Gaza, la guerra de la cancelación
Por Sergio Lozano Torres — Portada
Contenido solo para suscriptores Gaza, la guerra de la cancelación
Polémica en la cultura
Los casos de Ariana Harwicz o Ed Sheeran tensionan los límites de la libertad de expresión en los debates

Un mural hecho a mano entre los cascotes de Gaza expresa el agradecimiento por la toma de posición del rapero Macklemore
DAWOUD ABU ALKAS / Reuters

Barcelona
28/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Mientras el contador de muertos en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza aumenta paulatinamente su tétrico valor, el mundo cultural occidental mantiene sus propias disputas de salón donde las víctimas son escritores, músicos o intérpretes cuya presencia es rechazada a tenor de las ideas que defiendan.
Los nombres de Ariana Harwicz o Ed Sheeran son los últimos añadidos a esta lista de afectados por una guerra ideológica tan antigua como la eliminación del faraón Akenatón en los templos de Egipto, el repudio a Hannah Arendt por sus reflexiones sobre el colaboracionismo judío en los campos de exterminio, o más recientemente las declaraciones del Nobel de Literatura Peter Handke, negando la limpieza étnica en la guerra de Yugoslavia. De ella han sido también víctimas recientes la política María Corina Machado por sus escarceos con Donald Trump, o el director de orquesta Valery Gergiev, que paga así su amistad con Vladímir Putin.

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El de Harwicz es el caso que más polémica ha desatado por los cruces de comunicados y declaraciones, que incluyen las de la propia escritoria argentina. La autora de Mátate, amor, llevada al cine el año pasado con Jennifer Lawrence y Robert Pattinson de protagonistas, ha expresado en múltiples ocasiones su posición crítica con la cancelación por razones ideológicas, así como un punto de vista que pone en el mismo cesto el antisemitismo y la denuncia del genocidio en Palestina.
Este argumentario pasó desapercibido hasta que varios colectivos reclamaron su exclusión del festival Cultur ALH de Granada, acusándola de negar el genocidio palestino. “Basta de extorsión ideológica en la cultura”, afirmó Harwicz en la red social X después de que John Banville se borrara del mismo festival. La organización del festival se puso de perfil ante las acusaciones vertidas contra la autora, finalista del premio Booker en el 2018, y aludió a razones de seguridad para excluirla del evento, en una decisión que la escritora vincula directamente con el antisemitismo.
El de la argentina no es el único caso que se ha podido ver en los últimos tiempos. El pasado diciembre, tres escritores latinoamericanos -entre ellos Laura Restrepo- cancelaban su presencia en el Hay Festival que se celebró el pasado enero en la ciudad colombiana de Cartagena para no coincidir con María Corina Machado. Los autores acusaron a la última premio Nobel de la Paz de blanquear el uso de la violencia por parte de Donald Trump para meter en cintura al patio trasero de EE.UU.. Así, el poeta Giuseppe Caputo lamentó “el bombo que se le da a una política que está funcionando como legitimadora de una invasión militar, amangualada con genocidas, fascistas y criminales de guerra como Trump y (el primer ministro de Israel, Benjamín) Netanyahu”.

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Por las mismas fechas, el escritor David Uclés protagonizó una espantada al anunciar que no asistiría a las jornadas sobre la Guerra Civil coordinadas por el también escritor Arturo Pérez-Reverte. Sin hablar con ninguno de los interesados y mediante un vídeo en Instagram publicado pocos días antes de la cita, el autor de La península de las casas vacías, justificó su retirada por la presencia en las jornadas de políticos como José María Aznar o Iván Espinosa de los Monteros.
El escritor les reprocha haber hecho “zancadillas a valores democráticos y a medidas que nos conforman como una sociedad moderna y empática”. Por su parte, la organización de las jornadas puso a Uclés como ejemplo de ciertos “sectores ideológicos en España que no desean debates ni razones, sino simplezas demagógicas, trincheras de odio y desprecio que hagan imposibles diálogos”.
El suceso ha provocado un choque de comunicados entre partidarios y detractores, cientos de firmas se han posicionado en uno u otro bando, ya sea para denunciar los “discursos negacionistas o justificatorios de la violencia contra el pueblo palestino” o lamentar quienes apuestan por “la libertad de expresión solo para quienes piensan como nosotros”. Argumentos cruzados a los que resulta sencillo dar la vuelta cuando la persona cancelada lo es por denunciar las atrocidades cometidas por Israel

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Es el caso de la palestina Adanía Shibli, que vio cómo la feria de Fránkurt cancelaba la entrega del premio LiBeraturpress por la novela Un detalle menor solo cuatro días antes de que se celebrara la ceremonia de entrega. El director de la feria literario vinculó la decisión -tomada pocos días después de la masacre perpetrada por Hamas el 7 de octubre del 2023- a la condena del “terror contra Israel”. La novela narra la violación y asesinato de una chica beduina por soldados israelíes en 1948.
Otro ejemplo es el de Randa Abdel-Fattah, escritora australiana de ascendencia palestina cuya presencia en el festival literario de Adelaida fue cancelada pocas semanas después de que se produjera un ataque antisemita en la playa de Bondi, donde unos pistoleros vinculados a Estado Islámico acabaron con la vida de 16 personas durante la festividad judía de la Hanuka. En aquel caso, la exclusión fue respondida con el boicot de más de 180 autores participantes en protesta por el silenciamiento de la autora, conocida por su posición extremadamente crítica con Israel. El propio director del festival, uno de los más importantes del país, presentó su dimisión, y la edición del 2026 fue, al igual que Adbel-Fattah, cancelada.
Algo parecido estuvo a punto de suceder en el Festival de las Ideas, celebrado en Madrid hace dos semanas. Un centenar de participantes amenazó con retirarse si se mantenía el patrocinio de la aseguradora Allianz, acusada de tener negocios en territorios ocupados. Y es que, al igual que sucedió con la Sudáfrica del apartheid, cualquier vínculo con Israel se está convirtiendo en sinónimo de rechazo público.

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El terreno musical tampoco se ha librado de las polémicas cancelaciones, bien lo saben los organizadores del festival Sónar, que en la edición del 2025 vieron cómo un tercio de los artistas anunciados se daban de baja tras destaparse que el propietario último del festival, el fondo KKR, hacía negocios en los territorios ocupados de Palestina. El boicot al festival de música electrónica aceleró la retirada de sus fundadores, y tuvo eco en varios de los festivales propiedad del mencionado fondo a través de la empresa Superstruct, en especial el Viña Rock.
Tampoco se libró del boicot el festival de Eurovisión, del que España se borró en protesta por la inclusión de Israel. “Nadie con la mínima sensibilidad humana puede asistir al sufrimiento del pueblo palestino sin una condena rotunda”, advirtió días atrás el presidente de RTVE. Estas palabras acompañaban al anuncio de que la cadena española no participaría tampoco en la próxima edición a pesar de los cambios llevados a cabo por la organización, entre ellos la suspensión del patrocinio de la israelí Moroccanoil y el compromiso de no admitir en el concurso a ningún país en guerra.
Más sonado, e inesperado, es el embrollo en el que se ha metido Ed Sheeran por apartar de la gira que celebra por EE.UU. a su telonerio y amigo (al menos hasta ahora), Macklemore. Durante su concierto en Nueva Jersey, el rapero hizo un llamamiento para liberar Palestina antes de interpretar Hind’s hall, compuesta como protesta por los ataques de Israel a Gaza. De resultas de aquellas palabras, el millonario Robert Kraft, propietario del Gillette Stadium de Boston, amenazó a Sheeran con no dejarle actuar en las fechas que tenía programadas si mantenía en el cartel a Macklemore, a quien acusó de antisemita.

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Ejecutada la expulsión, el simpático pelirrojo irlandés optó por echar balones fuera y culpar a la promotora por la medida. Pero después de que el resto de teloneros de la gira anunciaran que tampoco le acompañarían, salió a la palestra para afirmar que “lo que está sucediendo en Gaza es catastrófico, injustificable y desproporcionado”.
Sheeran se sumó así a la lista de artistas afectados por las derivadas del genocidio, donde se cuentan los también irlandeses Kneecap, denunciados penalmente por ondear una bandera de Hezbollah durante uno de sus conciertos en el 2024. Al año siguiente, Kneecap no dudó en lanzar mensajes de apoyo a Gaza desde escenarios tan suculentos como los festivales de Glastonbury y Coachella, al mismo tiempo que se veían obligados a cancelar su gira estadounidense bajo amenaza de tener problemas judiciales, y se les vetaba el acceso a Hungría y Canadá.
Mismo castigo sufrió el dúo Bob Vylan, que en su concierto de Glastonbury del 2025, emitido en directo por la BBC, gritaron “death to the IDF”, reclamando así la muerte para los soldados del ejército israelí. La posterior puntualización de la banda de rap punk no evitaron su cancelación en festivales como el Radar de Manchester, mientras que Estados Unidos les retiró el visado.
Estos antecendentes no frenaron a Rob del Naja, de Massive Attack, que este mismo sábado fue arrestado en Londres mientras se encontraba sentado en un puente, sosteniendo un pequeño cartel hecho a mano donde expresaba su rechazo al genocidio de Gaza y el apoyo a Palestine Action, la red de protesta declarada ilegal por el Gobierno británico. No era la primera vez que el veterano músico acababa entre rejas por expresar sus ideas, ni será la última en la que boicot y libertad de expresión chocarán mientras en otra parte suenan tiros y alaridos.

Sergio Lozano
Periodista
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Fonte: Portada