El otoño en Bielsa es música de Vivaldi
Por Manuel Vilas — Portada

Manuel Vilas
El otoño en Bielsa es música de Vivaldi
La belleza del mundo
14/09/2026 06:45 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
He pasado unos días en el pueblo pirenaico de Bielsa. Hay pueblos del Pirineo aragonés en donde todavía existen las cuatro estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. En las capitales mesetarias ya solo sobreviven el calor o el frío, y está ganando la partida el calor insoportable. En cambio, el otoño en Bielsa es música de Vivaldi. Bielsa respeta a Vivaldi. Las casas de piedra parecen puestas allí no para resguardarse de las nieves del invierno, sino para recordar que la belleza, si es verdadera y profunda, tiene la sagrada obligación de doler un poco.
Aquí no existe la prisa. En el valle de Bielsa el tiempo es una sustancia geológica, mineral, que baja despacio por las laderas cargada con la memoria viva de las nieves viejas y el murmullo incesante de los ríos. Bielsa posee esa distinción trágica que tanto nos conmueve a quienes buscamos la dignidad en los mapas: devastada en la Guerra Civil durante la bolsa de Bielsa, cuando la tierra ardió y sus gentes tuvieron que huir a través de los puertos helados hacia Francia, volvió a levantarse con esa terquedad de la piedra aragonesa.

Hoy, pasear por sus calles entre aleros de madera y balcones floridos es contemplar una hermosa victoria sobre la vida, impregnada por la devoción ancestral de su carnaval, donde las trangas y los madroños devuelven al pueblo una furia pagana que nos recuerda que bajo el abrigo de la civilización seguimos siendo criaturas del monte.
Al dejar atrás el pueblo y adentrarse en el valle, la naturaleza deja de ser paisaje para convertirse en una liturgia donde emerge la mole descomunal e hipnótica de Monte Perdido, a sus 3.355 metros de altitud, escoltado por sus hermanos de titanio, el Cilindro de Marboré y el Añisclo. Mirar esa catedral de hielo y caliza provoca un estremecimiento de humildad: el glaciar colgado en su cara norte destella con un azul antiguo y espectral, como si guardara la luz de hace diez mil años bajo un cielo sobrecogedor.
Hoy, pasear por sus calles entre aleros de madera y balcones floridos es contemplar una hermosa victoria sobre la vida
En Bielsa se encuentra el maravilloso hotel Valle de Pineta, recientemente inaugurado. Alojarse allí es un acto de recogimiento maravilloso y de reconciliación con la existencia; es sentarse en su terraza y en sus abiertos miradores a ver caer la noche entre los abetos, entendiendo que la felicidad a veces consiste únicamente en una copa de vino, un libro abierto y una montaña sagrada mirándote en silencio al otro lado del cristal.
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