Esta es la curiosa superstición que “prohíbe” subir este animal a bordo de cualquier barco y ni siquiera pronunciarlo

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Por Alberto Gómez — eldiario.es – eldiario.es

Esta es la curiosa superstición que "prohíbe" subir este animal a bordo de cualquier barco y ni siquiera pronunciarlo

Existe un presagio nefasto capaz de desencadenar tempestades fatales o naufragios: mencionar o embarcar a un animal inofensivo como es el conejo

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En el misterioso universo de la navegación marítima, las creencias ancestrales han moldeado el comportamiento de los marineros ante la inmensidad del océano. Entre todas las prohibiciones y supersticiones que pueblan el folclore náutico, destaca por su tenacidad y por el temor reverencial que aún despierta en los puertos el veto absoluto a embarcar a un animal inofensivo: el conejo. Esta norma no escrita es tan severa que no solo prohíbe llevar a esta criatura a bordo, ya sea viva o cocinada, sino que veta tajantemente la sola mención de su nombre en cualquier barco. Pronunciar la palabra proscrita es considerado por los marineros un presagio nefasto capaz de desencadenar tempestades fatales o naufragios inmediatos en alta mar.

Para evitar nombrar directamente a la criatura y desencadenar la desgracia en alta mar, las tripulaciones de los barcos pesqueros y mercantes han desarrollado un ingenioso repertorio de eufemismos y circunloquios. Es habitual escuchar a los viejos lobos de mar referirse a este mamífero como el animal de orejas largas, el primo de la liebre, la bestia de grandes orejas o simplemente el peludo que salta. En diferentes y legendarios puertos y costas, la aprensión es tan viva que el mero rumor de que alguien ha pronunciado la palabra prohibida antes de levar anclas provoca que varios tripulantes se nieguen a zarpar. Incluso hoy, marineros veteranos prefieren posponer una travesía entera antes que desafiar la maldición ancestral que rodea a este icónico roedor.

Las raíces históricas de esta peculiar fobia marítima se remontan a los siglos de la navegación a vela, cuando los navíos realizaban travesías transoceánicas de larga duración. En aquella época, era muy común transportar animales vivos en jaulas de mimbre para disponer de carne fresca durante el viaje. Sin embargo, los conejos, dotados de dientes afilados y un apetito insaciable, escapaban con frecuencia de sus encierros. Una vez libres en la penumbra de la bodega, estos roedores masticaban las cuerdas de cáñamo que sujetaban la carga y el remolque utilizado para el calafateado del casco de madera. Al roer la estopa impregnada de alquitrán que sellaba las junturas de las tablas, provocaban vías de agua imperceptibles que conducían al naufragio inevitable.

Esta norma no escrita es tan severa que no solo prohíbe llevar a esta criatura a bordo, ya sea viva o cocinada, sino que veta tajantemente la sola mención de su nombre

Esta norma no escrita es tan severa que no solo prohíbe llevar a esta criatura a bordo, ya sea viva o cocinada, sino que veta tajantemente la sola mención de su nombre

A este devastador comportamiento destructivo se sumaba la extraordinaria capacidad reproductiva de la especie, un factor que infundía pánico en el cerrado microcosmos de un buque. Una sola pareja de estos lagomorfos es capaz de concebir hasta cinco camadas al año, alcanzando una descendencia de cientos de ejemplares en pocos meses. Para una tripulación confinada en un espacio limitado, la proliferación incontrolada de animales royendo estructuras vitales y consumiendo víveres representaba una auténtica plaga y un caos inmanejable. La presencia de estos mamíferos destruía la disciplina y el orden indispensable para la supervivencia en el mar, convirtiendo una reserva de alimento en un peligro letal para la integridad del barco y la vida de los navegantes.

Más allá de las explicaciones pragmáticas y técnicas, la antropología ofrece interpretaciones simbólicas sobre el origen de este poderoso tabú. Investigadores como el antropólogo francés Michael Houseman han analizado la profunda carga metafórica asociada al animal en la cultura naviera. En la simbología judeocristiana, su boca bífida y su frenética actividad reproductiva lo vincularon históricamente con la impureza y el desorden. Asimismo, la duración de su periodo de gestación, cercana a los veintiocho días, estableció una analogía cultural con los ciclos lunares y la fertilidad femenina, proyectando sobre el animal los mismos recelos y supersticiones que tradicionalmente vetaban la presencia de mujeres a bordo de los navíos.

Un tabú muy vivo

La dimensión lingüística del tabú también revela curiosos aspectos sobre la mentalidad marinera y la evolución del idioma. En la antigua Roma, el término de origen ibérico cuniculus designaba a la criatura por su habilidad para excavar pasadizos subterráneos, palabra que derivó en el francés antiguo connil y guardaba una estrecha resonancia con la anatomía femenina. Debido a escrúpulos de puritanismo moral en el siglo XVI, la palabra fue progresivamente sustituida en el lenguaje común por el vocablo lapin, derivado del latín lepus. Sin embargo, en el ámbito náutico, la carga simbólica asociada al sexo femenino y a la perturbación del orden masculino permaneció intacta, consolidando una prohibición verbal que perdura hasta nuestros días.

En la navegación contemporánea, marcada por cascos de acero y tecnología satelital de vanguardia, esta misteriosa tradición se mantiene como un testimonio vivo del patrimonio cultural marítimo. Aunque los marineros actuales son conscientes del carácter irracional de la creencia, pocos se atreven a tentar a la suerte desafiando abiertamente el tabú en alta mar. Entre la ironía y el respeto por las normas ancestrales, es común encontrar pegatinas con el animal tachado en las cámaras de máquinas o amuletos discretos guardados en los cofres de a bordo. Esta cautela demuestra que, frente a la fuerza impredecible del océano, los navegantes prefieren mantener vivas las viejas precauciones que los han guiado durante generaciones.

Fonte: eldiario.es – eldiario.es

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