Esauira, la antigua Mogador, una seductora y bohemia escapada africana
Por Irene González — Portada
Esauira, la antigua Mogador, una seductora y bohemia escapada africana
Inspiración
Al oeste de Marruecos y frente al Atlántico, este remanso de paz que se mueve a ritmo de la música gnawa ha hechizado a Ridley Scott, Orson Welles y Jimi Hendrix

Ciudad vieja de Esauira
Getty Images/iStockphoto
Irene González
25/09/2026 07:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Basta cruzar las murallas blancas y azules de Esauira para entender por qué esta ciudad tiene algo de refugio secreto, de escenario perfecto, y mucho de esa mezcla entre tradición y modernidad. Aquí el viento mece a los surfistas, la medina huele a madera de tuya recién tallada y a pescado a la brasa, y cada esquina parece diseñada para perder el tiempo.
La antigua Mogador es una escapada fascinante para recorrer con calma entre pescadores, artesanos, músicos, comerciantes y orfebres. Es auténtica, luminosa y con un punto bohemio que enamora a primera vista.
La antigua Mogador, la bien planificada

La actual Esauira fue la legendaria Mogador por donde transitaron fenicios, romanos, mauritanos, cartagineses, portugueses, franceses, árabes y las tribus bereberes. De ahí que se conserve la huella de todas esas culturas y de su ADN de gran ciudad comercial.
El nombre en árabe de esta urbe declarada patrimonio de la humanidad es As Sawira, que significa “la bien planificada”, en alusión a su más que interesante trazado geométrico del siglo XVIII. Aunque también podría aludir a la calma, porque la ciudad y sus playas son un auténtico remanso de paz, solo interrumpido en alguna ocasión por los grandes realizadores que aquí rodaron Juego de Tronos, el Othello de Orson Welles, o el insuperable Reino de los Cielos, de Ridley Scott.
La medina muestra magníficos palacetes de los antiguos cónsules, talleres de artesanos y galerías de arte
En tiempos, Mogador fue tan codiciada que tuvo que fortificarse con atalayas, torres y bastiones con cañones que apuntan hacia el mar. Son tan imponentes que parecen parte de un decorado, pero hace menos de tres siglos fueron la mejor arma para repeler el ataque de los piratas berberiscos y, sobre todo, de los temidos corsarios que se agazapaban en las ensenadas cercanas y esperaban la llegada de los navíos procedentes de Europa para asaltarlos. Y para disfrutar de estos bastiones defensivos, nada mejor que pasear por su interminable paseo marítimo que tiene más de dos kilómetros.
El corazón de Esauira es la plaza Moulay Hassan, en el núcleo de la medina, muy cerca de las murallas y del puerto. Este palpitante recinto está rodeado de pequeños cafés donde tomar una cerveza bien fresquita o un té a la menta y observar el pausado vaivén de los viandantes. También permite disfrutar de su bullicio multicolor, entre sus espléndidas mansiones, edificaciones ocres, casas blancas, señoriales riads y galerías de arte.

Aquí es imprescindible asomarse al Museo de Sidi Mohammed Benabdallah donde, además del importante patrimonio artesano de la ciudad, se repasa la historia de la región desde la prehistoria, en una preciosa mansión del siglo XIX.
La medina de las sorpresas
Su recogida medina muestra magníficos palacetes de los antiguos cónsules, talleres de artesanos y galerías de arte. Pero, sobre todo, un sorprendente y exótico zoco, donde las especias, los tejidos y las alfombras multicolores se amontonan en los tenderetes. Aquí el aroma de la madera de tuya envuelve el ambiente. Con su color rojo oscuro, sus vetas doradas, y su olor embriagador, esta madera se trabaja en exclusiva en Esauira desde la antigüedad, y hoy sigue siendo mimada por los ebanistas hasta transformarla en los más bellos objetos de uso cotidiano o de decoración. Lo mismo ocurre con sus joyas de plata, famosas por su calidad, su finura y su creatividad, que hoy se siguen elaborando con la misma técnica utilizada por los orfebres judíos en el siglo XVIII.

En el zoco, las especias y tejidos dibujan un espectáculo para la vista, el olfato y la tentación de compra. También en el zoco, los artesanos de instrumentos musicales revelan una maestría única con el laúd, el tamboril, las castañuelas y, sobre todo, el gumbri, básico en la música y el baile gnawa. Porque Esauira es el epicentro de este estilo musical de reminiscencias subsaharianas, uno de los grandes referentes del folklore de esta parte de África.
Los gnawa, los descendientes de los esclavos
Los gnawa, cuyo nombre significa hombre negro, son los descendientes de los esclavos que los gobernantes árabes y bereberes de los actuales Argelia y Marruecos raptaban para sus ejércitos, con el fin de que construyeran sus ciudades y fortalezas y trabajaran en las minas. Y con ellos, trajeron sus ritos, sus creencias y su música, cuyos ritmos hipnóticos se emparentan hoy con el jazz, el blues, el reggae o el pop, que arraigaron profundamente.
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Hoy Esauira celebra cada julio el Festival Gnawa, donde los grandes maestros transmiten al público sus ritmos místicos, capaces de llevarles, muchas veces, a entrar en trance. La música es importante en la cultura de la zona y, por eso, la oferta de locales para disfrutarla en vivo es muy amplia.
El símbolo del poder en las islas Púrpuras
Frente a la costa de la ciudad se alzan, no muy lejos, las islas Púrpuras, célebres desde la antigüedad por la industria del tinte púrpura. Son dos islas principales y varios pequeños islotes, habitados por los fenicios en el siglo VII a.C. En la más grande, la isla del Faraón, hay una prisión abandonada, una mezquita y una imponente fortificación. Y es que el rey Juba II, el gran embellecedor de la insuperable ciudad de Volubilis, desarrolló una potente industria de salazón y de obtención de la púrpura, que extraía de una concha marina, el murex.
La púrpura tuvo una enorme importancia en la antigüedad por su asociación con el poder y llegó incluso a teñir togas de los senadores romanos. Hoy estas islas son un refugio natural y una zona de cría para aves como el halcón de Eleonora, por lo que están protegidas y se impide el desembarco. Solo pueden acceder a ellas con un permiso especial científicos y arqueólogos; el resto de humanos debe conformarse observándolas desde el barco.
Los placeres de Esauira
Sin duda, uno de los grandes placeres de esta ciudad de pescadores es su puerto, que adquirió gran importancia cuando Esauira era Mogador y estaba en manos de los portugueses, que la convirtieron en el primer puerto comercial y militar de la costa atlántica africana, alrededor del siglo XV. La puerta más cercana al puerto es Bab el Minzah, de 1730. Pegadas a ella se encuentra la lonja y la torre de la Skala, a la que se puede subir y contemplar una preciosa vista no solo del embarcadero, sino también de la ciudad y de las islas Púrpuras.

A primera hora de la mañana, el puerto es un espectáculo increíble porque entre la neblina vuelven las pequeñas embarcaciones azules rodeadas por una nube de gaviotas. El olor a pescado es muy fuerte, pero es una gozada contemplar el trajinar de los pescadores mientras acuden a la lonja, cosen redes y achican el agua de sus barcas. Y aquí está otro de los placeres de Esauira, su parrillada de sardinas. Sobre mesas de plástico, al pie de un fortín portugués del siglo XV y entre redes, nansas y barcos que están siendo calafateados, se comen algunas de las mejores sardinas del mundo.
Playas infinitas y surferas
Otra delicia son sus infinitas playas, perfectas para pasear, bañarse, tomar el sol o practicar surf en todas sus modalidades. Y es que, esta hechicera y bohemia ciudad posee una costa con los mejores enclaves para la práctica de este deporte. Una de las playas más conocidas es la de Esauira, también llamada la Scala. Es muy popular por su extensión de arena fina, su cercanía al centro y porque casi siempre hay viento, lo que la convierte en un lugar perfecto para las prácticas acuáticas.

Otra muy apetecible es la playa de Sidi Kaouki, a unos 25 kilómetro al sur de localidad. Muy poco concurrida, es muy amplia y tiene muchas dunas y acantilados que le dan un aspecto salvaje y espectacular. Y al norte, se encuentra la playa de Moulay Bouzerktoun, la más apreciada por los amantes del windsurf y el kitesurf debido a sus fuertes vientos. En ella está el Magic Fun Center donde se pueden alquilar tablas y aprender a surfear con monitores expertos.
La recomendación
Es imprescindible acudir a un hammam, rebuscar en las orfebrerías y salir a las afueras de la ciudad para comprar en alguna cooperativa aceite de argán, un auténtico regalo para la piel y para el cabello. Dentro de la medina hay que alojarse en algún riad, antiguas casas y palacios reconvertidos en pequeños hoteles boutique. Los hay para todos los gustos y bolsillos.
Dónde dormir
Sofitel Essaouira Mogador Golf & Spa. Un cinco estrellas situado a las afueras con varias piscinas, spa con hammam, campo de golf y una excelente cocina.
L’Heure Bleue Palais-Relais & Châteaux. Una casa noble tradicional con un majestuoso patio interior arbolado. Es de los poquísimos hoteles en toda la medina que cuenta con una piscina climatizada en la azotea con unas impresionantes vistas de las murallas y del Atlántico.
Hotel boutique Madada Mogador. Ocupa una antigua casa completamente reformada con cuatro habitaciones y tres suites con vistas espectaculares.
Riad Al Madina. En el corazón de la medina y muy cerca de la playa, fue el alojamiento de famosos en los años 60, en plena efervescencia hippy.
Dónde comer
La despensa es atlántica y está muy ligada a la tradición bereber y a su herencia judeo-marroquí. Y para comer bien hay que olvidarse de los restaurantes con música en vivo para turistas y buscar los fogones donde el producto es el protagonista. La reina indiscutible es la sardina, ya que Esauira tiene uno de los puertos sardineros más importantes del país. Se comen marinadas con un majado de cilantro, perejil, ajo, comino, pimentón y limón, o asadas al carbón en los puestos. El tajín de calamares y el cuscús de pescado son una delicia.
Sayef. Escondido en un callejón, sobresale la sopa de langosta, el tajín de pescado de roca con especias y el tataki de atún.
Dar Aicha. Pequeño restaurante de comida casera donde el tajín de sardinas en albóndigas está para chuparse los dedos. No dispone de carta como tal, porque cada día se cocina lo que se compra por la mañana en el mercado.
Comer en el Puerto. Casi directamente del barco a la mesa. El producto es fresquísimo y se limita a la hora de comer: parrilladas mixtas de pescado al carbón de lenguado, salmonetes y calamares, además de sardinas y pulpo.
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