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Hampi, la ciudad que deslumbró al mundo

Postal dsde la India

24/09/2026 07:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Son las siete de la mañana. Tal día como hoy, hace más de setenta años, la India se independizaba.

El tren se detiene en la estación de Hosapete. A trece kilómetros, alrededor del pueblo de Hampi, se extienden las ruinas de la antigua ciudad de Vijayanagara, Ciudad de la Victoria.

Vijayenagara fue la capital de un imperio que gobernó el sur del subcontinente indio. Brilló durante dos siglos. La segunda ciudad de Asia. La visitaron persas, italianos, portugueses, que la describieron repleta de bazares, lagos, vergeles, palacios, rebosante de riqueza. Hasta que, a mediados del siglo XVI, los sultanatos musulmanes del Decán la desafiaron y fue derrotada en la batalla de Talikota. Entonces, las tropas vencedoras ocuparon Vijayanagara y, durante seis meses, se dedicaron a desmantelarla. Vijayanagara quedaba reducida a escombros, un yermo pasto de alimañas.

En la balanza real se igualaba el peso del rey con oro, plata y piedras preciosas, que se destinarían a obras de caridad

Un rickshaw me acerca a las ruinas. Por la carretera desfilan niños con su mejor uniforme. Muchos van descalzos. Nos envuelven campos de arroz, cocoteros, colinas descompuestas con peñascos de granito ocre. Es un paisaje antiguo, una piel ajada por el sol que parece dispuesta para un cuento de Rudyard Kipling. Para completar el marco, diviso un alto gopuram, una torre que pertenece al templo de Virupaksha. Es el único templo todavía con culto en el recinto arqueológico y lo tiene todo, un gran estanque, pilares de cincelado exquisito, una elefanta que bendice. Grupos de macacos se persiguen por los tejados. Ignora este bullicio pendenciero el langur que salta con elegancia principesca salvando obstáculos imposibles.

Hay gente por doquier. Hoy las ruinas están atestadas y, cada dos pasos, un grupo de muchachos, una familia entera con veinte mujeres, unos padres noveles, quieren fotografiarse conmigo.

Un hombre reza frente al templo de Virupaksha, en Hampi
Un hombre reza frente al templo de Virupaksha, en Hampi Terceros

Durante el mediodía busco refugio. Luego recorro el bazar de las cortesanas, del que quedan los pilares. Las tropas asaltantes no consiguieron arruinarlo todo. Tan grande era la ciudad. Y me acerco al templo de Achyutaraya, fuera del camino más trillado. El recinto se mantiene en pie con algunos sillares descalzados, el techo ha perdido algunas losas, las tallas están desgastadas. Pero basta con un poco de imaginación para devolverle el esplendor.

Y el atardecer me pilla en la ribera del río Tungabhadra. “Cuidado con los cocodrilos”, advierte un letrero. Paso junto a la balanza real. Allí se igualaba el peso del rey con oro, plata y piedras preciosas, que se destinarían a obras de caridad.

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Un hombre hace sus abluciones con agua hasta los tobillos. Al fondo, la alta torre de un gopuram sobresale por encima de los cocoteros. El último sol dora los peñascos. Para completar el cuadro, solo falta una sensual tonada de flauta y algún animal confundiéndose con el ramaje, quizás una pantera negra. Un tigre sería demasiado.

Y mañana me acercaré al templo de Vittala, perfectamente conservado. Su extensión es tal que, cuando Vishnu lo visitó, lo encontró excesivo y regresó a su celestial guarida. Sus muros envuelven varios pabellones entre los que destaca el carro de piedra, pequeño santuario dedicado a Garuda, rey de las aves y portador de Vishnu.

Y visitaré el recinto real, con el baño de la reina, los establos de los elefantes, el estanque sagrado, el estrado desde el que el rey disfrutaba de los festivales, los desfiles, las competiciones con arco…

Las tropas de los sultanatos se afanaron durante seis meses en reducir la ciudad a escombros y, sin embargo, se conservan más de mil seiscientos monumentos. La Ciudad de la Victoria nos alecciona. Pasamos apenas como un chispazo en el tiempo. Pero el de Hampi ¡menudo destello debió de ser!

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