Jerez, la ciudad del vino que se rebela ante la demolición de bodegas para construir pisos turísticos

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Por José María Sadiaeldiario.es – Cultura

Jerez, la ciudad del vino que se rebela ante la demolición de bodegas para construir pisos turísticos

Los historiadores se encuentran “en pie de guerra” ante el derribo de un edificio de 1870, alertando de la progresiva pérdida del patrimonio bodeguero: “Cuando tiramos estos edificios, perdemos nuestra identidad”

Dos décadas de lucha para evitar que los apartamentos turísticos destruyan una ciudad fenicia de hace 3.000 años

“En Jerez nos hemos identificado con una arquitectura bodeguera, aunque ya no huela a vino en las calles de la ciudad”. En una sola frase, el historiador del arte José Manuel Moreno Arana describe la evolución en el último siglo de la ciudad más poblada de Cádiz (213.634 habitantes), una de las grandes capitales del vino en España. El declive de su industria vinícola desde los años ochenta ha propiciado la progresiva desaparición de esa arquitectura autóctona a la que se refiere Moreno Arana. Más de 800 bodegas han ido desapareciendo, según el estudio de dos arquitectos locales que el experto Jesús Caballero pide hacer público. El último episodio de esta pérdida es el inminente derribo —otro más— de un casco bodeguero de 1870 en el centro de Jerez para la construcción de apartamentos turísticos.

“Los historiadores estamos en pie de guerra”, reconoce Caballero. La ciudad que invita al visitante a conocer su pasado vinatero parece ahora estar silenciando su propia historia. Jesús Caballero, que dedicó su tesis doctoral a la arquitectura y el urbanismo del siglo XIX, habla con pasión del desarrollo de la ciudad. “Gracias a la prosperidad de aquella época, Jerez tenía un cinturón industrial bodeguero que hoy prácticamente se ha perdido”, lamenta. El historiador apunta a dos causas. La primera tiene que ver con los cambios sociales. “La industria del vino de Jerez ya no es lo que era; en el siglo XIX todo el mundo bebía vino, pero hoy ya no”, compara. Caballero evoca aquella gran expansión del sector, motivada por la exportación masiva a Gran Bretaña. Allí, el sherry —como se había popularizado el jerez entre los ingleses— se convirtió en uno de los vinos más consumidos.

La moda británica se fue enfriando y la progresiva caída de la producción en el siglo XX hizo que las bodegas fueran perdiendo protagonismo durante el desarrollismo franquista y las décadas posteriores. El golpe de gracia llegó —precisa Caballero— a partir de 2008, con el boom del ladrillo. “La especulación tan grande que hubo hizo que se derribasen muchísimos cascos bodegueros”, constata. La revolución del vino engrandeció el patrimonio que ya existía en Jerez. “A diferencia de otros lugares de España y del resto del mundo, donde las bodegas son subterráneas, el vino en Jerez se elabora en superficie”, precisa José Manuel Moreno Arana. Por eso, “se construyeron edificios monumentales, de gran altura, vinculados a la forma de producir el vino y también al clima”, detalla.

Bodega que se derruirá para la construcción de pisos turísticos en la calle Circo de Jerez.

Bodega que se derruirá para la construcción de pisos turísticos en la calle Circo de Jerez.

¿Puede existir un valor artístico en una construcción de uso industrial? “Se habla incluso de las bodegas catedrales, divididas en varias naves, que pueden recordar la arquitectura religiosa: edificios sostenidos por pilares, con grandes cubiertas de madera y tejas”, responde el historiador del arte. Un arquitecto de origen valenciano, José Esteve, dejó claramente su impronta en el urbanismo de la ciudad, con obras que abarcan desde la arquitectura religiosa hasta otras más funcionales, como las bodegas o el Mercado Central de Abastos. En el siglo XX, en Jerez también se impuso la estética neoclásica del momento. “Lo que más va a llamar la atención son las fachadas, con frontones rectos y muy monumentales”, detalla el profesor de la Universidad de Sevilla.

Bodegas por apartamentos turísticos

Pero otra de estas fachadas está en peligro de desaparecer para siempre. Se trata de una bodega de mil metros cuadrados —levantada en 1870 en la calle Circo— que será demolida para construir 21 apartamentos turísticos. “No nos oponemos a que la bodega se utilice para un uso contemporáneo, pero claro, siempre que se respete el patrimonio”. Alicia Bernal forma parte de un grupo de historiadores que se están movilizando para reclamar que esta bodega sea protegida y se frene así su demolición. “Al no tener ninguna protección, pueden destrozarla, no hay nada que lo impida”, señala la historiadora, especializada en arquitectura. Entre las acciones que preparan está la inscripción del inmueble en la Lista Roja de la organización Hispania Nostra y la solicitud de protección ante el Ayuntamiento de Jerez.

La denuncia se sustenta en una gran paradoja. “Si somos conocidos como la ciudad del vino, lo que tiene que perdurar son las bodegas. Si no, ¿qué sentido tiene que nos denominen como tal?”, se pregunta Bernal. Por su parte, Jesús Caballero resume que “cuando tiramos estos edificios, perdemos nuestra identidad”. Este cree que esta nueva demolición forma parte de toda una filosofía actual: “Aquí hay una idea de que la ciudad va avanzando y lo viejo hay que tirarlo porque rehabilitarlo vale dinero”. La consecuencia de eliminar lo antiguo y apostar por lo nuevo está clara para el historiador: “Se hacen otros edificios completamente convencionales y acabamos siendo una ciudad del montón, sin personalidad”.

Imagen de la bodega de Jerez que será demolida.

Imagen de la bodega de Jerez que será demolida.

José Manuel Moreno Arana precisa, por su parte, que el edificio en peligro “es una bodega más bien pequeña, pero lo interesante es que forma parte del desarrollo urbanístico bodeguero creado en el entorno de la Plaza de Toros”. En su opinión, el centro histórico de Jerez “ya se había abandonado previamente al boom de los hoteles y los apartamentos turísticos” y ahora no se trata de estigmatizar el fenómeno del turismo: “No siempre tiene por qué ser negativo”. Sin embargo, Moreno Arana reconoce que los alojamientos turísticos “no ayudan a la repoblación del centro histórico”. 

Pero, ¿qué hacer con las bodegas que dejan de tener su uso original? Los investigadores no plantean utopías. Jesús Caballero asegura que “los historiadores estamos defendiendo que esos cascos bodegueros tengan otro uso”. De hecho, existen numerosos ejemplos de reconversión de estos edificios de los siglos XIX y XX en hoteles o supermercados. A lo que se oponen realmente es a una política que borre ese pasado de las calles de la ciudad, dentro de la expansión urbanística que experimenta Jerez en la actualidad.

Chimeneas de la antigua fábrica de botellas de Jerez.

Chimeneas de la antigua fábrica de botellas de Jerez.

Lo que más preocupa a expertos como Caballero es la falta de respuesta institucional y social: “Esto es clamar en el desierto”. En la misma línea, Alicia Bernal cree que existe una labor de concienciación pendiente. “Si los propios ciudadanos no le damos importancia a nuestro patrimonio, ¿quién se la da?”, se pregunta. La cuestión quizá explique la desaparición silenciosa de buena parte del legado arquitectónico que se construyó en los momentos de mayor éxito de los vinos de Jerez.

No solo las bodegas sufren. Jesús Caballero denuncia también la situación de otro conjunto industrial íntimamente relacionado con el vino. A finales del XIX, surgió La Jerezana, una de las fábricas de vidrio más potentes del mundo en su época, que fabricaría botellas para la exportación del jerez. Aquella instalación, que nació con capital francés, incorporó en los años sesenta tres grandes chimeneas que han formado parte del paisaje urbano. La Jerezana cerró sus puertas en 2009, tras más de un siglo de actividad. Ahora, será completamente demolida para la construcción de viviendas.

“Lo único que hemos pedido es que se conserven las tres chimeneas”, reivindica Caballero con respecto a La Jerezana. Sin embargo, el historiador cree que también serán demolidas bajo el pretexto del coste económico que supondría su mantenimiento. A su juicio, la excusa enmascara una falta de conciencia social e institucional. “La sociedad no entiende que conservar el patrimonio es una obligación”, sostiene. Caballero acude a un ejemplo que pone el dedo en la llaga: “El pavimento histórico que conservamos del siglo XIX se está asfaltando; la gente aplaude, porque dicen que hace ruido”.

Fonte: eldiario.es – Cultura

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