La aldea de Lugo que conserva uno de los conjuntos arquitectónicos tradicionales más icónicos de Galicia
Por Sofía Toraya — eldiario.es – eldiario.es

El pueblo celta que permite a cualquier visitantes volver siglos atrás y sentirse en una verdadera película
La capital del noroeste de España que puedes recorrer cómodamente a pie y que es una de las ciudades Patrimonio de la Humanidad menos conocidas
En el extremo noroccidental de España se encuentra Galicia, una tierra envuelta en leyendas, naturaleza completamente verde y una gastronomía que rinde homenaje al producto local. Sin embargo, un error muy común entre los turistas es asociar la geografía gallega únicamente con sus rías, faros, concurridas playas y pueblos costeros, ya que de esta manera se ignora una parte importante del interior de la comunidad.
Tierra adentro, lejos de las corrientes y brisas marinas, el interior gallego acoge una gran cantidad de tesoros que permanecen en pie a pesar del paso del tiempo. Quienes optan por recorrer estas comarcas pueden descubrir joyas de un pasado medieval, entre ellas Allariz, Ribadavia, las callejuelas pétreas de Pazos de Arenteiro o, incluso en zona costera, el imponente monasterio de Oia junto al Atlántico. Más atrás en el tiempo, antes de la llegada de los romanos, aparece el Castro de Santa Trega, en A Guarda, testimonio del profundo arraigo celta que moldeó los orígenes de esta región.
Pero hay un rincón donde no solo parece haberse detenido el tiempo, sino que este ha quedado reflejado en sus edificaciones: Piornedo. Situado en el municipio de Cervantes, en la alta montaña de la provincia de Lugo, este pequeño enclave representa uno de los conjuntos arquitectónicos tradicionales más singulares de toda la península ibérica.
El aislamiento de la aldea
Piornedo se sitúa a más de 1.100 metros de altitud, encajado en la ladera de la sierra de Os Ancares. Su ubicación no es una coincidencia, sino una de las razones de su existencia y el motivo por el que, en pleno siglo XXI, mantiene este estado de conservación. La aldea es fronteriza con la reserva de la biosfera de Los Ancares Leoneses, marcando el límite natural entre Galicia y Castilla y León.
Por su ubicación en la montaña, la aldea queda bastante alejada de las carreteras principales. Si se parte desde Lugo capital, conocida por su muralla romana, el trayecto en coche dura poco más de hora y media. El viaje comienza por las grandes carreteras que rodean la ciudad, pero con el paso de los kilómetros empieza a adentrarse en vías de montaña estrechas y llenas de curvas, rodeadas por frondosos bosques de árboles característicos de la zona y grandes cumbres.
Por todo ello, para quienes se alojen en Lugo, una opción es planificar la visita como una excursión de un día entero. El propio trayecto en coche, con sus paisajes de montaña y sus carreteras tranquilas, forma parte de la experiencia de descubrir el corazón de los Ancares lucenses.
Las pallozas, figuras vivas de la época prerromana
El verdadero elemento que diferencia a la zona son las pallozas, las antiguas viviendas en las que vivían los habitantes de la época y que actualmente, en muchos casos, se utilizan como establo para los animales. Son construcciones de origen prerromano cuyo diseño muestra raíces de la Edad del Hierro, y las pallozas continuaron siendo habitadas hasta el siglo pasado.
Palloza Celta.
A simple vista, estas edificaciones muestran una construcción adaptada a los extremos climas de alta montaña. Su estructura es muy característica: cuentan con una planta ovalada o circular y muros bajos y muy gruesos para frenar el frío y los fuertes vientos del exterior. Lo más destacado es la cubierta elaborada con paja de centeno. Esta se hacía mediante una técnica de trenzado heredada de generación en generación, de forma que la nieve y la lluvia pudieran evacuarse con eficacia sin llegar a filtrar agua al interior.
El humo que se generaba dentro del hogar se filtraba a través de la paja, por lo que no era necesario construir una chimenea. Lejos de ser un defecto, este humo secaba la paja desde el interior, eliminando la humedad y protegiendo a los habitantes de diversas plagas.
El interior de la palloza tenía una funcionalidad comunitaria. Apenas había tabiques dentro del hogar y el espacio era compartido entre las personas y el ganado. Los animales, además de vivir en una pequeña parte del recinto, funcionaban como un sistema de calefacción natural que permitía calentar el espacio y soportar los largos y duros inviernos de la sierra gallega.
La vida en la aldea y la adaptación al frío entorno
Piornedo no es una réplica de un pueblo ni un espacio creado para turistas, sino una aldea en la que la gente continúa viviendo hoy en día. Eso no impide que pueda visitarse, pero conviene tener en cuenta que sigue siendo el hogar de varias familias. Cuenta con la máxima protección al estar considerado Bien de Interés Cultural, ya que conserva la forma en la que tradicionalmente se construía en la montaña.
Además de las pallozas, por sus inclinadas calles destacan otros tres elementos: sus característicos hórreos cuadrados de madera, sostenidos sobre fuertes patas de piedra para guardar y conservar la comida lejos de los roedores; las eiras —patios donde los vecinos cosechaban cereal—; y, por último, un sistema natural de fuentes, riachuelos y lavaderos que muestra cómo se aprovechaba el agua de la sierra.
Aldea de Pallozas.
Para entender cómo era la vida diaria de sus vecinos, una de las mejores maneras es visitar la Palloza-Museo Casa do Sesto. Esta casa-palloza estuvo habitada por una familia hasta el año 1970 y hoy se mantiene prácticamente igual que cuando sus últimos dueños la dejaron. En su interior no hay vitrinas modernas, sino que puede observarse la distribución real de una vivienda tradicional en la que convivían las personas y sus animales en el mismo espacio para resguardarse del frío.
Dentro de esta palloza se conservan los objetos originales que utilizaban para sobrevivir en un entorno tan aislado. Se pueden ver herramientas del campo, muebles hechos a mano, telares para confeccionar su propia ropa y utensilios de cocina tradicionales. Todo este conjunto muestra cómo los antiguos habitantes de los Ancares eran capaces de cubrir sus necesidades básicas por sí mismos, aprovechando únicamente la madera, la paja, la piedra y aquello que la naturaleza les ofrecía.
Visitar este lugar permite acercarse a una forma de vida muy diferente a la actual. Recorrer Piornedo no consiste únicamente en hacer turismo, sino también en conocer de primera mano cómo ha evolucionado la forma de vida de sus habitantes con el paso del tiempo. Caminar por sus calles ayuda a comprender la fuerza de una comunidad que aprendió a salir adelante en la montaña, descubriendo la historia que guardan sus casas tradicionales y la sencillez de los utensilios que utilizaban en su día a día.
Fonte: eldiario.es – eldiario.es