La fecunda herencia de los antiguos conversos

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Por John William WilkinsonPortada

La fecunda herencia de los antiguos conversos

Baúl de bulos

Cambiar de fe o de ideología puede abrir las puertas a unas libertades desconocidas

Ilustración para el 'Baúl de bulos'

Ilustración para el ‘Baúl de bulos’

Martín Tognola

John William Wilkinson

John William Wilkinson

13/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Cuando a mediados del siglo XIX llegaron a Estados Unidos millones de irlandeses, en su gran mayoría católicos huyendo de la hambruna que asolaba su país ante la indiferente mirada de los británicos, que eran y habían sido durante siglos los despiadados amos de la isla, sonaron todas las alarmas entre los ya acomodados y ambiciosos wasps (los blancos anglosajones protestantes), que se creían -y siguen creyendo- los verdaderos amos de los Estados Unidos de América.

A los denostados irlandeses se les irían sumando los también católicos italianos y polacos, y en 1858 comenzó la construcción de la catedral de San Patricio, ¡en plena Quinta Avenida de Manhattan!, que se consagró en 1879. Menuda afronta al viejo establishment protestante: era como si ahora se construyera una enorme mezquita en pleno paseo de Gràcia de Barcelona. 

En 1961, llegó a la Casa Blanca John F. Kennedy, el primer presidente católico y, cómo no, de ascendencia irlandesa. Su presidencia coincidió con los nuevos aires del papado de Juan XXIII. No había hogar irlandés que no contara con retratos de ambos mandatarios. Joe Biden, también de ascendencia irlandesa, sería el segundo presidente católico.

El vicepresidente de Trump, J.D. Vance, de ascendencia hillbilly, se convirtió al catolicismo en el 2019 y, hace poco, incluso se atrevió a darle lecciones sobre teología a nada menos que a León XIV, el primer Papa estadounidense. Ahí es nada. Pero si a lo largo de los siglos lo han tenido crudo los católicos en el mundo anglosajón, últimamente hay indicios de cambio, empezando por Andy Burnham, el flamante primer ministro británico, el séptimo desde el Brexit y el primer católico en quinientos años en ocupar el cargo.

Lo podía haber sido Tony Blair si no fuera porque esperó hasta después de salir del número 10 de Downing Steet para hacer público que había abrazado la fe católica de su esposa, Cherie, así añadiendo su nombre a una impresionante lista de conversos británicos.

Destaca el nombre del Cardinal Newman (1801-1890), brillante teólogo y pensador, que tanto tuvo que ver con la modernización de la enseñanza universitaria en su país. O el del irlandés Oscar Wilde, que se convirtió al catolicismo en su lecho de muerte en París, en 1900.

Entre los novelistas conversos habría que resaltar los nombres de G.K. Chesterton, Evelyn Waugh o Graham Greene cuyas obras nos plantean dudas sobre la fe, batallan con la conciencia y exploran los vericuetos de nuestra más recóndita intimidad.

A la hora de definir lo que distingue al protestante del católico, Waugh, autor de ¡Noticia bomba! o Retorno a Brideshead, lo expresó de esta escueta y maliciosa manera: El protestante va a misa porque se cree bueno, mientras que lo hace el católico porque se sabe pecador. La diferencia es fundamental… y muy revelador, máxime en la UE en la que persiste, pese a las apariencias, un velado enfrentamiento entre una y otra manera de concebir el cristianismo, por muy laico que sea. Y no es de extrañar al cabo de tantos siglos de guerras interminables y desconfianza mutua entre ambos.

Aun así, la fe del converso tiene mala prensa, pero, prejuicios aparte, habría que convenir en que también aporta muchas ventajas. Cambiar de fe o de ideología puede abrir las puertas a unas libertades desconocidas y dar la vuelta a unos estereotipos trasnochados. Ni los calvinistas del norte son tan laboriosos y ahorradores, ni los católicos del sur unos vividores manirrotos. Ya lo dijo Oscar Wilde: “Cada santo tiene un pasado y cada pecador un futuro”. Esperemos que también la UE.

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