con una amante en una habitación del Beverly Wilshire; la vez que consumió cocaína con OJ Simpson en una fiesta después de la fiesta de Saturday Night Live; la vez que insultó a Julia Roberts en términos lascivos en una fiesta de los Golden Globe; la vez que Debra Winger le mordió el brazo y le costó el papel protagonista de Tras el corazón verde, un papel que fue para Kathleen Turner, con quien Douglas no pudo evitar tener un romance en el set. De hecho, en el prólogo de las memorias, confiesa Douglas que tuvo que llamar a cada mujer involucrada para pedir permiso de compartir su historia.
Los jóvenes están intentando aprender a aburrirse. Michael Douglas, después de toda una vida corriendo, parece estar aprendiendo a dejar de competir. Y quizá aquí esté la pequeña moraleja de esta historia. Los jóvenes practican el rawdogging boredom para aprender a estar un rato sin estímulos. Michael Douglas ha necesitado 82 años y una vida entera a toda velocidad para descubrir que quizá tampoco haya que estar compitiendo todo el rato. Con el padre, con los compañeros, con las parejas, con uno mismo, con el éxito, con el tiempo. Quizá la clave para no aburrirse sea dejar de competir como fieras con los demás por cuatro cuartos.
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