Japón coloca la residencia permanente fuera del alcance de sus inmigrantes
Por Jordi Joan Baños — Portada
Japón coloca la residencia permanente fuera del alcance de sus inmigrantes
Reforma legal
Para optar a ella un extranjero y su familia deberán ingresar más que un hogar nipón del mismo tamaño

Fan de Japón en el pasado Mundial de Fútbol, en Los Ángeles, en junio, tras el partido que les enfrentó a Brasil
CHRIS TORRES / EFE

Bangkok. Corresponsal
01/10/2026 15:44 Actualizado 01/10/2026 16:01 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Jarro de agua fría para tres millones de inmigrantes en Japón. Este jueves ha entrado en vigor la reforma legal que cierra las puertas a que la inmensa mayoría de ellos pueda obtener algún día la residencia permanente. No digamos la naturalización. Ese es el objetivo más importante del cambio, aunque su aspecto más visible sea el fenomenal aumento de las tasas.
De este modo, renovar la residencia por un año pasa a costar seis veces más y renovarla por cinco años, doce veces más. Mientras que la residencia permanente multiplica veinte veces su coste : 200.000 yenes (1.100 euros). La trampa está en que muy pocos, a partir de ahora, podrán optar a ella.
Efectivamente, inspirándose en el modelo de Singapur, Japón solo concederá la residencia permanente a los extranjeros que prueben que sus ingresos están por encima del japonés medio. Es más, el cómputo incluye a todos los miembros de la familia residentes en Japón, que deberán probar ingresos superiores a los de una familia japonesa media, del mismo tamaño.

Pero la exigencia económica no termina ahí. Para demostrar que no se convertirá en una carga, el inmigrante en cuestión deberá demostrar que su futura pensión será superior a la de un japonés que haya cotizado durante treinta años. De no ser así, deberá aportar activos financieros que compensen la diferencia.
Tal como se aprecia, el listón está puesto de manera que los ejecutivos salgan indemnes de la nueva legislación, pero no así la gran mayoría de los tres millones de inmigrantes con permisos temporales, procedentes de países como Filipinas, Vietnam, Indonesia, Birmania o Nepal. Aquellos que desempeñan, precisamente, los trabajos mal remunerados que los japoneses rechazan.
Japón siempre es sensible a los vientos que soplan del otro lado del Pacífico y una parte de su población expresa su xenofobia de forma cada vez más desacomplejada. Algo que, hace dos veranos, llevó a la apertura por parte del gobierno de una Oficina para la Promoción de una Sociedad de Convivencia Ordenada con los Extranjeros. Cinco días, después, en las elecciones parciales al Senado, esa misma ola fue transformada en 14 escaños por la extrema derecha de Sanseito, al lema de “los japoneses primero”. Una sorpresa electoral que justificó un nuevo giro a la derecha del gobernante Partido Liberal Democrático, para encumbrar a la nacionalista Sanae Takaichi como primera ministra.

Bajos sus auspicios, el cambio legislativo parece condenar a encadenar permisos de trabajo y de residencia temporales a tres de sus cuatro millones de inmigrantes. Estos son imprescindibles para mantener abiertas multitud de fábricas y de explotaciones agrícolas y pesqueras, tal como recuerda la gran patronal, Keidanren. Partidaria de la inmigración y, sobre todo, de “retener talentos”.
Desde que las reformas fueran anunciadas en agosto, el rechazo más explícito ha salido de la Organización Nacional de Solidaridad de los Inmigrantes. Según esta, el cambio legal “cierra las puertas a muchos extranjeros que aspiran a la residencia permanente y es directamente contraria a una sociedad multiétnica y multicultural”. Ningún disgusto, en cualquier caso, para una gran parte de la sociedad japonesa, que aprecia su relativa homogeneidad.
La perspectiva de subida de las tasas provocó esta semana colas de más de 350 inmigrantes, según el recuento de la agencia Kyodo frente a la oficina de Inmigración en Osaka. Hoy como ayer, deberán demostrar “buena conducta” y ser “de utilidad” para Japón. Pero a partir del 1 de abril, el endurecimiento de requisitos para la residencia no será solo económico. A fin de obtenerla o renovarla, Tokio da seis meses a los inmigrantes para que mejoren su competencia mínima en japonés hablado, así como sus conocimientos sobre “las normas” de la sociedad nipona.
1.100 euros
Las tasas para la residencia permanente se han multiplicado por veinte, otras por doce
Sin embargo, solo un 3% de los 120 millones de residentes en Japón ha nacido fuera de sus fronteras. En España, proporcionalmente, son siete veces más. En el caso de los inmigrantes de determinados países, como Brasil y Perú, acostumbran a ser, además, “nikkei”, es decir, de ascendencia japonesa.
En cualquier caso, la población extranjera se ha doblado de forma visible en menos de quince años, hasta alcanzar cuatro millones de personas. Entre estas, apenas un millón cuenta con residencia permanente. Las naturalizaciones son todavía más raras. Trescientas mil en lo que va de siglo. El año pasado, 9.258, en su mayoría coreanos y chinos con varias generaciones en el país. Además de un número inferior de cónyuges, de esos dos países y de otros países asiáticos, como Filipinas y Tailandia.
El caso es que, debido a la demografía japonesa (1,14 hijos por mujer), la pregunta no es tanto si la inmigración es necesaria, sino en qué condiciones debe ser acogida. El años pasado, todas las prefecturas niponas perdieron población excepto Tokio, que ejerce de aspiradora de jóvenes y profesionales en busca de empleo. El resto del país envejece. El año pasado el número de ciudadanos japoneses descendió en 900.000, mientras que el de residentes extranjeros aumentó en 300.000. Apenas cubren un tercio del vacío, pero para algunos agitadores, son demasiados.
Turistas no, arigató
De hecho, no solo la inmigración, sino incluso el turismo extranjero, provoca recelos crecientes entre los japoneses. No en vano se ha doblado en una década por la depreciación del yen, encareciendo hoteles y, a juicio de muchos nipones, aumentando el barullo.
Como ejemplo de lo anterior, Osaka organizó una Exposición Universal en 2025, pero luego el gobierno se quedó corto a la hora de proyectarla, debido a dichos resquemores. Como resultado, la cifra de extranjeros no llegó a dos millones, la mitad de lo esperado.
A pesar del ascenso de China -que es también una pugna por la imagen, dentro y fuera de Asia- la promoción en el exterior de su refinada cultura ha dejado de ser una prioridad en Japón. De hecho, ha sido abandonada en manos de otakus e influencers de distinta índole, según confía una fuente de la Fundación Japón en España: “Sencillamente, no quieren atraer más turistas”. Las geishas de Kioto no son las únicas que ya no aguantan más a esos extranjeros fotografiándolas con el móvil, a riesgo de multa. Pocos quieren acordarse de que para el resto del mundo, los japoneses fueron durante décadas sinónimo de turista pegado al visor de una Canon, Nikon, Ricoh, Fuji o Minolta.

Jordi Joan Baños
Corresponsal de 'La Vanguardia' en Bangkok
Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.
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