Eurídice Cabañes, filósofa: “Tenemos tecnologías muy discapacitantes para que dependamos constantemente de ellas”
Por Andrea Proenza — eldiario.es – Cultura

La autora publica ‘Sembrar futuros. Una guía de resistencia para la era del algoritmo’, un ensayo en el que recorre las heridas del capitalismo digital y propone alternativas para recuperar la memoria, descolonizar el tiempo y poner la innovación al servicio de la vida
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En un contexto saturado de imágenes postapocalípticas y narrativas del colapso vinculadas a las grandes empresas tecnológicas, Eurídice Cabañes (Valencia, 1983) propone otra forma de mirar —y habitar— lo tecnológico. Acostumbrada a trabajar en la intersección entre el espacio digital y el pensamiento crítico, ahora publica Sembrar futuros. Una guía de resistencia para la era del algoritmo (Ariel), donde realiza un diagnóstico del panorama actual e identifica las grietas del sistema.
“La idea era generar un horizonte esperanzador, porque lo que más hay que destacar —o hacia donde más tenemos que ir— es a recuperar un poco la esperanza y a recuperar la idea de que algo se puede hacer. Solo así pueden empezar a cambiar las cosas”, asegura Cabañes.
Utilizando la metáfora de las uvas sin semillas para mostrar cómo cada vez estamos más acostumbrados a un camino estéril prediseñado por los algoritmos. “Tenemos la necesidad de recuperar nuestras habilidades cognitivas, de recuperar las semillas”, añade.
En el ensayo comienza realizando un diagnóstico de las grandes empresas tecnológicas y de sus prácticas. Para ello, recoge el concepto cuerpo-territorio, de la feminista indígena Lorena Cabnal, que describe cómo “la nube” se asienta en esos cuerpos sacrificados en favor del capitalismo digital, al mismo tiempo que usted propone el concepto de cuerpo-dato. ¿En qué consiste esto?
La idea cuando estaba haciendo el libro era ver cómo mostrar que las violencias contra las personas que están extrayendo minerales en República Democrática del Congo, las violencias contra las personas kenianas que están entrenando los sistemas de inteligencia artificial, y todas las violencias que operan sobre el extractivismo y sobre los cuerpos de las personas que nos quedan muy lejos, pertenecen al mismo sistema que las violencias que extraen nuestros datos. Estas violencias convierten lo que somos en gemelos digitales predictivos y conforman toda nuestra vida. Quería que se vieran que eran dos caras de la misma moneda.
¿El cuerpo-dato es una transformación eminentemente negativa o existe la posibilidad de hacer algo creativo, transformador y beneficioso de él?
Como en todo, las cosas son negativas o positivas dependiendo del sistema en el que se insertan. Creo que en este sistema es completamente negativo, porque nos reduce a cifras y, además, esas formas de predicción no sólo están prediciendo nuestro futuro, sino que lo están generando. Hay que criticar la idea de que todo puede ser cuantificable y ver también qué medimos y qué queda fuera. Evidentemente, siempre podemos utilizarlo a nivel artístico, a muchos niveles, y podemos utilizarlo también para tomar decisiones. El problema es quién decide qué datos se recogen, a quién pertenecen esos datos y qué se hace con esos datos.
En una sociedad informada, en la que los datos nos pertenezcan y que decidamos entre todos qué datos se pueden utilizar es imprescindible, y creo que podría ser muy útil para poder generar prácticas más horizontales.
El ámbito de los videojuegos es, en este sentido, un primer medio algorítmico con el que nos hemos relacionado y que puede ser muy útil para todo esto, porque nos permite, por un lado, entender esas grandes cantidades de datos que nos dijeron que solo los algoritmos pueden entender; y también una herramienta muy valiosa para la toma de decisiones colectivas, porque el mero acto de jugar ya es tomar una decisión y es estar todos de acuerdo en las reglas del juego. Puede ser muy bueno como un espacio de simulación de otros sistemas y mundos posibles.
El ámbito del videojuego está poco explorado en relación al público general.
Totalmente. Casi siempre se habla de los peligros de los videojuegos y normalmente ni siquiera se atañe a los verdaderos peligros de los videojuegos, como el extractivismo de datos, que es mucho mayor que el de las redes sociales. Y toda la parte de patrones de diseño oscuro, que están hechos para ir directamente a nuestros sesgos cognitivos y activar ahí las palancas que quieren activar.
El problema es quién decide qué datos se recogen, a quién pertenecen esos datos y qué se hace con esos datos
Precisamente cuando habla de cómo los algoritmos guían nuestras vidas sirve para dialogar sobre muchas de las cuestiones actuales… ¿Cree que eso es lo que está pasando actualmente con todos estos discursos sobre la inteligencia artificial por parte de los tecnoligarcas?
La verdad es que a mí me aterra mucho el discurso de que “la IA nos va a matar a todos”. No porque crea que la IA nos va a matar a todos, sino porque sé que la IA ya está matando a algunos y me preocupa que lo estén utilizando como una coartada preventiva. Mientras se frena o se bloquean sus usos, que ya lo hemos visto cuando se han capado modelos para el uso ciudadano, se están utilizando y se están investigando todavía más los usos militares. Ahí es donde creo que reside el problema.
Frente a estas oligarquías tecnológicas, usted habla de tecnologías situadas interoperables. ¿Cuál es el beneficio de pensar la tecnología desde el pensamiento situado y la interoperabilidad y qué debemos hacer para dirigirnos hacia ese tipo de tecnología?
Nos han vendido que las tecnologías que tenemos son tecnologías globales y que son para todos, pero en realidad vienen de una ideología muy concreta, de una parte del planeta muy concreta, y de unos intereses muy específicos. Básicamente, hablamos de una colonialidad tecnológica. Hablamos de estas grandes tecnológicas que lo tienen todo: la infraestructura, los espacios, nuestros datos y las decisiones; pero las tienen porque estamos ahí. El poder que tenemos es mucho mayor del que creemos. Si les dejamos los cascarones vacíos ya no tienen todo ese poder. Y las tecnologías a las que deberíamos dirigirnos son estas tecnologías situadas, que parte un poco de la idea de conocimiento situado de Donna Haraway, para hablar de las tecnologías que surgen del entorno.
¿En qué sentido?
Me refiero, por un lado, a las necesidades y contextos. No es posible que necesitemos exactamente la misma tecnología en un pueblo de 40 habitantes que en una ciudad de 20 millones. Ahí, por ejemplo, el software libre es una gran apuesta a la adaptación, porque tú puedes acceder al código, y hay mucha más transparencia y auditabilidad. El software libre te permite adaptarlo a necesidades específicas y generar muchos pequeños cambios que puedes ir compartiendo, que cualquiera puede adaptar y tomar para volverlo a reformularlo.
Pero también en un sentido material. Es muy loco que vivamos en un mundo donde todas las tecnologías que estamos utilizando necesiten del coltán que se extrae en República del Congo, para hacer luego que todos los chips se ensamblen en Taiwán, con todas las tecnologías se están generando en Estados Unidos o ahora más recientemente China, y que después se distribuyan globalmente, y sus residuos de pronto se vuelvan a enviar al Sur Global para su extractivismo.
¿Y qué se puede hacer ante esto?
Yo siempre tenía esta idea de “¿por qué no trabajar directamente con materiales locales que tenemos aquí?” Lo tenía un poco como una idea especulativa, pero hay investigaciones recientes que hablan sobre cómo se podrían crear componentes electrónicos con el micelio del shiitake, lo que supondría sustituir todas estas tierras raras. Es precisamente a esto a lo que me refería: a tecnologías que puedes estar cultivando de una forma local o tecnologías que surgen de tu contexto, que además también pueden ser más orgánicas y más compostables. De esta forma estamos construyendo otro tipo de seguridad, otro tipo de mundo más sostenible, especialmente cuando estamos viendo que el que tenemos ahora nos aboca al colapso.
Además, ahora mismo la tecnología está atravesada por las lógicas de la productividad y la eficiencia en un contexto saturado de información donde la lucha por nuestra atención es constante. ¿Necesitamos poder “aburrirnos” para tomar agencia de nuestro tiempo y pensar en otros modos de hacer y habitar lo tecnológico?
Creo que aburrirse es imprescindible. Es importante dejar un descanso para nuestro cerebro, y por eso también hablo mucho del tiempo, que aparentemente no sería una tecnología, pero las tecnologías actuales están haciendo todo este esfuerzo constante por colonizar nuestro tiempo y el hecho de estar constantemente “entretenidos”, lo que desactiva el deseo y nuestra propia relación con el entorno y con los demás. Y desactiva la posibilidad de un cambio político, porque para un cambio político hace falta que se active el deseo, y para eso hace falta tener tiempo.
Entonces es también una cuestión del sistema, que ahora también con la inteligencia artificial se ha incrementado mucho con aumento de la productividad constante. Es imprescindible encontrar formas de ocio sin producción ni consumo y reactivar esos tiempos lentos, que es donde realmente sucede el pensamiento, el deseo y los cambios sistémicos.
Aburrirse es imprescindible. Es importante dejar un descanso para nuestro cerebro
En estos debates sobre tecnología la balanza siempre oscila entre el tecnopesimismo y la tecnoutopía. ¿Cree que es posible (y necesario) habitar el centro? En el ensayo habla de tecnologías acompañantes, pero también de una vuelta al cuerpo y de un proceso de desdigitalización.
Claro. Lo pienso mucho con el ejemplo de las ruedecitas auxiliares de la bici. Una tecnología muy básica, unas ruedecitas de una bici están hechas para ayudarnos a entender cómo funciona el equilibrio en la bici y poder hacerlo de forma segura. Pero la idea es que desaparezcan. Ahora mismo tenemos tecnologías muy discapacitantes para que dependamos constantemente de ellas.
Y también volviendo al título de Sembrar futuros, la idea es que no hay un futuro al que tengamos que abocarnos sí o sí, y que no hay solo tampoco una línea futura posible, sino que hay muchos futuros posibles. Algunos incluso ya están aquí y algunos incluso vienen de cosas que ya teníamos. Por aquí lanzó la idea del retrofuturismo, porque lo que se declararon como tecnologías obsoletas, o muchos de los conocimientos que han quedado atrás, eran mucho más sostenibles para el contexto en el que vivimos. No hablo de volver a las cavernas, pero sí de recuperar ciertos discursos y ciertas prácticas, que muchas vienen de tecnologías ancestrales, y ver qué se puede desarrollar a partir de ahí. Recuperar conocimientos perdidos que se basan más en la observación, en la relación con el entorno y en entrenar nuestras habilidades en lugar de sustituirlas o reemplazarlas.
Para ello propone el concepto de ternura radical. ¿Cómo se aplica la ternura al contexto tecnológico?
La ternura surge, por un lado, de un sistema tremendamente violento, donde lo que se priman son valores muy violentos, incluso de violencias preventivas, al señalar a las víctimas como los culpables, que es lo que estamos viendo estos días de una forma completamente exacerbada. Y, por otro lado, surge de la idea de interdependencia, es decir, que si nos entrenamos o nos entrenaron para pensar que somos autosuficientes, que tenemos que poder todos solos, es una cosa que no solo nos aísla mucho los unos de los otros para proponer soluciones, sino que nos aísla también de todo un entorno que necesitamos para sobrevivir. Mata la idea de la vulnerabilidad, porque piensa que ser vulnerable es algo negativo, cuando en realidad es lo que somos y vivimos en un contexto donde todos somos interdependientes de todos.
Entonces, esta ternura radical es aplicar esta norma de la interdependencia, poner en valor otras cuestiones para poder compartir nuestras vulnerabilidades y aliarnos para generar un mundo más sostenible, y un mundo donde podamos habitar todos, incluyendo aquí no sólo a todos los humanos, sino también otras formas de vida, ecosistemas e incluso, por qué no, tecnologías.
No puedo evitar preguntarle por algo que seguramente genere incomodidad. Al pensar la inteligencia como un sujeto de explotación y, por tanto, un sujeto de derecho, ¿no se corre el peligro de concederle una identidad viva de la que carece y apoyar el discurso de estos tecnomagnates?
Yo no hablo de humanizar a la IA, sino concebirla como parte del mismo sistema que necesita estos entes productivos para poder seguir funcionando. Al hablar de derechos de las tecnologías lo que quiero decir es no puedes estar utilizando unos sistemas sin tener en cuenta cosas que tienen que ver con el entorno.
Cuando una IA trabaja 24 horas al día, le puedes pedir absolutamente todo y además produce a una velocidad muchísimo mayor, es normal que se estén dando procesos donde hay muchos puestos de trabajo que se están reemplazando con IA. Pero ahí la IA no es el problema en sí, sino el sistema laboral que la sustenta. A mí si me das un mundo donde la IA me ha quitado el trabajo pero puedo vivir en paz, yo la verdad es que estaría feliz de no trabajar.
Fonte: eldiario.es – Cultura